EBUROS, UN DIOS CÉLTICO ASOCIADO AL JABALÍ O AL TEJO EN CUEVAS DE SORIA


El reciente hallazgo en la localidad de Las Cuevas de Soria de un altar en el que se ofrecen votos a Eburos, relacionado con una divinidad céltica que adoptaría la forma del jabalí, supone una novedad absoluta tanto para la Península Ibérica como para el resto de Europa (Sanz Aragonés et al.; 2015). Veamos a continuación el posible significado de este descubrimiento y su inserción dentro de un marco arqueológico que goza de gran tradición celtibérica.
  • El poblamiento celtibérico del entorno
Las Cuevas de Soria es un municipio agrupado a la localidad de Quintana Redonda, situado al sur de la Sierra de Cabrejas y de la paramera de Villaciervos que discurre en paralelo a ésta, junto al pie de la sierra de Inodejo, por donde pasa el joven río Izana, tributario del Duero. Estas tierras salpicadas de matorral, encinas, sabinas y algún roble, antaño posiblemente la especie dominante, presentan altitudes medias que rondan los 1.000 metros s.n.m., lo que hace más difícil la actividad agraria, que siempre se ha visto complementada con actividades ganaderas extensivas de tipo ovino.

Existe constancia del poblamiento de esta zona desde la Primera Edad del Hierro (siglos VI-IV a.C.), donde contamos con la presencia de asentamientos de tipo castreño, como en El Castillejo de Nódalo, Los Castillejos de Cubo de la Solana y El castro de Las Cuevas de Soria, emplazados en lugares bien defendidos de forma natural, que se complementan con potentes murallas de piedra en las zonas más accesibles, además de San Cristobal en Villaciervos y El Castillejo de Las Fraguas, hoy arruinados por completo.

El castro de la localidad que nos atañe, se emplaza en un espolón de difícil acceso a 1.060 metros s.n.m. y a 20 metros sobre el barranco por el que fluye el río Izana, en cuyas inmediaciones recibe las aguas de varios arroyos que descienden desde múltiples direcciones, creando un espacio de interfluvio que limitará considerablemente las posibilidades de expansión del hábitat, que no supera la hectárea.
 
Imagen del Castro de Las Cuevas de Soria (celtiberiasoria.com)
En los lados sur y este, los más accesibles, se alza una potente muralla que tiene una longitud de 93 metros y una altura de 2,50 metros, mientras que en su lado oeste está defendido por un cortado natural (Pascual Díez; 1991).

En el reducido espacio interior, donde actualmente se alza la Ermita de Los Santos Mártires, se recogieron en prospección cerámicas a mano típicas de los castros de la Edad del Hierro (formas tipología Romero Carnicero; 1991) y también escasos restos de cerámica pintada celtibérica y algo de cerámica sigillata romana, correspondientes a una ocupación más reciente. No obstante desde antiguo se recogen noticias genéricas “de restos antiguos” recopiladas por E. Saavedra (1863), aunque será Blas Taracena (1941), en su Carta Arqueológica de la Provincia de Soria, quien lo incluya dentro de la llamada “Cultura castreña Soriana”.

Por tanto, nos encontramos ante un área notablemente poblada ya en la Primera Edad del Hierro, cuyos castros quizás puedan relacionarse con el área de fricción que probablemente existió entre la realidad arqueológica de poblados y necrópolis (Celtibérico Antiguo) del centro y sur de la actual provincia de Soria, y la de la serranía norte de Soria, tal y como apuntan los recientes trabajos efectuados en El Pico de Cabrejas del Pinar (Vega y Carmona; 2013). Cabría la posibilidad de que el castro de Las Cuevas de Soria se incluyese dentro de un marco espacial en el que coexisten estas dos realidades, cuyos límites serían la Sierra de Frentes y de Cabrejas, habiendo recibido una "celtiberización" más temprana a la de los coetáneos castros de más al norte, en función de los materiales recogidos en prospección sobre el asentamiento (Pascual Díez; 1991).

Para momentos plenamente celtibéricos, en la Segunda Edad del Hierro (siglos IV-II a.C.), contamos con la presencia cercana del poblado de Castilterreño de Izana, situado en un cerro amesetado a 70 metros por encima de la planicie que le rodea, ocupando una superficie que supera las 2 hectáreas de extensión. El enclave se dispone de una muralla que circunda toda la parte superior del cerro, construida a base de lajas de piedra recogidas con barro, en cuyo sector nordeste llega a alcanzar entre 1,50 y 2,50 metros de altura, mientras que en su lado este muestra un doble sistema defensivo que estaría unido por una especie de torre trapezoidal (7 por 8,50 metros).
Imagen aérea y planta de Castilterreño de Izana (celtiberiasoria.com)

En su interior, las excavaciones efectuadas por Blas Taracena en 1924 descubrieron viviendas rectangulares con zócalos de piedra cogida con barro y alzado de las paredes con tapial, habiéndose documentado en algunas de ellas la típica habitación subterránea o cueva para guardar los alimentos (de hasta 2,50m de profundidad), similares a las numantinas. Estas viviendas estarían dispuestas en torno a una calle de 2,50m de anchura, con aceras muy bajas y empedradas con piedras menudas.

Además de monedas con letrero celtibérico y latino, pesas de telar de cerámica marcadas, elementos de adorno como fíbulas y algunas armas y utillaje agrícola metálico, el gran número de hallazgos de cerámicas de producción local, adscritas en su mayoría a un momento avanzado en el siglo I a.C., contemporáneo a la consolidación del avance romano, hace pensar que estemos ante un centro productor de alfarería celtibérica que posiblemente hubiese arrancado su actividad uno o dos siglos antes (García Heras; 1994).
Imagen de Castilterreño de Izana (celtiberiasoria.com)
En los alrededores del castro de Cuevas de Soria se conocen dos yacimientos de época romana, siendo el mejor conocido el de la villa tardorromana de la Dehesa, que se dispone en la llanura aluviada que da paso a la comarca adyacente, siendo datada entre los siglos IV y V, aunque posiblemente se erige sobre otra anterior mal conocida.
Esta lujosa mansión de campo de casi cuatro mil metros cuadrados de superficie conserva de su estructura un gran patio central ajardinado con pasillo rodeado de columnas, más de 30 habitaciones con ábsides, cuartos de baño y suelos cubiertos de mosaicos teselados polícromos, además de un conjunto termal en su sector oriental.


Imagen de la Villa Romana de La Dehesa en Las Cuevas de Soria (www.villaromanaladehesa.es)
Gracias a sus ricos mosaicos decorados con motivos geométricos se pudo identificar un monograma que se repite constantemente, que al ponerse en relación con los estudios de los hallazgos epigráficos de sus proximidades, han permitido conocer que la villa pertenecía a los "Irrico" "Iricos", nombre gentilicio de origen celtibérico de la familia más relevante de la zona que se mantuvo vivo con orgullo a lo largo de siglos de romanización, como veremos a continuación.
Detalle de mosaico con emblema familiar de la Villa Romana de La Dehesa (www.villaromanaladehesa.es)
Junto a estos hallazgos que denotan una ocupación prolongada en el entorno, como hemos apuntado anteriormente se han documentado una serie de inscripciones latinas de carácter funerario mayormente, posiblemente vinculadas a un monumento familiar de la villa, aunque no faltan algunas votivas, como la dedicada al dios antepasado de la familia Avvus Irico.
Con el abandono de la villa, población reocuparía el castro de la Edad del Hierro, hecho que se repite en muchos de los yacimientos de la serranía. Además, en una de las ventanas situadas en la ermita que hoy en día se dispone sobre el antiguo castro, usado como cantera para su construcción, se conserva una inscripción dedicada a Valeria Titulla y su hija pequeña, encargada por otra hija.

  • Descripción del altar
En 2009 se halló de forma fortuita un ara que parece fue reutilizado, junto con otras piedras, para facilitar el drenaje de un área donde mana frecuentemente el agua.
Se trata de un altar labrado en piedra arenisca (75 x 36 cm) con corona y base que sobresalen del fuste, en cuyo campo epigráfico, distribuido en 5 renglones, puede leerse: Titus Ir/rico Ru/fi f(ilius) Ebu/ro v(otum) s(olvit) / l(ibens) m(erito), e interpretado como “Titus de los Irricos, hijo de Rufus, agradecido, cumplió merecidamente el voto a Eburos”.



Fotografía del ara dedicada a Eburos de Las Cuevas de Soria. Frontal y detalle del focus (ARECO S.L.)
La estructura de la fórmula del nombre del dedicante sugiere que Titus Irrico, hijo de Rufus, (hermano con toda probabilidad de Lucius Terentius Rufinos Irrico, a quien dedicara otra estela funeraria hallada en las inmediaciones, CIL II 2843), fuese un indígena romanizado, ya que ocupa desde el punto de vista lingüístico una posición intermedia entre el formulario votivo de tipo latino clásico y el dedicatario Eburos, que es una divinidad céltica indígena. Además, los Irricos fueron identificados como agrupación familiar en genitivo plural, dentro del patrón de nombres celtibéricos derivados en “-iko”.

 Dibujo del ara dedicada a Eburos en Las Cuevas de Soria. (ARECO S.L.)
  •  El dios Eburos, ¿divinidad jabalí?
El teónimo indígena Eburos supone una novedad absoluta. Se asocia al mundo céltico a partir de la existencia de una gran cantidad de derivados onomásticos con base “eburo”. Así, en la Península Ibérica encontramos los topónimos Aebura entre los Túrdulos al este de Sanlúcar y entre los edetanos, además de la Évora portuguesa, y un Eburobrittium en Lusitania. Como nombres personales, constan Eburus/Ebura, Eburo, Eburancus, Eburia, Eburinus/Eburina, Eburianus y Eburenius, además del nombre individual celtibérico Ebursunos (hijo de Eburos) documentado en el tercer bronce de Botorrita (col. III, lín. 52), donde aparece esta veneración a una divinidad céltica vinculada a la agrupación familiar Mailikinokum. Mucho más cercanas son las inscripciones funerarias halladas en San Esteban de Gormaz y Dombellas (Soria) asociadas al nombre de la agrupación familiar Eburanco, relacionada con esta misma divinidad.
Otros teónimos célticos afines hallados en Europa serían los de “ Deus Eberrios” de Gensac de Boulogne (Francia) , adaptado al dialecto céltico de la zona aquitana, la dedicación Matris aug (ustis) Eburnicis de Yvours (Francia) o en los personajes míticos de la Irlanda medieval, donde aparecen hasta cuatro llamados Eber, quizás relacionados con esta divinidad continental.
En cuanto al aspecto originario del dios Eburos, se barajan dos posibilidades derivadas del significado atribuido al celtema “eburo”. En primer lugar, podría aludir a un significado arbóreo relacionado con el tejo, derivado del “ibar” del irlandés antiguo. En segundo lugar, podría estar relacionado con el significado de jabalí a partir de la identificación del lexema céltico continental con este animal. 
En cualquiera de los casos, estamos ante una divinidad cercana a la naturaleza.

Recogiendo la interpretación de Sanz Aragonés et al. (2015), podríamos estar ante una deidad con aspecto de jabalí en base a que existe relación entre este animal y las dos monedas de los Aulerci Eburovices (Francia) y en el emblema de la ciudad britana de Eburacum (York), además del elevado número de representaciones plásticas de jabalí hallados en toda la Céltica antigua, y por último su aparición en la iconografía religiosa céltica y romano-céltica, así como en la mitología medieval galesa e irlandesa.


Monedas de Aulerci Eburovices (Francia)

Efectivamente, las representaciones animalísticas documentadas en la España prerromana, sobre todo en el ámbito de la Meseta Occidental, al igual que en el resto de la Europa céltica, fueron fabricadas y utilizadas con una determinada finalidad, quedando el jabalí inserto entre sus animales sagrados, junto al caballo o el toro.

Posiblemente, la tan extendida práctica de la caza de este cerdo salvaje entre los pueblos celtas y la complejidad que se requiere para tal fin, puesto que se llevaría a cabo con armas arrojadizas, siendo necesaria una gran destreza a la hora de atravesar su gruesa piel y sobretodo en su persecución una vez herido, unido a su condición de animal nocturno, así como su manera de obtener alimentos hociqueando en la tierra, contribuiría a que se le concibiera cierta carga simbólica y la necesidad de determinados rituales.

Las representaciones de jabalí peninsulares están entre las más utilizadas después de las de caballos y toros, englobándose en diversos tipos, desde pequeñas figurillas de bronce como fíbulas zoomorfas, broches de cinturón, figuritas, téseras de hospitalidad, hasta las grandes esculturas de piedra como los verracos en territorio de los vettones.

Verraco de Yecla (Salamanca)
Pero su finalidad y significación no debió ser idéntica, dada la variedad de soportes y emplazamientos, oscilando desde un papel social en la economía doméstica y colectiva, pasando por rituales funerarios o creencias religiosas, sin olvidar otras posibles interpretaciones.

Tabula de hospitalidad con inscripción celtibérica procedente de Uxama (El Burgo de Osma)
Respecto a la primera opción, la económica, la presencia de jabalíes o cerdos  es relativamente escasa en la mayoría de los yacimientos analizados de la cuenca del Duero, ocupando el tercer o cuarto puesto en representación, ( 5-10 % de NP), aunque se incrementa durante el Celtibérico Pleno, lo que denota una baja importancia dentro de las estrategias económicas de las comunidades campesinas del valle del Duero, quizás relacionado con la competencia que supone para el hombre la alimentación de estas especies omnívoras. Este tipo de ganadería  no tiene asentados unos criterios morfológicos que distingan las especies domésticas de las salvajes (jabalíes), por lo que las valoraciones al respecto presentan enormes dificultades. La edad de sacrificio de los ejemplares documentados en el Castillejo de Fuensaúco (Bellver, J.A.; 1992) coincide con la representada para casi todo el valle del Duero, primándose los individuos subadutos y adultos, lo que evidencia una estrategia de optimización del rendimiento cárnico en detrimento de la obtención de carne más tierna, aprovechamiento exclusivo, seguramente destinado a complementar y satisfacer las necesidades proteínicas de la comunidad (jamones, grasa, etc.), aunque existen algunos ejemplos de sacrificios infantiles y juveniles en poblados contemporáneos,  (Soto de Medinilla, Valladolid), quizás relacionado con un tipo de acto ceremonial destinado a evitar el acopio de riqueza a través del consumo en determinados momentos de grandes cantidades cárnicas, donde no importaría el gasto que suponía la ingestión de una especie joven (¿potlatch?).

Fíbula zoomorfa peninsular (Museo Lázaro Galdiano)
En cuanto a los rituales funerarios asociados a este animal, contamos con las mencionadas fíbulas, que si bien eran objetos que cumplían una función práctica, el hecho de que adoptasen estas formas y de que formen parte de ajuares funerarios indica algo más que su mera función cotidiana.
Como hemos indicado líneas arriba, está demostrado que en el mundo celta algunos animales fueron sacralizados por sus particulares cualidades, llegando incluso a adoptar su forma por parte de ciertas deidades, como por ejemplo Epona, la diosa-caballo, Cernunnos, asociado al ciervo,  Arduinna, la diosa jabalí e incluso Endovélico, identificado con un jabalí que se vincula al mundo misterioso y subterráneo, a pesar de la aversión existente entre los celtas a las representaciones iconográficas de las divinidades.
Como protector en la vida, el jabalí  representaría la valentía y la fiereza entendida en sentido positivo, como ejemplo del guerrero que va a la batalla. Como protector en la muerte, el jabalí estaría ligado a las fuerzas de la tierra, entre las que se sumerge con su hocico,  desempeñando el papel de acompañante y guía del guerrero hacia el Más Allá, al que ayuda a resucitar.

Escultura de bronce de jabalí erizado (Bibracte, Borgoña)
También se constatan sacrificios de cerdos o lechones por ser probablemente considerados la encarnación de ciertos principios, lo que conllevaba la exageración de determinadas partes de su cuerpo como el hocico, tal y como se observa en las representaciones celtibéricas o en las cerdas dorsales erizadas de las figuritas europeas. Estos actos, además, podrían estar manifestando cierto significado fertilizador, necesarios para fecundar a la Diosa Madre, sea cual sea su nombre, y al mismo tiempo, como hemos visto, el resurgir de la vida.
Dentro de la tradición hindú, el actual ciclo cósmico (kalpa) es llamado “Ciclo del jabalí blanco”, conteniendo un origen netamente hiperbóreo, ya que Vishnu, con apariencia de jabalí, dio origen al ciclo actual (manvantara) haciendo que la tierra emergiese de las aguas y ordenándola. Al igual, entre los celtas simbolizaban a los representantes de la autoridad espiritual y a los del poder temporal, es decir a las dos castas, los druidas y los caballeros, equivalentes, por lo menos originariamente y en sus atribuciones esenciales, a lo que son en la India las de los brahmanes y los Kshatriya (guerreros)” (Guénon, R. 1988).

Por todo ello, también en la mitología irlandesa y galesa el jabalí aparece como animal simbólico, tal y como se recoge, por citar algunos ejemplos, en El Ciclo del Ulster, donde el héroe Diarmaid tenía como mayor prohibición el matar al jabalí, ya que su hermano fue muerto accidentalmente y metamorfoseado en este animal mágico; o en la obra galesa de Las cuatro Ramas de los Mabinogi, donde aparece la figura de un jabalí blanco que dirige al héroe Pryderi a un misterioso castillo, donde entra pero no regresa y el castillo desaparece fruto de un encantamiento. Igualmente, en las leyendas artúricas, el druida Merlín es también el jabalí del bosque de Broceliande.

En definitiva, la relación del jabalí con el mundo de ultratumba está atestiguada no sólo en el mundo céltico, sino también en el mediterráneo, donde se representa la victoria del héroe sobre el mal y la muerte, tradición que pudo haber perdurado en la Edad Media, como así se constata en algunos sepulcros galaico-portugueses de caballeros con escenas de caza de jabalí (Erías Martínez; 1999).
Un buen ejemplo de esta relación para el ámbito celtibérico pueden ser, de nuevo, las fíbulas zoomorfas que tienen entre sus patas o en el extremo del hocico una pequeña cabeza humana. Es bien sabido que el rito de las «cabezas cortadas» o «cabezas trofeo» fue practicado entre los pueblos celtas que consideraban la cabeza como centro del ser humano y, por ello, poseedora de propiedades mágicas, aun después de la muerte del cuerpo.
De ser correcta esta interpretación, estaríamos ante una divinidad protectora que adoptaría forma de jabalí, animal que como hemos visto tiene claras vinculaciones con el mundo religioso y funerario, asociado en su origen al amparo del guerrero en su viaje al Más Allá, sin obviar otros significados posiblemente muy difuminados ya en el momento en el que fue realizado este altar. 
Eburos, ¿divinidad arbórea?
Añadimos aquí la interpretación que recientemente Francisco Marco Simón (2013-14) ha asignado al hallazgo de este teónimo, relacionándolo más bien con el bosque y los árboles sagrados esenciales en el mundo céltico, concretamente con el tejo, tal y como se apuntó líneas atrás en función de la tradicional identificación del celtema eburo- con dicha especie. 
El autor esgrime que los paralelos numismáticos apuntados por los editores de este hallazgo no son suficientes para elaborar conclusiones sólidas en su relación con el jabalí, decantándose por el horizonte que apunta la propia toponimia céltica, como por ejemplo a través de los nombres compuestos Eburocetón ("bosque de tejos") o Eburoialum ("claro entre tejos"), sin obviar que tanto los Eburovices como los Eburones serían los pueblos galos del tejo.
Si bien, al igual que hemos visto la presencia y admiración que el jabalí despertaría entre los pueblos celtas, ésta no es menor que la que tendrían ante este majestuoso árbol, cuyas vinculaciones con el mundo funerario quedarían reforzadas si tenemos en cuenta que sería una de las especies que mayor longevidad alcanzarían en el bosque, cuestión que no pasaría inadvertida y sería utilizada como símbolo de inmortalidad.
Tejo milenario de la Sierra de la Demanda 

La relación del bosque con la civilización céltica, donde se sitúan sus lugares de culto o nemetones, generalmente asociados a cuevas, ríos, lagunas, montes, rocas y por supuesto a árboles, es decir enclaves donde se manifiestan las divinidades o pudiera sentirse la presencia de un numen (Alfayé y Rodríguez; 2009), no sería una excepción en el entorno en el que nos encontramos.
Conocida es la cita de Marcial (I, 49,5) en alusión a un bosque sagrado que pudo emplazarse en el entorno del puerto de La Bigornia, cercano al también sacro Moncayo y que denomina Vadavero (actual Sierra del Madero) y de otro cercano al que se alude como Mons Burado (IV, 55, 29) en las cercanías de Beratón, localidad que podría haber guardado cierto parentesco etimológico con Eburoceton
Paraje cercano al "Pozo Perejón" de Las Cuevas de Soria, lugar donde se hacen hogueras y llevan a cabo representaciones en la Noche de Difuntos. (Fotografía de lascuevasdesoria-armando.blogspot.com)
Lo cierto es que sendos bosques y por qué no alguno más en las proximidades de Las Cuevas de Soria podrían haber funcionado de forma similar al bosque de los Carnutes en la Galia, donde César nos relata que allí se reunían los druidas, no pudiendo adentrarse en él armado, siendo éstos los "hombres del árbol" que desarrollarían allí sus enseñanzas y rituales. En este sentido, de tejo eran las ramas con la que los druidas irlandeses elaboraban sus varitas mágicas, techaban sus palacios (Conchobar en Emhain Macha), además de ser utilizado por su toxicidad posiblemente en la punta de sus flechas, Estrabón (Geo, XV:2), resultando curioso que posteriormente los castellanos usaran su madera para la construcción de arcos y ballestas e incluso fuese especie protegida por el Fuero de Soria (siglo XII-XIII), así como para el suicidio cuando eran capturados por sus enemigos o cuando la edad los hacía inútiles para la guerra, como en el caso de los cántabros según relata Silio Itálico (III, 328), sin obviar al propio Plinio que alude al tejo como veneno de los hispanos.
Tomando en consideración esto último, Antonio Ruíz Vega plantearía la hipótesis de que los guerreros numantinos devotos a su líder Retógenes, consumirían caelia mezclada con esencias de tejo para alcanzar así el furor necesario que les condujese a luchar entre sí con gladius de dos en dos (Valerio Máximo: 3,2, ext.7) y en definitiva a consumar el suicidio colectivo previo a la rendición de la ciudad a Escipión. 
De tal manera, podríamos estar ante culto enormemente extendido entre los pueblos celtas, vinculado a un árbol que todavía hoy aparece vinculado a iglesias y ermitas en varias regiones de Inglaterra e Irlanda, o en la más cercana Asturias, con más de 200 casos documentados. En el territorio de la actual Soria contamos con ejemplares de esta especie en la Sierra del Moncayo, Urbión y Cebollera, en el Cañón del Río Lobos y en la Sierra de Cabrejas, próxima esta última al emplazamiento del hallazgo que aquí nos atañe.
Monasterio benedictino de San Pedro de Villanueva (Cangas de Onís, Asturias)
Pero también estará presente el tejo en las fiestas populares de buena parte de la Europa céltica, donde se bendicen sus ramas y se colocan en las ventanas para propiciar la protección del hogar, cuestión que brillantemente ha llamado la atención de varios autores que lo relacionan con la iconografía de algunas cerámicas numantinas en las que aparecen figuras portando ramas espigadas (Almazán de Gracia; 2017), en la figura del árbol dentro de una estructura templaria del vaso de Arcóbriga en Monreal de Ariza (Marco Simón; 2013-14), e incluso en los motivos decorativos de cerámicas campaniformes y de la Edad del Bronce, así como en el arte rupestre esquemático, donde se dibujan pequeños ramos que se asemejan a los del tejo (Almazán de Gracia; 2017), connotaciones sacras que de ser así se perderían en la noche de los tiempos.


Conclusiones
A lo largo de estas páginas hemos dilucidado el posible significado de esta divinidad documentada a partir de la epigrafía en las Cuevas de Soria en base a una primera propuesta interpretativa que lo relaciona con el simbolismo del jabalí y que fue el motivo inicial de este escrito, a la que se le ha sumado más recientemente su posible vinculación sacra con el tejo.
Vaso de Arcóbriga (Monreal de Ariza)
Lo cierto es que la solución de esta cuestión parece correr de la mano de la Lingüística, ya que son estos los argumentos que más luz vierten en sendas propuestas, la derivada de la evolución fonética en celta continental de *epro a eburo, y su relación con la iconografía numismática de algunos pueblos en la que se representa un jabalí, y la tradicional establecida por los lingüistas que cuenta con múltiples ejemplos que lo enraízan con un significado arbóreo. 
No obstante y por mi parte, valgan estas hipótesis encontradas para despejar un poco más la bruma que encierra el conocimiento de la religiosidad de la céltica hispana, además de aportar otros datos relevantes que pudieran quedar en un segundo plano a pesar de ser de vital importancia, como es el hecho de que en época romana tardía, entre los siglos III y quizás el V d.C., una familia que no olvida su raíz celtibérica sigue encomendándose a una divinidad protectora celta.  
Así pues, y una vez más, vemos que parecen pervivir muchas de las creencias que estaban presentes desde mucho antes que hiciera aparición la civilización romana en la Península, incluso varios siglos después de la caída de Numancia, lo que confirmaría por un lado no solo su no desaparición completa, ya que dichas creencias parecen irse reinterpretando y adaptando a través de un largo proceso, llegando a propiciar la creación de un universo religioso de nuevo cuño que no sería totalmente romano, pero tampoco indígena. A todo esto se le uniría un contexto geográfico retardatario en el que el desarrollo social y político no habría alcanzado cuotas excesivamente elevadas en época romana y donde las familias continuarían fuertemente unidas por lazos ancestrales.
Por otro lado, vemos que las religiones privadas o familiares debieron ser la tónica dominante de estas gentes, es decir a nivel local y en base a las relaciones de parentesco con una divinidad protectora, lo que les permite su pervivencia con la romanización y más allá de la Antigüedad tardía, ya que no supondría un peligro respecto a la promoción del culto imperial. Esto explicaría que en momentos alejados en el tiempo de la plenitud celtibérica sigamos encontrando denominaciones de lugares, personas, familias, divinidades y cultos propios de la Edad del Hierro, como la de los Lugoves de Uxama (Osma), el culto a las Matres de las lápidas de Yanguas y Muro (de Ágreda), Drusuna en Los Olmillos (San Esteban de Gormaz) o los testimonios epigráficos de epiteto desconocido de Lattueriis y a Peicacomai (Hinojosa de la Sierra), Canteco en Espejo de Tera (Soria) y V(..)ocio en Alconaba, todos ellos en la actual provincia de Soria.
Quizás lo que más parece estar variando es el ritual, ya que con la romanización se introduce la costumbre de dedicar altares y cumplir promesas en honor de los dioses, además de plasmarse iconográficamente viejas creencias que hasta entonces se caracterizaban por ser anicónicas y por la ausencia de templos. En esta línea, tal y como apunta Santos Crespo Ortíz de Zárate (1997) podría entenderse la no constatación de un sacerdocio druídico en la Península Ibérica, pero si posiblemente de uno en un grado menor que hubiera mantenido vivo este tipo de creencias colectivas ancladas a un territorio y a unos antepasados determinados.
Fragmento de cerámica numantina con posible escena de sacrificio.
Junio de 2015
 (modificado y ampiado en enero de 2017)
BIBLIOGRAFÍA

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Y LOS LLAMARON PELENDONES

Buscando el norte (Rello, Soria) 1997, Juan Fernández Castaño 


1.   BEBIENDO DE LAS FUENTES CLÁSICAS
A la hora de mirar hacia atrás y tratar de recuperar la memoria de lo que un día fue el pueblo pelendón, es inevitable retrotraernos más de 2.500 años y ponernos bajo el prisma de quienes les dotaron de aquel nombre que quedó impreso en papel (u otro soporte) y que no ha podido ser borrado por el peso del tiempo, los derrumbes de piedra y la vegetación que se empeñó en camuflar su recuerdo.
Serían los griegos focenses en el siglo VI a.C. los primeros en hacer referencia  a los keltoi de occidente a través de la Ora Marítima (1, 185s., 485 s.), concepto amplio y ambiguo que ha llegado hasta nuestros días muy tergiversado y difuminado. Un siglo después el propio “padre de la Historia”, Heródoto, los definirá como el conjunto de pueblos bárbaros que habitaban el occidente europeo desde más allá de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) hasta el nacimiento del Danubio (que él ubicaba en los Pirineos).

Si bien, no será hasta finales del siglo III a.C., en el contexto de la Segunda Guerra Púnica entre Roma y Cartago (218-201 a.C.), cuando los autores clásicos empiecen a conocer mejor a los celtas que habitaban Iberia, a quienes comienzan a denominar celtiberos, aludiendo de esta manera al conjunto de población mixta de celtas e iberos (Posidonio, en Diod. 5,33).
Ya en el siglo II a.C. y en paralelo a la penetración y conquista romana del interior peninsular, hace aparición el término Celtiberia en un sentido territorial muy amplio y poco preciso, tal y como vemos en Polibio (3, 17), quien al referirse a Sagunto comenta que la ciudad está situada a la falda de una cordillera que, extendiéndose hasta el mar, une los extremos de Iberia y de Celtiberia. Así, como vamos viendo, los términos celtíbero y Celtiberia fueron creados desde una óptica exterior para referirse a los pueblos hostiles que se topó Roma en un contexto histórico muy avanzado de la Edad del Hierro y que acabarían aludiendo a varios grupos étnicos con una fuerte personalidad propia agrupados a su vez en varias ciudades.
Llegados a época imperial, cuando la belicosidad del pueblo celtibérico no sea más que un mero recuerdo legendario del pasado, hacen acto de presencia los datos más significativos y relevantes para reconstruir su historia, eso sí, a partir de noticias muy breves, dispersas y hasta confusas y contradictorias que nos hablan de  las diferentes etnias, ciudades y territorios ocupados por los celtíberos. Autores como Estrabón y Plinio  (siglo I), y Ptolomeo y Apiano (siglo II) harán mención a pueblos como los arévacos, belos, titos, lusones y pelendones, restringiendo el territorio de la Celtiberia a una región geográfica cuyos márgenes estarían en las altas tierras de la Meseta Oriental y la margen derecha del valle del Ebro, quedando fuera otros pueblos como los vacceos, olcades o carpetanos.
Es este el momento de aumentar el zoom y centramos en una de estas entidades de menor categoría que formarían parte de los celtíberos, los pelendones, cuyas noticias y testimonios escasos recogemos  a continuación por orden cronológico. 
  • En primer lugar Estrabón en su controvertido Libro III de su Geografía, define la Celtiberia como una región dividida en cuatro partes, de las que solo cita a arévacos y lusones (III,4,13 ), incluyendo a vacceos, berones y pelendones dentro de una quinta parte de los celtiberos (III,4,19). Al respecto, el arqueólogo alemán A. Schulten propuso que el autor grecorromano adscribe a belos, titos y pelendones entre los celtíberos tomando referencias de otros autores clásicos. Sin embargo, otros investigadores no aceptarán a los pelendones, que quedarán sustituidos por vacceos, berones o por el nombre de los “celtíberos propiamente dichos”.
  • ·Aunque no sean nombrados como tales, Tito Livio (I a.C.-I d.C) al referirse a la campaña de Sertorio del año 76 a.C., cita, junto a los arévacos, a unos cerindones de los que no se tiene ninguna otra referencia como pueblo en las demás fuentes, por lo que la investigación acepta que pueda ser una variante del nombre de los pelendones. Aunque se tratase de pueblos diferentes, lo cierto es que el inventario étnico recogido por autores como Plinio o Ptolomeo es prácticamente el mismo a excepción de este caso, además de que su situación geográfica es muy similar como más tarde veremos, y de que cerindones y pelendones no aparecen nunca citados a la vez, por no decir que es extraño que en un inventario tan minucioso como el que hace Livio hayan sido obviados los pelendones. (Gómez Fraile, JM.; 2001). Este mismo autor, al referirse en su Historia de Roma al año 180 a.C., matiza al hablar de una región ulterior de Celtiberia (40,39), lo que lleva al hispanista alemán A. Schulten a situar en el valle del Duero (arévacos y pelendones), a diferencia de los citeriores que habitarían los valles del Jiloca y Jalón (lusones, belos y titos). La aceptación generalizada de esta teoría que explicaría las diferencias encontradas entre el ámbito celtibérico del valle del Ebro y del Duero, sin embargo no está exenta de discrepancias a la hora de interpretar lo que realmente quiso trasmitirnos el autor clásico. Así, hay quienes a partir del acercamiento que realiza H. Arbois de Jubainville a otra cita de Tito Livio (40,47) defienden que esta “última Celtiberia” se situaría al sur del Guadalquivir (Capalvo) e incluso quienes lo vinculan al itinerario que siguieron las legiones romanas (P. Ciprés), sin obviar otras hipótesis que lo relacionan con la realidad de dos escenarios diferentes de operaciones militares situados en la Bética y Celtiberia (P. Moret).
  • Plinio “el Viejo” será la primera fuente escrita en dedicar dos párrafos a los pelendones. En su obra Naturalis Historia, otorga a sus descripciones un enfoque cartográfico que sirvió como punto de partida a la hora de ubicar geográficamente con coordenadas a estas poblaciones. Así, quedaría delimitada la Celtiberia entre Segobriga, citada como caput Celtiberiae, en su sentido de cabecera o inicio de territorio (N.H., III, 25) y la ciudad de Clunia como límite final (Celtiberiae finis, N.H., III, 27). Dentro de ese territorio, Plinio recoge antiguos testimonios sobre la adscripción étnica de arévacos y pelendones a los celtíberos. Respecto a los segundos, los sitúa en las fuentes del Duero: “El río Durio, de los más grandes de Hispania, que ha nacido entre los pelendones y ha pasado cerca de Numancia y luego corre entre los arévacos y los vacceos” (N.H.,IV,112), además de quedar adscritos al convento cluniense, Igualmente los pelendones con cuatro pueblos de los celtiberos, entre los que fueron famosos los numantinos,(…)” (N.H., III, 26). La vinculación de Numancia al pueblo pelendón ha sido una de las principales razones por las que se les atribuyó la zona geográfica del norte de Soria, además de provocar la controversia investigadora sobre la posibilidad de que Numancia hubiese sido pelendona (teorías invasionistas).
  • Ptolomeo por su parte, en su Guía de Geografía que engloba ocho libros llenos de referencias geográficas y relación de ciudades del mundo conocido en el siglo II d.C., cita en el tomo segundo a los celtíberos como una comunidad más, con la misma entidad de arévacos y pelendones. Además, señala que por debajo de los múbogos están los pelendones, entre los que asigna tres ciudades: Visontium, Savia y Augustóbriga, estableciendo Numancia en el territorio de los arévacos, aparte de situarlos al norte de éstos (Geographia, II,6,53). 
  • Por último, y aunque no haga mención expresa al pueblo objeto de nuestro estudio, nos encontramos con la obra de Apiano, quien en su extensa Historia de Roma, recogida en 24 libros, podemos encontrar descripciones de carácter etnográfico sobre Iberia, el relato de la Guerras Celtiberas y la conquista de Numancia. Cabe destacar que el autor separa a los celtas de allende los Pirineos, a los que los romanos identificaban como gálatas y galos, de los celtas e iberos que poblarían la Península, explicando el surgimiento de los celtíberos por la llegada de celtas al territorio de los iberos (Iber, 2). Además vincula a las ciudades del Alto Duero a los arévacos en el contexto de las Guerras Celtibéricas, sin citar para nada a los pelendones. También indica que arévacos y numantinos son gentes emparentadas pero distintas, lo que dio pie a que muchos investigadores interpretasen a los numantinos como pelendones.
En resumen, únicamente Plinio y Ptolomeo, y quizás Tito Livio, hacen una breve referencia directa a los pelendones, siendo éstas las únicas fichas rotas del puzle que la investigación ha tratado de reconstruir a base de sudor y paciencia, sin perder por ello la osadía de tal reto quimérico, como veremos seguidamente.

2. EL ORIGEN DE LOS PELENDONES EN LA HISTORIOGRAFÍA
A continuación intentaremos ofrecer unas breves pinceladas sobre la historia de la investigación de este grupo humano nominado por las fuentes clásicas, teniendo en cuenta los criterios que se siguieron, en primer lugar, para su delimitación geográfica, y en segundo lugar, para su adscripción a las culturas arqueológicas que fueron viendo la luz con el desarrollo de la arqueología, sin obviar la documentación aportada por otras disciplinas como la epigrafía y la lingüística que no siempre han estado a una. Para ello tendremos en cuenta las primeras referencias de la investigación sobre los pelendones, pasando a su inclusión dentro de teorías generales como las invasionistas, muy presentes a lo largo de gran parte del siglo XX, para incluirla después dentro de ópticas más recientes como la teoría de celticidad acumulativa que desarrolla en territorio peninsular Martín Almagro-Gorbea, finalizando con los últimos trabajos desarrollados tanto de forma concreta como general sobre estas gentes, sus hábitats y sus estructuras sociales, los cuales nos servirán para refrescar el estado actual de la cuestión.

2.1  SU VINCULACIÓN INICIAL CON EL TERRITORIO SORIANO
Las escuetas referencias que Plinio y Ptolomeo dedican a los pelendones, donde se cita la ciudad de Numancia como parte de éstos para el primer autor y Augustóbriga, Visontium y Savia como núcleos principales para el segundo, suponen la base de su reducción al norte de la provincia de Soria.

Así, la fijación de los pelendones a este territorio está muy unida a la identificación de Numancia con la Muela de Garray en Soria y a la constatación de la presencia de una ciudad romana en Muro (de Ágreda), testimoniada a partir de los miliarios romanos que hacen referencia a Augustóbriga.
Ya en el siglo XVI, contamos con los trabajos del erudito fray Jerónimo Zurita, quien investigando sobre la vía XXVII del Itinerario de Antonino, donde la Augustóbriga de Ptolomeo aparece mencionada como mansión en su Item ab Asturicam per Cantabria Caesaragusta entre las mansiones de Numantia (Garray, Soria) y Turiassone (Tarazona, Zaragoza), y especialmente el miliario colocado in situ  (CIL II 4892), donde se especifica la distancia de tres millas romanas desde ese punto de la calzada romana procedente de poniente hasta su siguiente hito o jalón principal, llegará a concluir que la ubicación de dicha ciudad citada en las fuentes coincide con la localidad de Muro, proponiendo la delimitación de los pelendones de el NE de Soria.
En este mismo siglo, Florián de Ocampo, muy dado a la creación de falsos cronicones, teorizaría sobre la idea de que los Pelendones formaran parte de los arévacos y finalmente fueran absorbidos históricamente por estos, reflexión que compartiría su coetáneo Ambrosio de Morales y tenida en cuenta durante más de 400 años. Del mismo modo y a partir de las premisas de Ptolomeo, situaría a los pelendones en la mitad superior de la cuenca del Arlanza.
Es ahora cuando se describen las ruinas de la Muela de Garray en Soria, por entonces copropietaria del solar de Numancia junto a Zamora, que de forma interesada y por cuestiones políticas fue candidata desde la Edad Media a albergar a tan legendarios y valientes héroes pasados.
Si bien, no será hasta La Ilustración, ya en el XVIII, cuando volvamos a toparnos con referencias generales acerca de los pelendones, para los cuales Loperráez se referiría en su Historia del Obispado de Osma, situándolos a partir de la lectura de las fuentes clásicas en la serranía de Soria. Este mismo autor, junto con el Padre Flórez (1751) y  fray Francisco Méndez (1766), quienes realizan el primer croquis topográfico de Numancia, sugeriría la posible vinculación de la citada Visontium con Vinuesa sin aportar prueba alguna más que su mera similitud fonética (1788), planteamiento parecido al que se dará a Savia y su hipotético emplazamiento en la actual capital soriana.
Mapa Obispado de Osma (Loperraez, 1774)
Así llegamos a mediados del siglo XIX para encontrarnos con los trabajos de Eduardo Saavedra, que además de constatar científicamente el actual emplazamiento soriano de Numancia a partir de sus trabajos arqueológicos (1861), verificación que volverá a ser debatida y nuevamente tendrá que zanjar en 1890, otorgará también a la localidad de Muro la ubicación de Augustóbriga a partir de las distancias fijadas entre mansiones y la información de las piedras miliarias halladas en las localidades cercanas de Matalebreras, Pozalmuro y Ágreda, a lo que se le sumaron importantes evidencias arqueológicas como la presencia de un recinto amurallado de 3.077 metros de perímetro formadas por sillares almohadillados asentados en seco de 3,5 metros de espesor. Dicho autor establecería un origen fundacional de época de Augusto, como campamento de apoyo a las Guerras Cántabras, dentro de la red viaria que uniría Tarazona con Astorga, o lo que es lo mismo, el valle del Ebro con el Duero, planteamiento asumido por buena parte de autores posteriores.
Miliario de Pozalmuro (Foto Isaac Moreno Gallo)
En el último tercio del siglo XIX contamos con alguna referencia poco significativa acerca de los pelendones en Rabal, N. (1889:XIII), si bien ya entrado el siglo XX, su origen y delimitación queda definitivamente ligada sin discusión al territorio serrano soriano a través de los trabajos arqueológicos de Blas Taracena, quien los asocia con la llamada Cultura de los Castros Sorianos.

2.2.  LAS HORDAS INDOEUROPEAS
La génesis de las tesis invasionistas tomará forma a partir del estudio lingüístico de H d`Arbois de Jubainville (1893, 94), que relaciona la expansión de los celtas ligures con la Península Ibérica.  Bebiendo de esta obra, A. Schulten relaciona a comienzos del siglo XX a los pelendones con un pueblo celta de Aquitania, la tribu de los Pelendos, cuyas raíces establecía en los Belendi que cita Plinio (IV, 108), delimitando su territorio en función de las ciudades identificadas por Ptolomeo (Savia, Augustóbriga y Visontium) que limitarían al sur con Numancia. (Schulten, A. 1914: 123-124). Respecto a la contradicción en la atribución de Numancia a los pelendones y a los arévacos, admitiría que los primeros pudiesen formar parte de los segundos. De hecho, a partir de la estratigrafía de Numancia, el investigador alemán defendería la presencia de un primer nivel que asignaría a los pelendones, sobre el cual se desarrollaría la ocupación arévaca.
En paralelo, Bosch Gimpera defenderá la llegada de grupos desde Centroeuropa a la Península Ibérica  distinguiendo inicialmente dos oleadas célticas: la primera, en torno al cambio de milenio a través de los Pirineos orientales, identificable con la Cultura de los Campos de Urnas hallstáticos (celtas) que se asientan en Cataluña y en el Valle del Ebro, y la segunda en torno al siglo VI a.C. debido a las presiones germanas en el Bajo Rhin, los cuáles provocarían la celtización de la Meseta. (Bosch Gimpera, 1932).
En lo que a los pelendones se refiere, defiende que habrían llegado a la Península en la primera oleada con su “cultura hallstática arcaica” en torno al siglo VIII a.C., para ser arrinconados en las estribaciones montañosas hacía el 650 a.C. por los arévacos belgas de la segunda oleada. (Bosch Gimpera, 1921,1932, 1940). Estos últimos serían los que se enterrarían, según dicho investigador, en las necrópolis (“posthallstáticas”) de la zona centro de la provincia de Soria, otorgándolas una cronología que no superaba el siglo IV a.C. de antigüedad.
De tal forma, Bosch Gimpera tuvo el mérito de intentar relacionar el registro arqueológico con la evidencia lingüística y las alusiones de los textos grecorromanos, pero situó a los pueblos prerromanos de la Península Ibérica en plena dependencia cronológica, material, lingüística y étnica con Centroeuropa. En su estudio La Etnología de la Península Ibérica, publicado en 1932,  siguiendo los trabajos que sobre el terreno había realizado Blas Taracena (1926; 1927; 1929; 1932), del que hablaremos a continuación, establece los límites del territorio pelendón, que grosso modo limitaría al norte con las estribaciones montañosas que separaban las provincias de Soria y Logroño, al oeste correría desde Canales de la Sierra (Logroño) hasta el valle de Los Barbadillos (Burgos), bajando por el sur siguiendo la Sierra de Costalago, San Leonardo, Cabrejas y Pico Frentes, y por el este en dirección Ágreda-Tarazona hasta llegar al Moncayo.
En los años 40 matizaría algunos aspectos en la fijación de las oleadas celtas, sobretodo en relación a la segunda invasión, en la que distingue tres grandes subgrupos: 1) Celtas-germánicos de Westfalia (siglos VIII-VII a.C.) que darán lugar a la cultura arcaizante hallstáttica de Cogotas I y a algunas tribus como la de los berones y pelendones (Bosch Gimpera, 1942; 1944). 2) Conglomerados de sefes-turones a los que se unen otros pueblos celtas empujados por la presión germana, quienes se establecerían al occidente meseteño para alcanzar León, Asturias, Galicia y norte de Portugal poco antes del 600 a.C. 3) Celtas belgas, que llegarían a la Península en el primer tercio del siglo VI a.C., destacando entre ellos los belovacos que con el tiempo se identificarán con los celtíberos de las fuentes clásicas, divididos a su vez en vascones, vacceos, arévacos, belos y titos, quienes arrinconarán a las poblaciones de origen céltico anteriores (arévacos a pelendones) (Bosch Gimpera; 1942).
Blas Taracena Aguirre será el primero en llevar a cabo trabajos de prospección y excavación en la provincia de Soria siguiendo las aportaciones de las fuentes clásicas, cuyos resultados verían la luz en su primera memoria de excavaciones, realizada en 1926, donde presenta los sondeos efectuados en Ventosa de la Sierra, Arévalo de la Sierra, Taniñe y Suellacabras. Dos años después publicará su segunda memoria, donde recoge de forma más completa, por una lado un catálogo de yacimientos con la información derivada de algunas de sus excavaciones, incluyendo además los dibujos de los materiales hallados, así como las características principales de los asentamientos, el medio geográfico, etc.
En 1931, publicará en un trabajo más extenso que los anteriores, las excavaciones en el poblado celtibérico de Ocenilla, para poco después establecer los límites del territorio de los pelendones, que no difería apenas de lo propuesto por Bosch Gimpera, a excepción del límite oriental que lo sitúa en el cerro de San Millán y las Sierras de Neila y de la Umbría hasta Costalago (Taracena, B, 1933; 397).
Años después, Blas Taracena  (1941) sacará a la luz la primera carta arqueológica de la Península Ibérica, referida a la provincia de Soria, donde quedaron definidas por primera vez las características generales de la Edad del Hierro, a cuya primera etapa denominó Cultura Castreña Soriana. Así, nuestro investigador de cabecera planteó que la dualidad cultural Castros de la Serranía Norte y necrópolis del centro-sur de Soria (llamadas entonces posthallstatticas) estaba reflejando dos territorios diferenciados en los que habitaron dos culturas y dos tribus, la de los castros (pelendones) de pastores y la que se superpone a éstos, de gentes agrícolas (arévacos), con las implicaciones ideológicas y deterministas que tales conclusiones englobaban.
De tal manera, el conocimiento de la Edad del Hierro en estas tierras se vio ampliado gracias a la labor realizada por otros investigadores como Ortego Tudela, quien intervino en el Castillo de Soria, convirtiendo  esta cultura arqueológica en una de las más conocidas del momento, atrayendo incluso a investigadores de fuera del país, como Harbison y Hogg, quienes se interesarán especialmente de los conjuntos de piedras hincadas documentados en algunos castros, sin obviar los incesantes trabajos de excavación  que se desarrollan en Numancia de forma continuada desde finales del siglo XIX.
Esta pujante labor investigadora desplegada durante los primeros decenios del siglo XX en lo que a la provincia de Soria se refiere, empieza a caer en el olvido en torno a los años 40, sufriendo una paulatina regresión, hasta ser los estudios prácticamente inexistentes. Incluso desde instituciones como el Museo Numantino y Celtibérico, únicamente encontramos algunos nuevos descubrimientos de castros y poblados celtibéricos, que en su mayoría no serían publicados, continuando el panorama bastante inmóvil durante los 20 años siguientes.
En un plano general, ya en la década de los 50 hacen aparición los análisis lingüísticos de A. Tovar , quien plantea una primera entrada de indoeuropeos preceltas desde fines de la Edad del Bronce, identificados con el estrato lingüístico de los hidrónimos con la raíz -nt- y otros restos lingüísticos como páramo, siendo éstos a su juicio, los pobladores más antiguos, entre los que estarían los pelendones (Tovar; 1957;1967). Al igual que hiciera Bosch Gimpera, plantearía una segunda invasión con varias oledas, ya de celtas, que culminaría con los celtas belgas que arrinconarían a los primeros, caracterizados en el plano lingüístico por el uso de nombres con el sufijo –briga
Este último autor, junto a J. Maluquer (1952), esboza que las gentilidades detectadas en la epigrafía correspondieron en un principio únicamente a los pueblos de las primeras oleadas indoeuropeas, entre los que se encontraban los pelendones, conservando su tradición a pesar de ser arrinconados a las estribaciones montañosas por los arévacos celtíberos, lo que explicaría que estos últimos asumiesen esa organización que no está presente en otros lugares donde no hubo este contacto entre pueblos originarios de diferentes oleadas invasionistas. Al mismo tiempo T. Ortego continuará aceptando la similitud entre Belenos-Belendi-Pelendones propuesta por Taracena.
En definitiva, cogiendo aire para despejarnos ante este confuso entramado de pueblos invasores, preceltas y celtas, resumimos que para los investigadores de la primera mitad del siglo XX, éstos eran los que europeizaron la Península durante la prehistoria reciente, negando el más mínimo protagonismo a procesos de formación locales. Todo venía de fuera, el suelo absorbe y nacionaliza al invasor como diría Blas Taracena (1952, 296).
Pero la investigación invasionista no acaba aquí, sino que continúa en las tres décadas siguientes. Así, J.Mª Blázquez (1962; 1974) continúa la interpretación de Bosch Gimpera afirmando que los pelendones, como los vetones, carpetanos, astures y cántabros fueron los pobladores indoeuropeos más antiguos de la Península, los cuáles hablarían una lengua indoeuropea precéltica y serían empujados por las oledadas posteriores de los celtas belgas.
Ya entrados en los 70, aunque encontramos invasiones también en el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja (1976), éste será uno de los primeros en plantearse analizar los caracteres locales anteriores y no sólo los efectos invasionistas, otorgando especial atención al fenómeno de la aculturación. No obstante, es ahora cuando se produce el renacer de la investigación de los Castros de la Serranía Norte, aparcados desde hace casi treinta años, tomando el testigo de los trabajos de Taracena en el terreno arqueológico Fernández Miranda, seguido de Ruiz Zapatero (1977), quien publica el Castro de las Espinillas de Valdeavellano de Tera, impulsándose nuevamente los estudios de la Edad del Hierro soriana que cuenta con la intensa labor investigadora desarrollada por el Museo Numantino y por otras nuevas instituciones creadas en estos momentos, como el Colegio Universitario de Soria. Jorge Juan Eiroa (1979) interviene en El Castillo de El Royo, recogiendo su secuencia estratigráfica, además de la publicar nuevos materiales inéditos hasta la fecha, a lo que se le sumó el primer análisis radiocarbónico, que sirvió para encuadrar con precisión la “Cultura Castreña”, que en buena medida coincidía con lo aportado por Taracena.
Así pues, el incremento considerable de la documentación de este periodo se constata a partir de la publicación de nuevos yacimientos y lo que es más importante, aunque se siguen empleando términos como hallstattico, de clara vinculación foránea, comienza a tenerse en cuenta el sustrato local, aunque el viejo paradigma sigue imperando.
Al mismo tiempo, comienzan a ver la luz estudios desde la perspectiva de la epigrafía, como los de María Luísa Albertos (1975), quien explicaría la distinción lingüística entre arévacos y pelendones a partir de las inscripciones halladas en la provincia de Soria, donde aparece una diferenciación entre gentilicios en –um y entre aquellos que lo hacen en –o(n), conclusiones que aceptaría A. Jimeno en su estudio sobre epigrafía soriana (1980), constatando el predominio de los acabados en –um frente a los segundos y los romanizados acabados en – orum, aunque sin poder probar su adscripción a un grupo tribal u a otro. Al respecto A. Espinosa (1980) plantearía la posibilidad a partir del estudio de estelas procedentes de los valles del Cidacos y Linares de que el grupo de población no fuese pelendón, sino un grupo no céltico reducto perviviente del iberismo y de nombre desconocido. Al respecto, Gómez Pantoja indicaría que dicha anomalía onomástica ibérica hallada en este entorno se debería a que formase parte de una misma oficina lapidaria, carente por tanto de entidad étnica.
A pesar de que la investigación empieza a mirar bajo sus pies y no a cientos de kilómetros en Centroeuropa, las más  añejas teorías invasionistas seguirían presentes, dando sus últimos coletazos en los años ochenta. Así, Lomas (1980) continuará encuadrando a los pelendones dentro de las primeras oleadas en base a criterios arqueológicos y lingüísticos, mientras que Salinas Frías (1982-,1986) defendería, a partir de las aportaciones de la epigrafía y la arqueología, la existencia de una “confederación tribal” entre los celtíberos en la que los arévacos debieron jugar un papel preponderante, siendo Numancia su capital, teoría que justificaría por algunos de los niveles de destrucción detectados en los castros sorianos en torno al siglo IV a.C., los cuales no están claros si seguimos la documentación arqueológica de los trabajos llevados a cabo durante los últimos años (Romero, 1991).  Por otro lado, añade que las gentilidades, antes consideradas propias de los pueblos de las primeras oleadas (pelendones), debían hacerse extensivas a todos los pueblos celtibéricos, ya que es en las ciudades citadas como arévacas donde más inscripciones de este tipo se encontraron frente a aquellos núcleos del curso alto del Duero, considerados tradicionalmente como pelendones, aunque como comentan Bachiller y Ramírez (1993) no se tiene en cuenta que en esta última zona apenas hay investigación, por no hablar de su dispersión de hábitat, recogido por el propio Estrabón.  
Tovar (1985) consideraría a los pelendones “afines” a los arévacos y absorbidos por éstos, llegando a los noventa con Solana Sanz (1991), último en plantear abiertamente dos entradas de pueblos celtas, una primera de grupos de montaña entre los que estarían los pelendones y una segunda de pueblos en llano y de habla celtibérica occidental que incluiría a los arévacos.

2.3. HACIA EL CAMBIO DE PARADIGMA
En los últimos 5 lustros las teorías invasionistas se han visto claramente superadas no solo porque arqueológicamente no se documenten dichas algaradas, sino porque tampoco se detecta su lugar de origen, así como las vías de llegada de esos elementos ya formados. Además, en la Península Ibérica se distinguen elementos indoeuropeos anteriores al mundo céltico clásico al menos desde el Bronce Final que obligan también a poner la mirada en el substrato local. Veamos de forma sucinta este cambio de paradigma y cómo podemos insertar en él a nuestros pelendones.
Recordemos que la Cultura de los Campos de Urnas ha sido uno de los temas más tratados desde las primeas décadas del siglo XX, aunque su presencia en la Meseta nunca fue aceptada claramente, quedando circunscritos al ámbito nororiental (Almagro-Gorbea 1986-87).
En torno al 1200 a.C., gentes procedentes de Centroeuropa penetran por la actual Cataluña difundiendo nuevas formas de vida y creencias, como la costumbre de quemar sus cadáveres y depositar los restos en urnas de cerámica formando cementerios comunitarios, cuestión de la que deriva su denominación cultural.
Es a partir de los años 70 cuando su relación con los celtas se pone en tela de juicio, ya que su zona de dispersión evolucionaría hasta la Cultura Ibérica, de lengua no indoeuropea y por lo tanto diferente a la de las poblaciones célticas. Almagro Gorbea y Ruiz Zapatero (1992) propondrán que la expansión se produciría de forma muy lenta por la escisión de las poblaciones que provocaron su disgregación, lo que generaría diferencias culturales, extendiéndose por el Valle del Ebro a partir del I milenio a.C. Así, esta “deriva cultural” de los grupos de tradición o influencia de Campos de Urnas ya en la Edad del Hierro serían las que darían forma a la configuración de la Cultura Celtibérica en la Meseta Oriental. Por otra parte, las supuestas invasiones de celtas en la Edad del Hierro no explicaban por si solas su aparición en Irlanda desde el Bronce Final, ni tampoco la presencia temprana en la Península Ibérica de elementos de cultura material, lengua, creencias, formas de vida y costumbres de clara adscripción céltica.
Es por ello que Martín Almagro-Gorbea (1992 a y b; 1993) adaptaría el modelo explicativo anglosajón de lo indoeuropeo (denominado celticidad acumulativa) planteando un remoto origen que se remontaría al menos desde la Cultura del Vaso Campaniforme. Así, para la celtización de la Península distinguiría un primer nivel protocéltico encuadrado en la transición Bronce Final-Edad del Hierro, caracterizado por presentar rasgos lingüísticos pre-celtas como el Lusitano, ritos y creencias como los cultos a las aguas, costumbres como la hospitalidad, la exposición de los cadáveres de los caídos en combate a los buitres etc., de estructura social más arcaica que las gentilicias plenamente celtibéricas que son afines en pueblos históricos del occidente y centro peninsular, como carpetanos, vetones, lusitanos, galaicos, cántabros, etc., y quizás también en el extremo oriental de la Meseta en relación a los pelendones.
De este substrato surgiría la posterior cultura celtibérica en torno al siglo VI a.C. y desde su zona nuclear del alto Tajo y Jalón se expandiría por buena parte del territorio peninsular (norte y occidente principalmente), a juzgar, según dicho autor, por la estandarización de toda una serie de elementos como las necrópolis de incineración, el armamento típicamente celtibérico, topónimos lingüísticos (–briga o Seg-), sistemas defensivos, estandarización de poblados de calle central, rasgos de religión celta, etc.
Cuestiones aparte sobre el porqué es en Celtiberia y no en otro lugar con similar substrato protocéltico donde se formarían estos elementos, así como si realmente estamos tan seguros a partir de las fuentes de información a la hora de descartar otros focos regionales cercanos en el tiempo de los que derivara la celtización peninsular en la Segunda Edad del Hierro, y el hecho de que esta teoría parezca tener cierto regusto difusionista, aunque edulcorado por un proceso de aculturación en el que son los modelos los que se expanden y no las gentes. Lo cierto es que dicho sustrato protocelta es evidente desde mucho antes de que hicieran aparición los pueblos celtas que nos describen las fuentes.
Llegados a este punto y al hilo de lo que aquí nos concierne habrá que ver la realidad arqueológica que nos encontramos en el entorno de la actual provincia de Soria desde los primeros compases de la Edad del Hierro, entrando en juego la Cultura Castreña Soriana que tradicionalmente se ha relacionado con los pelendones (Blas Taracena 1954; Bachiller y Ramírez 1993; Lorrio 1997 y Burillo 1998), cuyos estudios se verán ampliados y renovados de la mano de Romero Carnicero (1991), verdadero artífice de su sistematización.

3. DE LA CULTURA CASTREÑA SORIANA A LOS PELENDONES HISTÓRICOS

3.1. Primera Edad del Hierro (siglos VII/VI-IV a.C.)
En un análisis profundo de los castros que se desarrollan en la Serranía Norte de Soria durante la Primera Edad del Hierro vemos como la homogeneidad morfológica de éstos (no superando la hectárea de extensión) y el hecho de que no se detecten lugares centrales desde donde se articulara el territorio, nos ha llevado a sugerir que no existirían diferencias sociales entre los castros y que ninguno intervendría en la producción y en la toma de decisiones de otra comunidad. Es por ello que cada castro podría estar garantizando el control estratégico de sus medios de producción, principalmente zonas de pasto y bosques, que en un porcentaje muy elevado podrían haber sido de usufructo colectivo, sin llegar a superar nunca su capacidad de carga, de ahí que probablemente se limitasen física y demográficamente con la construcción de sus murallas. Aquí parece entreverse un modelo de sociedad de estructura más arcaica que las gentilicias que parecen detectarse tanto en las tumbas de guerreros contemporáneas del centro y sur de la actual provincia, como en otros contextos celtibéricos de otras áreas adyacentes. 
Su fuerte personalidad y resistencia al cambio, nos lleva a pensar, más que en la existencia de diferentes grupos étnicos en el entorno, en su posible relación con la presencia de elementos indoeuropeos más antiguos que se desarrollan en la Península Ibérica, tal y como parece constatarse en El Palomar (Almajano), en el nivel más antiguo del Castillejo de Fuensaúco, en el Cerro del Haya en Villar de Maña o en el yacimiento de El Solejón de Hinojosa del Campo, con presencia de cabañas circulares de material efímero, así como con la constatación de la necrópolis de San Pedro en Oncala (Tabernero, Sanz y Benito 2010), asociada a tumbas de incineración en hoyo con presencia de algunas estelas caídas en sus inmediaciones y un escaso ajuar integrado por algunas lascas de sílex,  una anilla de bronce y restos de las urnas cinerarias realizadas a mano, lo que vendría a confirmar una temprana introducción del ritual incinerador en tierras sorianas, en torno al siglo XI a.C. según dataciones radiocarbónicas.
Casa circular del castro de El Zarranzano (Cubo de la Sierra)

3.2. Celtiberización de la región soriana
A partir del siglo IV a.C. desaparecerán el 30 % de los castros, en paralelo al surgimiento de poblados de nueva planta de extensiones heterogéneas entre 2 y 6 Ha (rompiendo con la homogeneidad existente hasta el momento en los castros), que pasarán a ocupar espacios más suaves sobre suelos de buena calidad agrícola para el desarrollo de estrategias productivas intensivas y especializadas. Junto a este proceso, se constata una gran transformación del espacio interno, en el que se adopta el modelo de “poblado cerrado” extendido desde el Valle del Ebro y Jalón, quedando ordenados internamente en torno a un espacio central o calle, formando alineaciones de viviendas uniformes, diluyendo por completo el individualismo de los primeros momentos de la Edad del Hierro, lo que estaría reflejando un alto grado de jerarquización y complejidad social. (Pozalmuro, Castellar de Arévalo de la Sierra, El Castillo de Taniñe, Los Villares de Ventosa de la Sierra).
Los Villares de Ventosa de la Sierra (celtiberiasoria.es)
También se evidencia en este momento la generalización del empleo del hierro, prácticamente ausente en la Cultura Castreña Soriana, así como el aumento de la presencia de producciones cerámicas a torno, formadas básicamente y a grosso modo, por fragmentos sin decoración y por ejemplares de color anaranjado, perfil zoomorfo, cuellos bien delimitados y bordes de pie vuelto con decoración de pintura vinosa en bandas anchas invadiendo el interior del mismo, primeros síntomas la celtiberización de la región y de un contexto productivo especializado .
Estos cambios territoriales y sociales supondrán la adopción de un modelo campesino más estricto y la entrada en la órbita de las sociedades de jefatura, visibles sobre todo a partir de los ajuares funerarios de las vecinas necrópolis del Celtibérico Pleno como Carratiermes, Ucero, La Mercadera, La Requijada de Gormaz, Quintanas de Gormaz, La Revilla de Calatañazor y Viñas de Portuguí en Osma, donde las proporciones de sepulturas de guerreros con armamento son muy superiores a las de otros ámbitos del Alto Tajo-Alto Jalón, incorporando modelos evolucionados de espadas, como las diferentes variantes del tipo de antenas, al mismo tiempo que se detecta la ausencia de armas de bronce de parada.
Estamos por tanto, ya dentro de un modelo gentilicio articulado en torno a un antepasado común al que se le rendiría culto como héroe fundador y modelo a seguir,  resultado de un proceso en el que intervendrían todo un cúmulo de factores, relacionados quizás, con el dinámico sistema de alianzas y pactos que propiciarían el afianzamiento del liderazgo y la institucionalización de determinados linajes frente al resto de las estructuras vigentes, cuya estrecha vinculación a la tierra debió minimizar cualquier intento de resistencia, haciendo más costoso el abandono del medio producción que la asunción del tributo exigido.
En este sentido contamos con el ejemplo de los yacimientos de El Pico de Cabrejas del Pinar y el Alto del Arenal de San Leonardo, donde este proceso  podría haberse asumido desde mucho antes que en los castros serranos, a juzgar por la incorporación de elementos cerámicos torneados importados desde el área ibérica desde bien temprano según dataciones radiocarbónicas (Vega y Carmona 2013), lo que nos lleva a la idea de que la sierra de Cabrejas y de Frentes hubiesen actuado durante el Hierro I como un "área de fricción" entre estas dos realidades.
El Pico de Cabrejas del Pinar (Foto M. Díaz)
La acentuación de las desigualdades y las  relaciones de dependencia, que irán más allá del ámbito de los lazos de sangre establecidos en un poblado, darán paso a formas preclasistas de organización social que anticipan los primeros signos de organización estatal.

3.3.Ciudades históricas
Este proceso se culminaría entre los siglos III y II a.C. en el Alto Duero, con la aparición de los primeros oppida o protociudades que ejercerán de centros políticos y administrativos concentrando en su interior un contingente poblacional mayor, englobando en su territorio un engranaje de asentamientos de pequeño tamaño o aldeas, poblados de mediano tamaño y castillos defensivos, todos ellos ordenados estratégicamente para asegurar la producción de los terrenos más aptos para llevar a cabo procesos de intensificación agraria que proporcionasen excedentes, el control de sus zonas de influencia y de las vías de comunicación (Jimeno; 2011).
En ahora cuando parecen conformarse verdaderamente las primeras colectividades regionales pre estatales, al hilo de la consolidación de las sociedades de jefatura establecidas alrededor de una élite aristocrática que ha hecho méritos para dirigir a un grupo, ejercer autoridad  y redistribuir la riqueza, quedando organizadas a través de la creación de un entramado de clientelas y pactos en el que se apoyarían para ejercer el liderazgo y fortalecer sus lazos de unión.
Este momento coincide con la aparición de las fuentes escritas que nos ofrecen el nombre de los principales núcleos de población de las etnias de los arévacos y de los pelendones. Si bien, nos es más conocido el ámbito adscrito a los arévacos a partir de la constatación de sus principales núcleos poblacionales, como es el caso de Tiermes (Montejo de Tiermes), Uxama Argaela (Osma), Segortia Lanka (Langa de Duero), Clunia (Peñalba del Castro, Burgos) o la propia Numancia en la Muela de Garray, a las que habría que añadir otras tantas presentes en diferentes fuentes cuya ubicación se desconoce o es dudosa, como Occilis, Voluce, Malia, Lutia, Lagni, Sekobirikes y por último aquellos yacimientos que hacen las veces de núcleo centralizador del poblamiento a juzgar por sus dimensiones y características, como El Castillejo de La Laguna, en la cuenca del Cidacos y Los Casares de San Pedro Manrique, en la del Linares.
Muralla de Augustóbriga (Muro)
No obstante, tal y como vimos a comienzos de este escrito, los pelendones no gozan de la misma suerte y grado de conocimiento. De las tres ciudades que citan Plinio y Ptolomeo, únicamente parece tenerse constancia de la ubicación  de Augustóbriga. Desde que Eduardo Saavedra (1863) fijara su posición en Muro (de Ágreda) atribuyéndole su fundación en época augustea, como campamento de apoyo para las Guerras Cántabras en la vía de comunicación que une el valle del Ebro y la Meseta, apenas han variado  los postulados (Taracena 1941; Salinas de Frías 1986). 
Será con motivo de una excavación de urgencia en un tramo de muralla que rodea la fortaleza medieval, cuando Morales y Carnicero (1986) determinen en función de la constatación de sillares almohadillados una datación en el siglo I d.C.. En fechas más recientes los trabajos arqueológicos de prospección realizados por parte de la empresa Arquetipo (Arellano et alii 2002) les llevaría a establecer para este área una intensiva ocupación de época romana al menos desde el siglo II a.C. (presencia de cerámicas campanienses de los tipos A y B). Esta nueva datación relativa se vería corroborada mediante una excavación de urgencia en la que se documentaron cuatro habitaciones pequeñas, lo que les llevará a establecer el origen de la ciudad en un campamento fortificado de planta trapezoidal de apoyo a las Guerras Celtibéricas y su posterior pacificación, considerando a su vez que dichos sillares almohadillados serían reutilizados para la muralla medieval, delimitando nuevamente el recinto amurallado, que quedaría fuera del núcleo urbano actual de Muro. 
Por último, los trabajos realizados por parte de la empresa Areco (Jimeno et al.; 2008 ) han servido para concretar nuevamente la delimitación del recinto amurallado, que coincidiría con el propuesto inicialmente por Saavedra, además de plantear la posibilidad de que la ciudad de Augustobriga, fundada probablemente en época augustea, estuviese tapando la localización de otra anterior más antigua que se identificaría con la “AreKoraTa” que acuña moneda desde el siglo II a.C. hasta los primeros años del siglo I a.C., momento en el que sería abandonada por poco tiempo para ser refundada por la ciudad que citan las fuentes clásicas.
El nombre planteado para esta ciudad antigua aparece mencionado en algunos textos escritos de lengua celtibérica, como en el bronce de Luzaga (AreKoraTiKuPos) y en la “tésera de la ciudad de Arecorata” (ArekoraTiKa: Kar), así como en monedas con las leyendas AreiKoraTiKos (AreKoraTaz) que se emiten a partir de la primera mitad del siglo II a.C. en denarios, ases, semises, trientes y cuadrantes, donde aparecen frecuentemente un jinete con lanza, palma y en los más antiguos con un gancho. 
Sería A. Jimeno (2000) quien propondría la ubicación de AreKoraTa en Muro (Soria) a partir de la presencia de los materiales antiguos documentados en la localidad, a los que se le unirían los de una nueva tésera de hospitalidad de bronce con forma de cabeza de animal e inscripción en letras ibéricas, en el que puede leerse “ToUTiKa”, sustantivo abstracto que encerraría el sentido de “ciudadanía” de este enclave (Jimeno et al.; 2008 ).
Nueva Tésera de hospitalidad hallada en Muro (Soria)
Además la ausencia de monedas con epígrafe latino, podría estar manifestando que desaparecerían al mismo tiempo que lo hace la ciudad antigua situada en Muro. Es por ello por lo que se apunta que esta ciudad debería ser entendida dentro del marco de los cambios económicos que se estaban dando con la conquista romana, quizás sirviendo como punto de apoyo a los intereses de la potencia mediterránea en su penetración por el interior del Sistema Ibérico, dominando así una importante vía de comunicación y el trasiego por una zona mineralógicamente muy rica. Todo ello tras el Tratado firmado por Graco en el 179 a.C. con las ciudades celtibéricas del valle del Ebro, entre las que se encontrarían a ambos lados del Moncayo, Sekeiza y Arekorata, curiosamente las dos primeras cecas celtibéricas (Jimeno et al.; 2008 ).
En cuanto a Visontium, vimos líneas atrás como Loperráez (1788) la situaría en la localidad pinariega de Vinuesa, opinión que seguirán Schulten (1914) y Bosch Gimpera (1932) basándose únicamente en su similitud fonética y en las palabras de Plinio, quien asegura que el río Duero nace entre los pelendones.
Blas Taracena (1933) aceptará dicho emplazamiento aunque solo como hipótesis de trabajo pues los hallazgos arqueológicos de aquellas alturas no pasan de pobres restos del pastoreo celtibérico. En la actualidad, no sin  reservas, parece aceptarse esta ubicación, y más teniendo en cuenta la localización al lado de una antigua vía romana, hoy camino que va desde Molinos de Duero a Vinuesa de una inscripción rupestre enmarcada por una tabula ansata de 43 x 73 cm que dice: “Hanc viam / Aug(ustam) / L(ucius) Lucret(ius) Densus / IIvirum(!) / fecit”, lo que vendría a confirmar la ubicación de un municipio en sus proximidades al menos del siglo II d.C., a juzgar por la presencia de este alto magistrado que realiza la calzada.
 Calzada entre Molinos de Duero y Vinuesa (Foto Mario Díaz)
 Roca en la que se encuentra la inscripción (Foto: Mario Díaz)
Inscripción rupestre (Foto Mario Díaz)

Todavía es menos segura la localización de Savia, que únicamente por criterios de semejanza fonética se ha venido poniendo en relación con Soria (Schulten 1914; Taracena 1954; Tovar 1989), continuando tal aceptación hasta la actualidad a pesar de no contar con ninguna evidencia arqueológica, siendo lo más correcto aceptar nuestro pleno desconocimiento, tal y como se recoge en la Tabula Imperii Romani hoja K-30: Madrid-Caesaraugusta-Clunia, donde aparece denominada como locum ignotum. Además, siguiendo la norma expositiva de las tablas ptolemaicas, donde es regla que las ciudades estén referidas de N. a S. y de E. a O., tendríamos que situar Savia al oriente de Augustobríga, en plena y estéril serranía del Moncayo.
Únicamente Ángel Ocejo (1995) ha discutido estos postulados comúnmente aceptados, reubicando a los pelendones más al norte y occidente, extendiéndose por la provincia de Burgos en lugar de por la de Soria, que de esta manera, habría estado ocupada en su práctica totalidad por los arévacos, alejando considerablemente la ciudad de Augustóbriga (y por ende Arekorata) del nuevo territorio propuesto para la etnia. Según dicho investigador se está contradiciendo a Ptolomeo al ponerlos en contacto con los arévacos, cuando el autor clásico los ubica debajo de los túmogos (entre los ríos Arlanzón y Pisuerga), separando por lo tanto a éstos de los arévacos, que habitarían al sur de los pelendones. Es por ello que, siguiendo las coordenadas de Ptolomeo sitúa a los pelendones entre el Arlanzón y el Arlanza, dejando fuera el inicio del curso de este río, estableciendo sus ciudades más importantes en los yacimientos existentes de Villavieja de Muño (Visontium), Nuestra Señora de la Vega de Huerta de Abajo (Savia) y Lara de los Infantes (Augustóbriga). En relación a esta última se sumaría la confusión existente con la Nova Augusta de los arévacos citada por Ptolomeo, planteándose la posibilidad de que el autor clásico hubiese confundido las dos ciudades o bien hubiese errado en cuanto al emplazamiento de los pelendones.

Sin embargo, siguiendo a Burillo (1998), si tenemos en cuenta la situación de las otras etnias que rodean a los pelendones, nos encontramos con un territorio que abarcaría efectivamente el curso alto y medio del río Arlanza y el nacimiento del Duero, es decir una posición más oriental que la defendida por Ocejo que englobaría una buena parte del territorio soriano defendido por Taracena y sus predecesores a excepción de Numancia.
Por último, en cuanto a la polémica generada por Plinio al adscribir Numancia a los pelendones, cuya explicación se vio inmersa dentro de las teorías invasionistas arévacas y la posterior recuperación de los pelendones de su supuesto territorio nuclear a partir de la intervención romana, resulta enormemente sugerente la idea de que Numancia hubiese funcionado como ombligo o Centro de la Celtiberia y por lo tanto no quedase adscrito a ninguna etnia en concreto, lo que podría explicar las contradicciones de las fuentes clásicas, como así propone Antonio Ruíz Vega en su magnífica obra Los hijos de Túbal (2002). Lo que se está planteando es que este lugar dispondría de un territorio común y neutral donde se impartiría justicia, similar al drynemeton de los gálatas o al bosque de los Carnutes, consagrado a los dioses y considerado el centro de la Galia, lugar donde César nos relata que allí se reunían los druidas y donde no se podía entrar armado.
La idea parece partir de las incongruencias de Estrabón a la hora de fijar las partes en que estaba dividida la Celtiberia, así como de Posidonio, quien habla de cuatro o cinco comarcas o regiones. Esta cuestión parece tener su similitud con el caso irlandés, donde también se fraccionaban en cuatro provincias (Conacht, Ulster, Leinster y Munster), existiendo una quinta central, Midhe, cuya capital fue la mítica Tara. Antonio Ruíz  propone que para la Celtiberia podría coexistir también una quinta provincia o lugar central que necesariamente estaría cerca de un bosque sagrado. Si bien, sabemos por un celtíbero-romano como Marcial de la existencia de los bosques sagrados de Vadavero y Burado (actuales sierra del Madero y Beratón) en las cercanías de Numancia.
Por lo tanto, el hecho de que casi todas las crónicas hablen de “numantinos” y no de arévacos ni de pelendones, unido al emplazamiento del cerro de la Muela de Garray en la intersección de dos comarcas, la norteña y montaraz donde desde antiguo se gesta la Cultura Castreña Soriana, y la sur, de orografía más suave y mayor vocación agrícola, unido al carácter sacro de Numancia, quien sabe si a modo de nemeton, podría ser la explicación al debate sobre su adscripción étnica aportada por las fuentes clásicas. A todo esto se apunta que solo de esta forma puede entenderse el hecho de que los numantinos decidieran empecinadamente defender Numancia desde dentro de sus modestas murallas, dejando de lado la guerra de guerrillas o de movimientos propia de los celtíberos que les hacía fuertes.
Vista aérea de La Muela de Garray, donde se emplaza Numancia
CONCLUSIONES
A lo largo de estas páginas hemos repasado el estado actual de la investigación sobre los pelendones partiendo de las fuentes clásicas que les dotaron de un nombre, que sin minusvalorar su importancia, resultan enormemente confusas y son ampliamente escuetas, con lo cual a pesar de ser una de las etnias prerromanas que más atención ha recibido a lo largo de la historia de la investigación,en la actualidad siguen planteando serias dudas y aunque se haya tirado incansablemente del hilo, apenas se ha podido desenmarañar la madeja.
Asociarlos a los castros sorianos de la Primera Edad del Hierro, a pesar de que éstos también se encuentren en territorio arévaco y de que distan varios siglos del momento en el que quedaron recogidos por las fuentes clásicas, en época imperial, resulta no menos que un evidente anacronismo, tal y como ya comentaron Ramírez y Bachiller (1993).
Por otro lado la construcción de un grupo étnico como el que aquí hemos intentado rastrear, precisa de un grupo político que le dé forma y como hemos visto, los castros de la Serranía Norte de Soria no llegaron a formar ninguna colectividad regional amplia de tipo pre-estatal, siendo más correcto considerar esta cultura arqueológica dentro de ese proceso de configuración y gestación de la Cultura Celtibérica que, por otra parte, parece alcanzar su plenitud mucho después que lo hicieran al otro lado de la cercana Sierra de Cabrejas y de Frentes. Además requeriría de un sentimiento genealógico que les hiciese derivar de una historia, siéndonos imposible saber en qué momento gozarían de dicho sentido de pertenencia a un colectivo con conciencia de identidad y descendencia común, lo cual, de darse, sería ya en el Hierro II, momento en el que se dan unas mayores dimensiones demográficas con el desarrollo de los oppida, dentro ya de un sistema social más complejo y jerarquizado como es el de las sociedades de jefaturas.
En momentos muy tardíos, contamos con una visión exógena que los diferencia de sus vecinos, aunque no sabemos si esto se debe a un mero constructo romano o a una identificación que derive de diversos elementos culturales no asumidos por sus actores. Sin duda la familia, el castro, el valle y el oppidum, así como el género, profesión, edad y clase social debieron jugar un papel mayor a la hora de identificarse en un grupo, pero no en momentos tan tempranos como los de la Primera Edad del Hierro a juzgar por los datos que disponemos, donde no existe ningún indicador claro de pertenencia a una etnia.


Entre el pino y el roble, orgullo del pueblo que habita la "Alta Sierra Pelendona", larga vida a la memoria de nuestros ancestros.

Julio de 2016
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