HADAS, GNOMOS Y EJÉRCITOS ESPECTRALES: LA ESENCIA CÉLTICA DE LAS LEYENDAS DE BÉCQUER


En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea cónica. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban antiguas historias y leyendas mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular ...

Es momento de mirar atrás y recordar a los ancestros, es tiempo de hacer resonar nuestras más viejas leyendas, la estación oscura se abre paso…
Llega la Noche de Ánimas y como hicieron antaño nos dejaremos guiar por la luz de las velas que chisporrotean en la puerta de nuestros hogares recordando a los que ya no están el camino de retorno. No existen límites entre el mundo de los muertos y el de los vivos, es hora de dar la bienvenida a un nuevo ciclo.
Recuperando nuestra labor incansable de seguir divulgando y rastreando la esencia céltica que emana la tierra soriana, volvemos a meternos de lleno por ese universo de tradiciones, creencias, misterios y folclore, que en ocasiones podría estar funcionando a modo de ventana entreabierta a nuestro pasado más lejano y brumoso de la Edad del Hierro.
Y es que las leyendas juegan un papel fundamental, ya que forman parte del ámbito espiritual y del pensamiento de la humanidad, no existiendo otra manera de penetrar, o al menos acercarse, con sus añadidos y corrupciones, al depósito cultural de las primeras poblaciones estables de la región.
Todos estos relatos que nos han ido repitiendo generación tras generación de forma oral no son más que la transmisión de unos arquetipos que no deben olvidarse, y cuyo mensaje hemos de guardar como un auténtico tesoro, pues esconden la esencia misma de nuestros miedos, esperanzas y en definitiva, de las enseñanzas recibidas.
No obstante, dicho acercamiento no resultará para nada sencillo, pues se requiere de un previo análisis crítico sobre la formación y la temática de estas narraciones que permita separar el grano de la paja y dar a conocer su mantenimiento a lo largo de un proceso de “larga duración”.

En este cálido trasnocho, al calor de las llamas de nuestros hogares, vamos a incidir en la literatura de Gustavo Adolfo Bécquer, quien de de forma inconsciente recogiera todo un abanico de elementos del folclore popular soriano del que puede extraerse una raíz céltica que va más allá de la intención romántica del autor. Resulta curioso que en toda la tradición popular del área cantábrica, noroeste español y en buena parte de Europa, abunden este tipo de relatos ancestrales, mientras que aquí, en este rincón de Castilla, donde la historia de sus pueblos parece situar una de las cunas de la celticidad peninsular, han gozado de una escasa atención.
Veamos algunas de sus historias y penetremos en los secretos que esconden: 
En primer lugar, El rayo de luna se hace eco de todo un compendio de creencias profundamente arraigadas en el imaginario popular del mundo rural tradicional. Tal y como se observa con su lectura, comienza enumerando a los seres elementales de la naturaleza, del fuego, el aire, la tierra y el agua, además de la relación existente entre su misteriosa protagonista con la luna. Estaríamos ante la creencia de que todo ser viviente y todo objeto albergaba un espíritu o fuerza interior, concepto que más tarde derivaría en la asunción, hasta no hace tanto, de la existencia de toda una serie de seres denominados con más de mil nombres, pero que grosso modo conocemos como hadas, duendes, gnomos, etc., o seres feericos en general. Concretamente en Castilla se denominaría “moras” a toda la gran familia de mujeres sobrenaturales, no teniendo nada que ver con las musulmanas, claro está, y que englobarían a su vez a dos grupos de hadas: las encantadas y las damas de agua.
“En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines”.

Del mismo modo, nos encontramos con la idea celta del paso al Más Allá a través del agua, connotación de la que tenemos posibles evidencias en la tantas veces nombrada Fuentona (Muriel de la Fuente), donde fue hallado un casco de guerrero celtibérico posiblemente arrojado intencionadamente y de forma ritual a sus aguas.

“La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta. En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas”.

El río Duero, en el caso de este relato de Bécquer, podría tener esa connotación de puerta de entrada de ultratumba, de forma similar a lo que apuntaran algunas fuentes clásicas, como en el episodio de Estrabón (Geo. III,3,4) donde se menciona el miedo de las tropas romanas a la hora de cruzar lo que ellos consideraban como el río Lethes (Limia, Orense), o río del Olvido.
Asimismo la figura de la hermosa dama de blanco parece recoger un viejo mito que posteriormente se transformaría en la Virgen Blanca o de las Nieves, venerada en innumerables municipios de la provincia, que en el caso del área hispano-portuguesa podría tener correspondencia con la diosa lusitana Ataecina, relacionada con la noche, la oscuridad y lo infernal, al mismo tiempo que es divinidad de la fertilidad de la tierra que muere y renace con el ciclo agrario. 
Del mismo modo, en la leyenda de El Caudillo de las manos rojas, el poeta nos describe una virgen de blanca túnica que podía contemplarse en la noche con los primeros rayos de la luna. Una luna de la que el propio Estrabón (III, 4, 16) nos comentaría que en las noches en las que alcanzaba su plenitud, marcaba la celebración del culto a un dios sin nombre por el que los celtiberos y sus vecinos del norte danzaban a las puertas de sus casas. Divinidad incierta quizás similar al dios Dagda irlandés o al Dis pater de los galos, sin obviar su estrecha relación con el calendario agrario.
En otra de sus más conocidas leyendas, la de La Corza Blanca, se hace alusión a lo que parece ser un tipo de hada o espíritu femenino que puede suplantar durante un tiempo el alma de cualquier ser vivo alojándose en sus cuerpos. A su vez se la relacionaría con la del ciervo de San Humberto, patrón de la cazadores, así como con la cierva blanca que le fue regalada a Sertorio durante la guerra civil acaecida en el solar de Hispania (82-72 a.C.) y que fuera utilizada como talismán y portadora de mensajes divinos para ganarse el favor de sus aliados nativos ibéricos, quienes la consideraban una deidad.
(…) “una corza blanca como la nieve salió de entre las mismas matas en donde yo estaba oculto, y dando unos saltos enormes por cima de los carrascales y los lentiscos, se alejó seguida de una tropa de corzas de su color natural, y así éstas como la blanca que las iba guiando, no arrojaban bramidos al huir, sino que se reían con unas carcajadas cuyo eco juraría que aún me está sonando en los oídos en este momento”.
No podemos dejar de citar también el increíble relato de Los ojos verdes que transcurre en las cercanías del Moncayo, donde se habla de la presencia de lo que parece ser una mora de agua. El origen de estos seres fantásticos podría residir en la creencia de antiguas deidades de las fuentes, a modo de seres míticos que moraban en ellas y las defendían, otorgando propiedades sobrenaturales a estos lugares que la tradición acentúa sobre todo en la noche de San Juan.

“¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales..., y yo..., yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven..., ven."
En este sentido, contamos con testimonios epigráficos referidos al culto de divinidades asociadas a fuentes con virtudes curativas, como en las lápidas dedicadas a las Matres de Clunia y Salas de los Infantes en Burgos, y en las sorianas de Yanguas y Muro. Los hallazgos de estas últimas curiosamente parecen estar asociados a manantiales de aguas sulfhídricas muy útiles para curar erupciones cutáneas.

Relacionado con el elemento tierra, aunque sin olvidar el acuático, penetremos en la leyenda de El Gnomo, desarrollada de nuevo en el Moncayo, pero esta vez en su vertiente aragonesa, y más concretamente en sus entrañas.
" (...) allí viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un ejambre, y pueblan el vacío y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas de los árboles (…)"
Ahora bien, el autor nos los presenta como seres un tanto negativos, recordando el peligro que conlleva cruzarse o entrar en contacto con ellos, ya que les resulta fácil seducir doncellas mediante bellas palabras, atrapándolas con sus hechizos en una fuente encantada, puerta del mundo subterráneo en el que habitan. Es en ese lugar donde el poeta nos relatara que un pastor extraviado, probablemente entre la espesura de unos bosques que antaño fueron sagrados, llegaría a penetrar en su interior descubriendo las increíbles riquezas que allí custodiaban, las cuales suponían la condena de quienes las codiciaran. Así, en las aguas que bajan de la cumbre de este monte sagrado, cuenta la leyenda que podía verse un finísimo polvillo de oro, además de emitir un extraño susurro que sería el llanto de las que se vieron seducidas por sus promesas.
Resulta altamente sugestiva la relación que popularmente existe entre la presencia de este tipo de relatos en los que aparecen enanos o gnomos, y la existencia de zonas de gran riqueza mineralógica, como fuera el área del Moncayo. La existencia de minas en sus cercanías se pierde en las brumas del tiempo, aunque se sepa que su explotación fuera potenciada a partir del siglo II a.C., al entrar en contacto con el mundo romano, a juzgar por la aparición de poblados dedicados exclusivamente a la extracción de metal. Esta actividad ha perdurado hasta casi nuestros días como así lo delatan algunas de sus minas abandonadas en Beratón, Cueva de Ágreda, Ólvega, Noviercas, Somaén, Muro, etc., recordándonos en su silencio la lección de acercarnos a sus leyendas con la mirada despierta, pues revelan secretos tan profundos como los que la tierra esconde en su interior.
Por último, transitando en esta noche mágica que dará paso a la estación oscura, no podemos dejar de recordar la que quizás sea su leyenda más conocida, El Monte de las Ánimas
Este relato muestra la relación con el culto a los antepasados y la fina frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos que se produce el 1 de Noviembre, día en el que se celebraba la festividad celta de Samaín que daba comienzo al año nuevo, hoy cristianizada como Todos los Santos.

Dentro del relato destacamos especialmente el tema arquetípico de la Batalla Funesta, El Cazador Perdido, la Caza Fantástica o la Caza Salvaje-Infernal, que nos traslada a la tradición pagana germánica, céltica y nórdica, en la que aparecen estos ejércitos espectrales conocidos por una infinidad de denominaciones (Chasse Infernale, Chasse Sauvage, pasando por las alemanas Wilde Jagd, Wütischend Heer, Mesnie furieuse, Chasse Arthur, etc.)

“Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche”.
Del mismo modo, contamos en nuestra Península Ibérica con diferentes versiones, como la Santa Compaña en Galicia, la Güestia asturiana, Hueste de ánimas en León y Castilla y la Hueste de Guerra o Cortejo de Gente de Muerte en Extremadura, o en relación al arquetipo del Cazador Maldito, el Eiztari-Beltza o cazador negro vasco y el Conde Arnau del Pirineo catalán.
En ella, siempre un grupo de cazadores sobrenaturales, normalmente muertos, acompañados de una jauría de perros salvajes o lobos y liderados por una divinidad infernal (WotanBerholtOdín, VindosGwyn ap Nudd, etc.) o de figura histórica-legendaria, presagian alguna catástrofe a su paso, como la muerte de quien los atisbe, así como el inicio de una guerra para la que dan licencia. También se interpreta como la cacería de aquellas almas que en la Noche de Ánimas o de Difuntos vagan por la tierra negándose a regresar a su mundo. No obstante, el folclorista alemán Jacob Grimm (1834) creyó que en la Europa pagana la cacería implicaría la llegada de prosperidad, hasta que el cristianismo lo convirtiera en una marcha de horribles espectros demoníacos.
Son varias las voces que apuntaran la influencia de El Decamerón de Bocaccio en el relato de Bécquer, al igual que se ha sugerido que el conocimiento de este tema arquetípico probablemente le llegara de sus lecturas francesas, como por ejemplo del libro La Normandie, romanesque et merveilleuse: traditions, légendes, et superstitions populaires de cette province, escrito por Améli Bosquet en 1845, en cuyo tercer capítulo se centra en este tema. Del mismo modo, también se plantea la posible influencia recibida de Paul Sébillot, quien incorporara a la hueste fantasmal de ánimas de la Alta Bretaña a los templarios o “monjes rojos”. Incluso hay quienes comentan que el propio Bécquer pudiese haberse inspirado en una vieja superstición que se contaba en Aurillac (Francia), muy similar a su relato, a la que el poeta sevillano hubiese tenido acceso.

 No obstante,  todos los elementos que aparecen en El Monte de las Ánimas forman parte de los mitos originales de estas leyendas europeas que con gran maestría iría combinando en su escrito. En cuanto a los aspectos comunes entre el relato bequeriano y los ejércitos fantasmales de la tradición europea tenemos, en primer lugar, la comunicación verbal que se establece con los vivos, aunque en la obra que transcurre en Soria sólo contemos con el susurro que escuchara Beatriz. En todas ellas se produce por la noche, a partir de las doce, la hora mágica en la que comienzan a desarrollarse los fenómenos sobrenaturales. Además, suceden en un día especial, mágico, que en nuestro caso coincide, y no creemos que sea casualidad, con la Noche de Difuntos o Samaín de la tradición céltica europea. Por último, siempre suelen ir este tipo de leyendas precedidas de una gran ventisca provocada por el ejército de aparecidos, a lo que se le sumaría el sonido del barullo de esta terrorífica hueste acompañada de perros infernales.   


Por nuestra parte, pensamos que el poeta pudiera haber recogido todos los elementos que hemos visto en las obras citadas durante su estancia en tierras sorianas. De hecho, resulta altamente revelador que cerca de aquí, en la Sierra del Madero, donde están las ruinas de San Andrés (Valdegeña, Soria), exista una leyenda oral similar en la que esqueletos fantasmagóricos de templarios vagan por el entorno en la Noche de Difuntos portando espadas y espantando a cazadores.

Llegados aquí, como el propio Bécquer indicara, la inspiración de ésta y de las otras historias que hemos visto, podría venir de aquellos relatos que escuchaba contar de forma oral a su paso, de las viejas del lugar, reivindicando la importancia que tiene esta rica fuente de información inmaterial que conecta directamente con la mentalidad y el modo de ver el mundo de nuestros antepasados in illo tempore.
Así, su obra pudiera servir para reconstruir algunas de las creencias célticas que quedaron insertas en nuestra tradición oral, donde, como hemos visto, aparecen divinidades y seres animados de la mitología y del imaginario celta, la propia luna, el paso al Más Allá a través del agua, el espíritu del bosque encarnado en una corza blanca, el Cazador Perdido, la Caza Fantástica…

Es tiempo de recuperar esa magia que lo impregnaba todo hasta hace bien poco, es tiempo de volver a ser lo que fuimos y de honrar a lo que seremos, que las leyendas de nuestras abuelas vuelvan a avivar el fuego eterno de nuestros hogares en estos días. Aticemos la hoguera…
¡FELIZ SAMAÍN!

¡FELIZ AÑO NUEVO!



Referencias bibliográficas:

ALMAGRO-GORBEA , M. (2008-09): “Pervivencia del imaginario mítico celta en las leyendas “sorianas” de Gustavo Adolfo Bécquer”. Studi Celtici 7, pp.207-233.

ALMAGRO-GORBEA , M. (2009): “La Etnología como fuente de estudio de la Hispania celta”. BSAA arqueología, LXXV, pp. 91-142. Valladolid.


BOIX JOVANÍ, A. (2017): "Una leyenda medieval para Soria: la Wilde Jagd en el Monte de las ánimas, de G.A. Bécquer". Revista de Folclore nº 424. Fundación Joaquín Díaz. 

CALLEJO CABO, J. (1995): Hadas. Guía de los seres mágicos de España. Editorial Edaf. Madrid.

CALLEJO CABO, J.(1996): Gnomos. Guía de los seres mágicos de España. Editorial Edaf. Madrid.

RUBÉN BENÍTEZ; (1971):  Bécquer tradicionalista. Madrid: Gredos.

SÉBILLOT, PAUL (1889): Légendes locales de la Haut-Bretagne. Nantes, pp. 257-264

ZAMORA LUCAS, F. (1998): Leyendas de Soria. (reedición) Ed. Patronato José María Cuadrado del C.S.I.C. Centro de Estudios sorianos. Soria.

31 de octubre de 2017

TROMPAS NUMANTINAS Y MÚSICA RITUAL EN EL OMBLIGO DE LA CELTIBERIA

La música tiene unos significados específicos que permiten entender comportamientos simbólicos y rituales difíciles de acceder en base a otros restos de cultura material.
Ya Estrabón, en su tercer libro de la Geografía (III. 3, 7) comenta brevemente sobre algunas de las costumbres de los pueblos del norte peninsular, quienes (…) mientras beben, danzan los hombres al son de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión.
En este sentido las trompas de cerámica celtibéricas y en particular las excavadas en la ciudad arévaca de Numancia, las cuales alcanzan en número cerca de los 50 ejemplares, pueden ofrecernos algo de luz al respecto. No obstante, también se han documentado en otros yacimientos sorianos como Tiermes, Izana, Calatañazor, Langa de Duero y Villar del Río, además de los dos ejemplares procedentes de la localidad riojana de Herramélluri, otro en la turolense Alloza y el de hallado en las proximidades del "santuario de Lug" de Peñalba de Villastar (Teruel).

Inicialmente, las trompas cerámicas exhumadas en Numancia fueron identificadas como posibles bocinas o cuernos para la caza. (Blas Taracena; 1924). Sería J. M. Pastor Eixarch (1987) quien abogaría por su uso específico para la guerra, señalando asimismo que los numantinos las utilizarían para congregar a los guerreros y moverlos ordenadamente en el campo de batalla, para dar instrucciones acústicas en el combate, quizás a imitación del cornu del ejército romano. Para ello, se serviría de la referencia que hace Apiano (Iber., 78) a la emboscada que en el año 140 a.C. tendieron los numantinos a las tropas de Quinto Pompeyo, donde para acentuar la sorpresa, eludieron el uso de las trompetas.

"Pompeyo retornó otra vez a Numancia e intentó desviar el curso de un río hacia la llanura con objeto de reducir la ciudad por hambre. Pero los numantinos lo atacaron mientras estaba dedicado a esta tarea, y sin ninguna señal de trompeta, saliendo a la carrera todos juntos, asaltaron a los que trabajaban en el río. También asaetearon a los que venían en su auxilio desde el campamento y los encerraron dentro del mismo. Atacando a otros que buscaban forraje, mataron a muchos y entre ellos a Opio, tribuno militar”.

No obstante, los primeros intentos de reconstrucción de estas trompas por parte de Pastor Eixarch no fueron funcionales y tampoco estuvieron acompañados de pruebas acústicas y musicales. Así, en general, puede decirse que ninguna réplica llegaría a alcanzar las características organológicas necesarias, ya que se fueron confeccionadas a molde, con arcillas industriales y cocidas a altas temperaturas.
Recientemente (2011) se llevó a cabo una aproximación experimental donde se tendría en cuenta su proceso productivo, desde la preparación de la arcilla, sin desgrasantes añadidos y muy bien decantadas, hasta la puesta en funcionamiento de los aerófonos. Para ello se basaron en los restos organológicos que se encuentran en el Museo Numantino de Soria y en el Museo de la Rioja, en los análisis arqueométricos de la producción cerámica numantina realizados, además del trabajo y el saber de alfareros tradicionales (Jiménez Pasalodos, R; García Benito, C. y Padilla Fernández, J.J.; 2013).
El resultado de dicha experimentación determinaría que la gran calidad técnica de estas piezas y la modernidad de su funcionamiento acústico parecen indicar que estos instrumentos tuvieron un uso musical complejo ligado a funciones simbólicas, guerreras y propiciatorias.
Observando este proceso con mayor detenimiento, lo primero que se dedujo es que son realmente trompetas naturales, instrumentos en los cuales la columna de aire pasa a través de los labios vibrantes del intérprete, que comunica el aire de forma intermitente por la embocadura, con la que los labios funcionan a modo de lengüeta, amplificándose a su salida gracias al pabellón.
Así, fueron reproducidas en sus tres tamaños principales, que se pueden clasificar en pequeñas (en torno a 12-15 cm. de diámetro), medianas (de unos 20 cm. de diámetro) y grandes (de 25-30 cm. de diámetro). Además, se realizaron tres tipos de pabellones a torno en forma de campana: simple, decorado y con estrechamiento en la boca. Las boquillas o embocaduras también fueron fabricadas a torno, siguiendo tres tipologías diferentes (recta, cónica o en forma de copa), las cuales permitirían conocer las posibilidades musicales del instrumento y su evolución técnica. Por último, el tubo cónico ultracircular, que resultó ser la parte más compleja de reproducir, ya que en principio no podía ser realizado a torno, concluyéndose que fueron probablemente construidos a partir de placas rectangulares ensambladas que posteriormente se empalmarían con el pabellón y la embocadura.
Para su cocción se construiría un horno siguiendo los modelos de la Segunda Edad del Hierro, el cual alcanzaría temperaturas entre los 750 y 900º C, tal y como indican los análisis arqueométricos realizados en el yacimiento.
Ilustración de JR Almeida
De todo lo descrito se pudo observar que para su fabricación en época celtibérica se requería de la formación de artesanos especializados dotados de una gran experiencia trasmitida de padres a hijos.
Una vez terminadas, se procedió a su análisis acústico, para lo que contaron con la experiencia de trompistas profesionales. De tal manera, en cuanto a la altura de los sonidos producidos, los instrumentos más pequeños originaron notas más agudas, mientras que los más grandes ocasionaron los sonidos más graves. Respecto al timbre, los sonidos formaron frecuencias distintas y complejas, aunque el hecho de que estén confeccionados en cerámica les proporciona en términos generales un timbre dulce.
Conclusiones de la aproximación experimental de las trompas
Llegados a este punto de la investigación, una vez vista la fragilidad de los objetos durante su fabricación, su alta complejidad técnica, así como el número de horas que requiere su confección, resultaría bastante probable pensar que estas piezas hubiesen alcanzado una gran importancia socio-cultural, además de la necesidad de haber contado con músicos especialistas que fuesen entrenados, probablemente durante años, para poder aprovechar todas sus posibilidades sonoras. Tales resultados llevarían a sus autores a pensar que no estamos ante meras bocinas de amplificación, o instrumentos dedicados exclusivamente a la señalización en la caza o hacer ruido en la guerra, ya que para tal fin hubiesen valido cuernos de animales carentes de boquilla mucho más fáciles de confeccionar y de tocar.
Réplicas llevadas a cabo por investigadores del Área de Música de la UVa dentro del proyecto EMAP
Resultaría muy probable que la música tuviese una gran significación para los pueblos de la Celtiberia, ya que existe una estrecha relación entre sonido, rito y sacralidad, además de que pudiera haber quedado reservada a unas élites que las emplearían en sus rituales. De hecho, la propia decoración de estos instrumentos hallados en Numancia, con pabellones zoomorfos que nos remiten a la figura del lobo, o en los acampanados con pinturas de caballos, lobos, además de círculos concéntricos y otros motivos esquemáticos, denotan una clara connotación mágico-simbólica que vendría a sumarse a la de otras piezas documentadas en este mismo yacimiento con mayor profusión que en otros lugares. 
Cabeza de lobo de trompa numantina (Foto José Carlos Martínez)
Trompas de uso mágico-ritual
En relación a todo lo visto, se podría plantear a modo de hipótesis que las trompas numantinas fuesen empleadas para producir música ritual, quizás en aquellas noches de plenilunio que cita Estrabón  (III, 4, 16) en relación a los celtíberos y sus vecinos del norte, quienes nos comenta, rendirían culto a un dios sin nombre danzando toda la noche a las puertas de sus casas.
De igual modo, podrían haber estado presentes a la hora de sellar aquellos pactos de hospitalidad o acuerdos de libre circulación de personas, objetos o bienes de intercambio comercial, e incuso en los compromisos de defensa mutua sellados entre dos comunidades y refrendadas mediante sanción religiosa. A partir del registro arqueológico del entorno tenemos constancia de lo que parecen ser algunos de estos compromisos en relación a la utilización de téseras, como las de Uxama, Ciadueña, Peña Redonda, la llamada tésera de Arekorata o la zoomorfa hallada en Muro. Si bien, también conocemos a partir de las fuentes clásicas algunas de las alianzas intertribales que sellaron los numantinos con belos, titos y lusones, con ciudades cercanas como Uxama, Lutia y Lagni, en el ámbito vacceo (Apiano, Iber., 87) o con los lusitanos acaudillados por Viriato (Apiano, Iber., 66).
Tésera de hospitalidad de Ciadueña
En este sentido, contamos además con algunas pistas acerca de la celebración de banquetes ligados tal vez a estas prácticas de alianza, donde quién sabe si la música estaría presente. Especialmente significativo resulta el relato de Plutarco (Tib. Gr. VI) referido a las guerras numantinas, quien comenta que en el 137 a.C., bajo el gobierno del cónsul Cayo Mancino, tras el fracaso del cerco impuesto a la ciudad arévaca y ante el hostigamiento de los celtíberos, se vería obligado a retirarse sobre su campamento, sufriendo finalmente una derrota estrepitosa que llevaría a los propios romanos a capitular y pactar unas condiciones de paz que evitasen su destrucción total. Ahora bien, este documento recoge que los numantinos se llevarían del campamento romano entre sus despojos unas tablas pertenecientes a Tiberio que contenían las cuentas de su cuestura. Es así que el cónsul volvería a la ciudad para rogar que le entregaran dichas tablas, alegrándose los numantinos con la feliz casualidad de poder servirle, rogándole que entrase en la población como amigos, donde le convidaron a comer, interponiendo toda especie de ruegos para que comiera alguna cosa sentado con ellos (en lo que parece ser un auténtico banquete que se había interrumpido con la llegada del cónsul a la ciudad). 
Asimismo, en la propia ciudad arévaca se pueden tantear ciertas evidencias acerca de costumbres rituales, quién sabe si en algunos casos llevadas a cabo en el interior de una estancia concreta destinada a un fin particular, como la documentada junto a la muralla por González Simancas en 1922, que albergaba una vasija pintada con cenizas y restos óseos cremados en su interior, y un monumento de caliza de sección trapezoidal y grandes dimensiones con un enigmático signo “T” grabado en el testero, bajo el que supuestamente existían huesos quemados.
Los seres fantásticos de las cerámicas numantinas (Museo Numantino)
La aparición de figurillas de barro y de vasos zoomorfos que probablemente tuviesen cierta significación simbólica a modo de exvotos o distintivos de prestigio, también nos servirían para completar la singularidad de este yacimiento en el que debieron de realizarse muy distintos rituales y compromisos amparados bajo la protección de una divinidad tutelar.
Especial significación tendrán las características cerámicas pintadas, cuyo contenido decorativo y variedad iconográfica, además de sus diversas y variantes formas, entre las que predominan las jarras, seguidas de copas y cuencos, nos permiten aproximarnos a un uso, así como a un contenido simbólico relacionado con el almacenamiento y protección de alimentos sólidos y bebidas como la cerveza o el vino, además de la propiciación de la abundancia y riqueza de sus poseedores. 
En esta línea, Lorrio (2005) apuntaría la posibilidad de que el empleo de las trompas entre los numantinos tuviera lugar con ocasión de la celebración de combates singulares como los documentados en el yacimiento a través del emblemático “Vaso de los Guerreros”, de igual manera que puede observarse en el kalathos de El Castelillo de Alloza donde vemos un individuo tocando una trompa recta. Al respecto tanto Apiano (Iber ., 52-54) como Valerio Máximo (III, 2, 21) aluden a danzas bélicas en panoramas de lucha individual durante las guerras celtibéricas.

Del mismo modo, destacamos un vaso con decoración pintada en el que puede apreciarse a dos individuos masculinos (posiblemente existiese un tercero), que bailan con sus brazos enfundados en lo que viene interpretándose como astas de toro, razón por la cual se ha supuesto que se represente una danza ritual relacionada con el culto a dicho animal.

Añadir la representación de un supuesto guerrero con casco de tres penachos terminados en ramificaciones y con puñal cruzado en la cintura hallado en un fragmento de vaso pintado de Numancia en el que el personaje pudiera estar danzando o saltando, más que con las piernas en posición búdica como hace unos años interpretaran algunos autores como Alfredo Jimeno Martínez al ver en él una posible imagen del dios Cernunnos (Blanco García, J.F.; 2011-12).
Tampoco podemos olvidarnos de la posibilidad de que las hazañas de los antepasados fusen recitadas y cantadas  por las madres a sus hijos en el momento de partir hacia la guerra o el saqueo, referencia que conservamos en el contexto de las guerras sertorianas en un fragmento de las Historiae de Salustio (Hist., II, 92), referido a un pueblo meseteño que algunos autores identifican con los celtíberos (Sopeña, 1995).
Ilustración de Niels Bach
Además, igualmente resultaría sugestivo pensar que las trompas fuesen tocadas en aquellos rituales destinados a honrar a los antepasados en los funerales, a tenor de que hay constancia en las tumbas de ajuares metálicos donde parece intuirse la práctica de banquetes vinculados a un estatus social elevado. Nos encontramos con asadores de bronce o hierro, parrillas (La Revilla de Calatañazor y Monteagudo de las Vicarías), trébedes, varillas de hierro de sección rectangular (La Mercadera, Soria), algunos calderos de bronce como los dos de la necrópolis de Carratiermes, recipientes broncíneos probablemente importados, como los vasos hallados en Quintanas de Gormaz, Monteagudo de las Vicarías, La Mercadera, o los simpula (pequeños cazos o cucharones enmangados) para realizar libaciones en los sacrificios de Carratiermes y Numancia, todos ellos testimonios de la celebración de exequias entre las élites guerreras (Lorrio Alvarado; 2005). Para momentos más tardíos vemos representado en una estela funeraria de Lara de los Infantes (Burgos) a dos hombres tocando trompas celtibéricas a un combatiente muerto a punto de ser devorado por un buitre que elevaría su alma al Más Allá, ritual que como vemos contaba con la trascendente música que fluiría a través de similares instrumentos a los que aquí centran nuestra atención.
Izq:Trompa numantina. Dcha: Dibujo de trompistas de la estela de Lara de los Infantes  
Así pues, tal y como hemos ido apuntando, resultaría probable que este tipo de instrumentos estuviesen vinculados a las élites aristocráticas que dirigirían al grupo ejerciendo su autoridad y redistribuyendo la riqueza. Éstas quedarían organizadas a través de la creación de un entramado de clientelas y pactos en el que se apoyarían para ejercer el liderazgo, fortaleciendo sus lazos de unión a través de instituciones guerreras como la devotio, el "sacrificio supremo"donde el jefe militar quedaba protegido por la cofradía de guerreros que lo acompañan, llegando al extremo de consagrar sus vidas por él si éste moría.
Por consiguiente, todo esto nos remite necesariamente al mundo ceremonial de las cofradías guerreras del ámbito céltico, donde en virtud del ritual mágico, los jóvenes iniciados se convierten así en guerreros que practican una suerte de éxtasis o furor desencadenado, al que se asociará la idea de asumir o incorporar al “alma” facultades propias de animales salvajes como el oso o el lobo a partir de la ingesta ingestión de determinadas plantas o bebidas que producirían estados alterados de conciencia (Rodríguez García, G; 2013). Dentro de estos rituales resultaría probable que estuviesen acompañados de danzas o músicas que mediante un ritmo repetitivo ayudaría a alcanzar cierto grado de sugestión y trance que despertará la fuerza mágica del “furor”. De hecho, esto podría explicar algunas de las decoraciones de las trompas numantinas, como en aquella que el sonido saldría directamente de la cabeza de un lobo a modo de aullido. Reforzando esta idea, resulta enormemente sugerente la cita de Silio Itálico sobre los jinetes celtibéricos de Uxama, que añaden a sus cascos decoraciones de fieras con fauces abiertas para impresionar (Silio Itálico. Pun., III. 388,389), así como el comentario sobre los numantinos que embriagados de caelia, en los últimos días de la ciudad, salieron a pelear enardecidos, habiendo comido previamente carne semicruda (Floro, I, 34, 11), lo que parece claramente un ritual de preparación que podría verse acompañado de la sonoridad de las trompas.

Apuntar que para el ámbito céltico europeo, tenemos la representación de sonadores de carnyx en un ritual guerrero del caldero de Gunderstrup (Dinamarca), a lo que podríamos sumar los cinco ejemplares muy fragmentados recuperados en 2004 en el santuario galo de Tintignac (Corrèze, Francia), cuatro de los cuales presentan forma de cabeza de jabalí y de serpiente la del quinto,  instrumentos de bronce que quizás hubiesen jugado un papel ritual similar al de nuestras trompas cerámicas celtibéricas.
Detalle del caldero de Gunderstrup (Dinamarca)

Hallazgo de carnyx en el santuario galo de Tintignac (Corrèze, Francia)
Finalmente, no podemos obviar algunas de las danzas mágicas que aún perduran en este entorno quizás como continuación de las que se llevaron a cabo en épocas muy remotas. El caso más significativo sería el de San Leonardo de Yagüe, donde se ejecutan con unos palos que se golpean entre sí a modo de espadas, acompañadas a su vez de unas coberteras o tapaderas que hacen las veces de escudos o caetras. Eran bailadas tradicionalmente al aire libre (hoy, en el interior de la iglesia) por cuatro parejas de hombres al son de un coro de mujeres en los primeros días de febrero, junto a la compañía de un grotesco “zarragón” o “bobo” que moría simbólicamente en el último de los palos. A pesar de haber perdido parte de su simbolismo original y quedar muy vinculada a los ritos propiciatorios de la fertilidad propios del calendario agrario, no podemos dejar de relacionarla con el mundo guerrero celtibérico. Al respecto, apuntar la cita de Silio Itálico (Pun., I. 225) al afirmar que los celtíberos luchaban entre sí cuando no había un enemigo exterior, práctica relacionada con la obtención de prestigio social y el valor ritual del ejercicio de las armas
Numancia: algo más que una ciudad
El hallazgo de un elevado número de objetos que pudieran tener una funcionalidad ritual en el yacimiento de Numancia, a la que sumaríamos las trompas que aquí hemos comentado, parece alimentar la idea sobre la importancia y el papel central que debió jugar la ciudad respecto a toda la Celtiberia.
En otra ocasión (ver Entre Pinos y Robles,pelendones en la serranía norte de Soria) y citando a Antonio Ruíz Vega (2002), vimos cómo las fuentes clásicas se contradecían respecto a su adscripción étnica (arévacos y pelendones), cabiendo la posibilidad de que este lugar dispondría de un territorio común y neutral donde se impartiría justicia. Este espacio sería similar al drynemeton de los gálatas o al bosque de los Carnutes, consagrado a los dioses y considerado el centro de la Galia, lugar donde César nos relata que allí se reunían los druidas y donde no se podía entrar armado.
La idea partiría de las incongruencias de Estrabón a la hora de fijar las partes en que estaba dividida la Celtiberia, así como de Posidonio, quien habla de cuatro o cinco comarcas o regiones, cuestión que además parece tener su similitud con el caso irlandés (provincias de Conacht, Ulster, Leinster y Munster y una quinta central, Midhe, cuya capital fue la mítica Tara).
Antonio Ruíz propone que para la Celtiberia podría coexistir también una quinta provincia o lugar central que necesariamente estaría cerca de un bosque sagrado. Si bien, sabemos por un celtíbero-romano como Marcial de la existencia de los bosques sagrados de Vadavero y Burado (actuales sierra del Madero y Beratón) en las cercanías de Numancia. Por lo tanto, el hecho de que casi todas las crónicas hablen de “numantinos” y no de arévacos ni de pelendones, unido al emplazamiento del cerro de la Muela de Garray en la intersección de dos comarcas, la norteña y montaraz donde desde antiguo se gesta la Cultura Castreña Soriana, y la sur, de orografía más suave y mayor vocación agrícola, vendría a reforzar el carácter sacro de Numancia, quien sabe si a modo de nemeton.
A todo esto se apunta que solo de esta forma puede entenderse el hecho de que los numantinos decidieran empecinadamente defender Numancia desde dentro de sus modestas murallas, dejando de lado la guerra de guerrillas o de movimientos propia de los celtíberos que les hacía fuertes.
Fuera como fuera, no caben dudas sobre los usos rituales que debieron celebrarse en este emblemático yacimiento, tuviesen o no acompañamiento musical, aunque el estudio de sus trompas parece allanar algo más este infatigable camino de búsqueda sin final. 
El final de Numancia, ilustración de Albert Álvarez Marsal.
Valga este escrito para honrar aquella música atávica que difícilmente podremos recuperar, invitándoles a imaginar su sonoridad a partir de la mirada y el empeño que en la actualidad nos brindan bandas de lo que podría considerarse como el "nuevo folk europeo", con trabajos como los de Àrnica, Keltika Hispanna, The Wyrm y un largo y creciente etcétera, a los que deseo que sigan honrándonos con sus rituales en directo por muchos años.

¡Aún rota la trompa sonará, entre humo y llama!
Àrnica en Raíz Ibérica 2016 (Fotografía de Javier L. Navarrete)
  • Bibliografía
Alfayé Villa, S.: (2007): “Santuarios y rituales de la Hispania céltica”. Revista de Soria nº 58. Diputación Provincial de Soria.
Alonso, P. y Benito, J. E.: (1991-92): “Figuras zoomorfas de barro de la Edad del Hierro en la Meseta norte”, Zephyrus,XLIV-XLV, 524-536. Salamanca.
Blanco García, J.F. (2011-2012): “Triplismo en la Hispania céltica”, en BSAA arqueología,LXXVII-LXXVIII, ,pp.171-202.
García Benito, C. y Jiménez Pasalodos, R.; (2011): “La música enterrada: Historiografía y Metodología de la Arqueología Musical”, en Cuadernos de Etnomusicología nº 1. Sociedad de Etnomusicología para la divulgación de la actividad investigadora y de noticias.
Sopeña Genzor, G.; (1995): Ética y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos. Zaragoza: Institución “Fernando el Católico” (Diputación) y Departamento de Ciencias de la Antigüedad (Universidad).
Jiménez Pasalodos, R; García Benito, C. y Padilla Fernández, J.J. (2013): “Las Trompas numantinas: aproximación a su estudio acústico en una cocción experimental con la reproducción de un horno de la Segunda Edad del Hierro", en A. Palomo, R. Piqué y X. Terradas (ed.) Experimentación en arqueología. Estudio y difusión del pasado, Sèrie Monogràfica del MAC-Girona 25.2, Girona.
Lorrio Alvarado, A.; (2005): Los celtíberos. Madrid: Real Academia de la Historia y Universidad Complutense. Bibliotheca Archaeologica Hispana, 25, y Complutum Extra, 7. 2ª. ed. ampliada y actualizada.
Pastor Eixarch, J. M. (1987): “Las trompas de guerra celtibéricas”. Celtiberia, 73, pp. 7-19.
Ramírez Sánchez, M.; (2005): “Clientela, hospitium y devotio”, en A. Jimeno (coord): Celtíberos. Tras la estela de Numancia. Soria: 279-284.
Romero Carnicero et al. (2013): “Los sonajeros vacceos”, en BSAA arqueología, LXXIX, pp. 81-129. Universidad de Valladolid.
Rodríguez García, G.; (2013): "La figura del lobo y la tradición guerrera de la Hispania céltica”, en Revista Ángulo Muerto nº 1.
Ruíz Vega, A.; (2002): Los hijos de Túbal: Mitología hispánica, Dioses y héroes de la España Antigua. La Esfera de los Libros.
Taracena Aguirre, B.; (1924): La cerámica ibérica de Numancia. Madrid. Biblioteca de "Coleccionismo".

  • Referencias musicales (links)
Àrnica: web oficial
The Wyrmweb oficial
GH Records: web del sello discográfico

Keltika Hispannaweb oficia

LAMIAS Y BRUJAS SORIANAS

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...

Las leyendas referidas a lamias o lumias, otro tipo de hada que se da más en la región vasco-navarra, también afloran en nuestro ámbito de estudio. Aparecen descritas como seres sobrenaturales de una hermosura desmesurada que sin embargo no pueden mostrar por completo ya que presentan alguna característica animal, ya sean patas de oca, gallina o cabra. 
En la localidad de Lumias (Soria), su topónimo nos remite a estos seres mágicos del que hablan los ancianos del lugar en torno a la Hoz del río Talegones. Allí, cuentan que un pastor se enamora de una hermosa dama que peinaba sus cabellos con un peine de oro junto a una fuente en la entrada de su cueva. Tras proponerla en matrimonio de forma reiterada cada vez que pasaba por el lugar, ésta, ya cansada de su insistencia acepta con la condición de que averiguara su edad. El acertijo será resuelto gracias a la ayuda de una bruja de la cercana localidad de Barahona y a la lamia no le queda más remedio que aceptar a cambio, nuevamente, de otra condición: que nunca le mirara los pies. La promesa no se cumple (eran patas de oca) y la mujer se esfuma fulminantemente, quedando el pastor abatido hasta morir de melancolía poco después junto a aquella fuente (Alkaest; 2008).
Lo descrito en esta leyenda no es nuevo dentro del folclore popular europeo, aunque en este caso no se la presenta como un ser maléfico de extremada crueldad, si bien, indirectamente, se la relaciona con la bruja que aparece en el relato.
Sobre la existencia de brujas en la localidad soriana de Barahona, Gumersindo García Berlanga (2006) nos sumerge en su estudio, donde la Historia y lo legendario se funden. Quedan documentados los procesos inquisitoriales acaecidos durante la primera mitad del siglo XVI en el tribunal de Cuenca, al que pertenecía la localidad por ser parroquia de esta diócesis. En ellos son juzgadas por brujería varias mujeres procedentes de pueblos de la provincia de Guadalajara y aledaños, acusadas de celebrar fiestas diabólicas, juntas y aquelarres en esta pequeña localidad soriana donde existe el llamado campo de brujas, un confesionario de piedra con un agujero en medio y una cruz grabada, así como un pozo airón*.
(En el artículo sobre La Fuentona, ya mencionamos la posible relación de este topónimo con el del dios céltico del inframundo y las aguas Aironis, quizás como perduración del teónimo que se constata en el pozo del castillo de San Esteban de Gormaz (Airo), en las cercanías de Aldea del Pinar (Burgos) o en la lápida de Uclés (Cuenca) por citar algunos ejemplos.)
Supuesto altar en el "campo de las brujas" de Barahona
Llegados aquí hay que distinguir lo que era la hechicería que se practicaba desde tiempo inmemorial, personas sabias que utilizaban sus conocimientos de botánica para realizar magia encomendándose a ciertos númenes, y el significado que adquirieron las brujas desde la Edad Media y sobre todo a partir de los siglos XVI y XVII, cuando su persecución fue mayor en relación al rechazo del cristianismo hacía todo tipo de actos de adivinación, adoración del fuego, piedras y fuentes. 
Son conocidas las referencias de autores clásicos respecto a ritos de adivinación entre los galaicos (Silio Itálico; III, 344) o entre las tropas de Escipión en el asedio de Numancia. Además, su relación con el mundo celtibérico puede rastrearse en el entorno cercano, concretamente en el Barranco del Rus, donde apareció un grabado rupestre celtibérico en un abrigo donde se representa un combate singular conocido únicamente por un calco de Juan Cabré (Alfayé; 2007). 

Grabado rupestre del "Barranco del Rus" entre Torrevicente y Lumias
Muchos de los aquelarres que se describen, posiblemente no serían más que reuniones de curanderos o saludadores para compartir sus conocimientos (tal y como hacían los druidas de la Europa céltica), donde charlaban alrededor de una comida, el caldero gastronómico, que en ningún caso incluiría niños, otra cosa es que la alta tasa de mortalidad de entonces les llevara a buscar culpables. 
En cuanto a sus calderos mágicos, a partir del conocimiento de las propiedades curativas de la naturaleza podemos distinguir varias finalidades, que van desde los destinados a hechizar (para bien o para mal), incluyendo los filtros amorosos, los meramente curativos y los ungüentos que provocan la sensación de volar al aquelarre o transformarse en animal.
Así, contamos con algunas leyendas cercanas como la de "El Puchero de la Verdad" (Zamora Lucas, F.), donde se narra que el alcalde de Almazán ofreció un puchero con miel a los habitantes de Maján, a quienes les consideraba certeros en su interpretación de un real privilegio de pastos, poniendo fin de esta manera a un pleito entre éstos y un pueblo vecino.
Por otro lado, en relación a algunos ejemplos de las plantas que utilizaban las mujeres sabias del mundo de la tradición serían la hierba de San Juan (antidepresivo), panaceas como el romero, la salvia y la valeriana y otras muchas como la acederilla, ajenjo mayor, brezo rojo, cambronera, cardo corredor, cola de caballo, diente de león, endrino, espliego, gayuba, hierba luisa, hinojo, malva, manzanilla, menta, ortiga, poleo, tomillo, etc., todas ellas muy conocidas en la tierra de Soria, que por otra parte ha sido puntera en el desarrollo de productos de herbolario. Entre las que ofrecen estados alterados de conciencia, contarían con plantas solanáceas que contienen alcaloides muy potentes, como la belladona y el estramonio (atropina), la datura o hierba del diablo, la mandrágora (usada para el amor), el acónito o el beleño negro. Este último fue llamado beluntia entre los pueblos celtas, derivado del dios Belenos, dios de la luz, el sol y el fuego. No olvidemos tampoco las diferentes especies de amanita muscaria, así como otras sustancias alucinógenas de origen animal como las extraídas de los sapos (bufotenina), descrito en el Auto de Logroño de 1610 donde fueron juzgadas las brujas de Zugarramurdi, quienes confiesan golpear sapos para extraerla.
Concluyendo, el tema de la brujería, entendido en su sentido primigenio, es abundante en toda la provincia apareciendo referencias también en la Sierra del Madero, así como en su toponimia: El Burgo de Osma (“Conjuros”), Recuerda (“Valdelabruja”), San Esteban de Gormaz (“cami­no del Carril de las Brujas”), Valdenebro (“Purgatorio”), Alcubilla de Avellaneda (“la Cruz del Diablo”), Agreda (“peña del Diablo”) y Blacos (“piedra del Diablo), (Sanz Elorza; 2015).

Que su magia nos acompañe y nos inspire...

Fuentes:
ALFAYÉ VILLA, S.: (2007): “Santuarios y rituales de la Hispania céltica”. Revista de Soria nº 58. Diputación Provincial de Soria.
ALKAEST (2008): “Lumias románicas, con patas de oca…”; en http://laberintoromanico.blogspot.com.
CALLEJO CABO, J; (1995): Hadas. Guía de los seres mágicos de España. Editorial Edaf. Madrid.

GARCÍA BERLANGA, G. (2006): De Barahona y sus brujas. Gráficas Ochoa. Soria.
SANZ ELORZA (2015): “Hagiotoponimia soriana. La impronta de lo sagrado en el paisaje. Revista de folclore nº 399. Fundación Joaquín Díaz.
ZAMORA LUCAS, F. (1998): Leyendas de Soria. (reedición) Ed. Patronato José María Cuadrado del C.S.I.C. Centro de Estudios sorianos. Soria.