Y LOS LLAMARON PELENDONES

Buscando el norte (Rello, Soria) 1997, Juan Fernández Castaño 
1.   BEBIENDO DE LAS FUENTES CLÁSICAS
A la hora de mirar hacia atrás y tratar de recuperar la memoria de lo que un día fue el pueblo pelendón, es inevitable retrotraernos más de 2.500 años y ponernos bajo el prisma de quienes les dotaron de aquel nombre que quedó impreso en papel (u otro soporte) y que no ha podido ser borrado por el peso del tiempo, los derrumbes de piedra y la vegetación que se empeñó en camuflar su recuerdo.
Serían los griegos focenses en el siglo VI a.C. los primeros en hacer referencia  a los keltoi de occidente a través de la Ora Marítima (1, 185s., 485 s.), concepto amplio y ambiguo que ha llegado hasta nuestros días muy tergiversado y difuminado. Un siglo después el propio “padre de la Historia”, Heródoto, los definirá como el conjunto de pueblos bárbaros que habitaban el occidente europeo desde más allá de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) hasta el nacimiento del Danubio (que él ubicaba en los Pirineos).

Si bien, no será hasta finales del siglo III a.C., en el contexto de la Segunda Guerra Púnica entre Roma y Cartago (218-201 a.C.), cuando los autores clásicos empiecen a conocer mejor a los celtas que habitaban Iberia, a quienes comienzan a denominar celtiberos, aludiendo de esta manera al conjunto de población mixta de celtas e iberos (Posidonio, en Diod. 5,33).
Ya en el siglo II a.C. y en paralelo a la penetración y conquista romana del interior peninsular, hace aparición el término Celtiberia en un sentido territorial muy amplio y poco preciso, tal y como vemos en Polibio (3, 17), quien al referirse a Sagunto comenta que la ciudad está situada a la falda de una cordillera que, extendiéndose hasta el mar, une los extremos de Iberia y de Celtiberia. Así, como vamos viendo, los términos celtíbero y Celtiberia fueron creados desde una óptica exterior para referirse a los pueblos hostiles que se topó Roma en un contexto histórico muy avanzado de la Edad del Hierro y que acabarían aludiendo a varios grupos étnicos con una fuerte personalidad propia agrupados a su vez en varias ciudades.
Llegados a época imperial, cuando la belicosidad del pueblo celtibérico no sea más que un mero recuerdo legendario del pasado, hacen acto de presencia los datos más significativos y relevantes para reconstruir su historia, eso sí, a partir de noticias muy breves, dispersas y hasta confusas y contradictorias que nos hablan de  las diferentes etnias, ciudades y territorios ocupados por los celtíberos. Autores como Estrabón y Plinio  (siglo I), y Ptolomeo y Apiano (siglo II) harán mención a pueblos como los arévacos, belos, titos, lusones y pelendones, restringiendo el territorio de la Celtiberia a una región geográfica cuyos márgenes estarían en las altas tierras de la Meseta Oriental y la margen derecha del valle del Ebro, quedando fuera otros pueblos como los vacceos, olcades o carpetanos.
Es este el momento de aumentar el zoom y centramos en una de estas entidades de menor categoría que formarían parte de los celtíberos, los pelendones, cuyas noticias y testimonios escasos recogemos  a continuación por orden cronológico. 
  • En primer lugar Estrabón en su controvertido Libro III de su Geografía, define la Celtiberia como una región dividida en cuatro partes, de las que solo cita a arévacos y lusones (III,4,13 ), incluyendo a vacceos, berones y pelendones dentro de una quinta parte de los celtiberos (III,4,19). Al respecto, el arqueólogo alemán A. Schulten propuso que el autor grecorromano adscribe a belos, titos y pelendones entre los celtíberos tomando referencias de otros autores clásicos. Sin embargo, otros investigadores no aceptarán a los pelendones, que quedarán sustituidos por vacceos, berones o por el nombre de los “celtíberos propiamente dichos”.
  • ·Aunque no sean nombrados como tales, Tito Livio (I a.C.-I d.C) al referirse a la campaña de Sertorio del año 76 a.C., cita, junto a los arévacos, a unos cerindones de los que no se tiene ninguna otra referencia como pueblo en las demás fuentes, por lo que la investigación acepta que pueda ser una variante del nombre de los pelendones. Aunque se tratase de pueblos diferentes, lo cierto es que el inventario étnico recogido por autores como Plinio o Ptolomeo es prácticamente el mismo a excepción de este caso, además de que su situación geográfica es muy similar como más tarde veremos, y de que cerindones y pelendones no aparecen nunca citados a la vez, por no decir que es extraño que en un inventario tan minucioso como el que hace Livio hayan sido obviados los pelendones. (Gómez Fraile, JM.; 2001). Este mismo autor, al referirse en su Historia de Roma al año 180 a.C., matiza al hablar de una región ulterior de Celtiberia (40,39), lo que lleva al hispanista alemán A. Schulten a situar en el valle del Duero (arévacos y pelendones), a diferencia de los citeriores que habitarían los valles del Jiloca y Jalón (lusones, belos y titos). La aceptación generalizada de esta teoría que explicaría las diferencias encontradas entre el ámbito celtibérico del valle del Ebro y del Duero, sin embargo no está exenta de discrepancias a la hora de interpretar lo que realmente quiso trasmitirnos el autor clásico. Así, hay quienes a partir del acercamiento que realiza H. Arbois de Jubainville a otra cita de Tito Livio (40,47) defienden que esta “última Celtiberia” se situaría al sur del Guadalquivir (Capalvo) e incluso quienes lo vinculan al itinerario que siguieron las legiones romanas (P. Ciprés), sin obviar otras hipótesis que lo relacionan con la realidad de dos escenarios diferentes de operaciones militares situados en la Bética y Celtiberia (P. Moret).
  • Plinio “el Viejo” será la primera fuente escrita en dedicar dos párrafos a los pelendones. En su obra Naturalis Historia, otorga a sus descripciones un enfoque cartográfico que sirvió como punto de partida a la hora de ubicar geográficamente con coordenadas a estas poblaciones. Así, quedaría delimitada la Celtiberia entre Segobriga, citada como caput Celtiberiae, en su sentido de cabecera o inicio de territorio (N.H., III, 25) y la ciudad de Clunia como límite final (Celtiberiae finis, N.H., III, 27). Dentro de ese territorio, Plinio recoge antiguos testimonios sobre la adscripción étnica de arévacos y pelendones a los celtíberos. Respecto a los segundos, los sitúa en las fuentes del Duero: “El río Durio, de los más grandes de Hispania, que ha nacido entre los pelendones y ha pasado cerca de Numancia y luego corre entre los arévacos y los vacceos” (N.H.,IV,112), además de quedar adscritos al convento cluniense, Igualmente los pelendones con cuatro pueblos de los celtiberos, entre los que fueron famosos los numantinos,(…)” (N.H., III, 26). La vinculación de Numancia al pueblo pelendón ha sido una de las principales razones por las que se les atribuyó la zona geográfica del norte de Soria, además de provocar la controversia investigadora sobre la posibilidad de que Numancia hubiese sido pelendona (teorías invasionistas).
  • Ptolomeo por su parte, en su Guía de Geografía que engloba ocho libros llenos de referencias geográficas y relación de ciudades del mundo conocido en el siglo II d.C., cita en el tomo segundo a los celtíberos como una comunidad más, con la misma entidad de arévacos y pelendones. Además, señala que por debajo de los múbogos están los pelendones, entre los que asigna tres ciudades: Visontium, Savia y Augustóbriga, estableciendo Numancia en el territorio de los arévacos, aparte de situarlos al norte de éstos (Geographia, II,6,53). 
  • Por último, y aunque no haga mención expresa al pueblo objeto de nuestro estudio, nos encontramos con la obra de Apiano, quien en su extensa Historia de Roma, recogida en 24 libros, podemos encontrar descripciones de carácter etnográfico sobre Iberia, el relato de la Guerras Celtiberas y la conquista de Numancia. Cabe destacar que el autor separa a los celtas de allende los Pirineos, a los que los romanos identificaban como gálatas y galos, de los celtas e iberos que poblarían la Península, explicando el surgimiento de los celtíberos por la llegada de celtas al territorio de los iberos (Iber, 2). Además vincula a las ciudades del Alto Duero a los arévacos en el contexto de las Guerras Celtibéricas, sin citar para nada a los pelendones. También indica que arévacos y numantinos son gentes emparentadas pero distintas, lo que dio pie a que muchos investigadores interpretasen a los numantinos como pelendones.
En resumen, únicamente Plinio y Ptolomeo, y quizás Tito Livio, hacen una breve referencia directa a los pelendones, siendo éstas las únicas fichas rotas del puzle que la investigación ha tratado de reconstruir a base de sudor y paciencia, sin perder por ello la osadía de tal reto quimérico, como veremos seguidamente.

2. EL ORIGEN DE LOS PELENDONES EN LA HISTORIOGRAFÍA
A continuación intentaremos ofrecer unas breves pinceladas sobre la historia de la investigación de este grupo humano nominado por las fuentes clásicas, teniendo en cuenta los criterios que se siguieron, en primer lugar, para su delimitación geográfica, y en segundo lugar, para su adscripción a las culturas arqueológicas que fueron viendo la luz con el desarrollo de la arqueología, sin obviar la documentación aportada por otras disciplinas como la epigrafía y la lingüística que no siempre han estado a una. Para ello tendremos en cuenta las primeras referencias de la investigación sobre los pelendones, pasando a su inclusión dentro de teorías generales como las invasionistas, muy presentes a lo largo de gran parte del siglo XX, para incluirla después dentro de ópticas más recientes como la teoría de celticidad acumulativa que desarrolla en territorio peninsular Martín Almagro-Gorbea, finalizando con los últimos trabajos desarrollados tanto de forma concreta como general sobre estas gentes, sus hábitats y sus estructuras sociales, los cuales nos servirán para refrescar el estado actual de la cuestión.

2.1  SU VINCULACIÓN INICIAL CON EL TERRITORIO SORIANO
Las escuetas referencias que Plinio y Ptolomeo dedican a los pelendones, donde se cita la ciudad de Numancia como parte de éstos para el primer autor y Augustóbriga, Visontium y Savia como núcleos principales para el segundo, suponen la base de su reducción al norte de la provincia de Soria.

Así, la fijación de los pelendones a este territorio está muy unida a la identificación de Numancia con la Muela de Garray en Soria y a la constatación de la presencia de una ciudad romana en Muro (de Ágreda), testimoniada a partir de los miliarios romanos que hacen referencia a Augustóbriga.
Ya en el siglo XVI, contamos con los trabajos del erudito fray Jerónimo Zurita, quien investigando sobre la vía XXVII del Itinerario de Antonino, donde la Augustóbriga de Ptolomeo aparece mencionada como mansión en su Item ab Asturicam per Cantabria Caesaragusta entre las mansiones de Numantia (Garray, Soria) y Turiassone (Tarazona, Zaragoza), y especialmente el miliario colocado in situ  (CIL II 4892), donde se especifica la distancia de tres millas romanas desde ese punto de la calzada romana procedente de poniente hasta su siguiente hito o jalón principal, llegará a concluir que la ubicación de dicha ciudad citada en las fuentes coincide con la localidad de Muro, proponiendo la delimitación de los pelendones de el NE de Soria.
En este mismo siglo, Florián de Ocampo, muy dado a la creación de falsos cronicones, teorizaría sobre la idea de que los Pelendones formaran parte de los arévacos y finalmente fueran absorbidos históricamente por estos, reflexión que compartiría su coetáneo Ambrosio de Morales y tenida en cuenta durante más de 400 años. Del mismo modo y a partir de las premisas de Ptolomeo, situaría a los pelendones en la mitad superior de la cuenca del Arlanza.
Es ahora cuando se describen las ruinas de la Muela de Garray en Soria, por entonces copropietaria del solar de Numancia junto a Zamora, que de forma interesada y por cuestiones políticas fue candidata desde la Edad Media a albergar a tan legendarios y valientes héroes pasados.
Si bien, no será hasta La Ilustración, ya en el XVIII, cuando volvamos a toparnos con referencias generales acerca de los pelendones, para los cuales Loperráez se referiría en su Historia del Obispado de Osma, situándolos a partir de la lectura de las fuentes clásicas en la serranía de Soria. Este mismo autor, junto con el Padre Flórez (1751) y  fray Francisco Méndez (1766), quienes realizan el primer croquis topográfico de Numancia, sugeriría la posible vinculación de la citada Visontium con Vinuesa sin aportar prueba alguna más que su mera similitud fonética (1788), planteamiento parecido al que se dará a Savia y su hipotético emplazamiento en la actual capital soriana.
Mapa Obispado de Osma (Loperraez, 1774)
Así llegamos a mediados del siglo XIX para encontrarnos con los trabajos de Eduardo Saavedra, que además de constatar científicamente el actual emplazamiento soriano de Numancia a partir de sus trabajos arqueológicos (1861), verificación que volverá a ser debatida y nuevamente tendrá que zanjar en 1890, otorgará también a la localidad de Muro la ubicación de Augustóbriga a partir de las distancias fijadas entre mansiones y la información de las piedras miliarias halladas en las localidades cercanas de Matalebreras, Pozalmuro y Ágreda, a lo que se le sumaron importantes evidencias arqueológicas como la presencia de un recinto amurallado de 3.077 metros de perímetro formadas por sillares almohadillados asentados en seco de 3,5 metros de espesor. Dicho autor establecería un origen fundacional de época de Augusto, como campamento de apoyo a las Guerras Cántabras, dentro de la red viaria que uniría Tarazona con Astorga, o lo que es lo mismo, el valle del Ebro con el Duero, planteamiento asumido por buena parte de autores posteriores.
Miliario de Pozalmuro (Foto Isaac Moreno Gallo)
En el último tercio del siglo XIX contamos con alguna referencia poco significativa acerca de los pelendones en Rabal, N. (1889:XIII), si bien ya entrado el siglo XX, su origen y delimitación queda definitivamente ligada sin discusión al territorio serrano soriano a través de los trabajos arqueológicos de Blas Taracena, quien los asocia con la llamada Cultura de los Castros Sorianos.

2.2.  LAS HORDAS INDOEUROPEAS
La génesis de las tesis invasionistas tomará forma a partir del estudio lingüístico de H d`Arbois de Jubainville (1893, 94), que relaciona la expansión de los celtas ligures con la Península Ibérica.  Bebiendo de esta obra, A. Schulten relaciona a comienzos del siglo XX a los pelendones con un pueblo celta de Aquitania, la tribu de los Pelendos, cuyas raíces establecía en los Belendi que cita Plinio (IV, 108), delimitando su territorio en función de las ciudades identificadas por Ptolomeo (Savia, Augustóbriga y Visontium) que limitarían al sur con Numancia. (Schulten, A. 1914: 123-124). Respecto a la contradicción en la atribución de Numancia a los pelendones y a los arévacos, admitiría que los primeros pudiesen formar parte de los segundos. De hecho, a partir de la estratigrafía de Numancia, el investigador alemán defendería la presencia de un primer nivel que asignaría a los pelendones, sobre el cual se desarrollaría la ocupación arévaca.
En paralelo, Bosch Gimpera defenderá la llegada de grupos desde Centroeuropa a la Península Ibérica  distinguiendo inicialmente dos oleadas célticas: la primera, en torno al cambio de milenio a través de los Pirineos orientales, identificable con la Cultura de los Campos de Urnas hallstáticos (celtas) que se asientan en Cataluña y en el Valle del Ebro, y la segunda en torno al siglo VI a.C. debido a las presiones germanas en el Bajo Rhin, los cuáles provocarían la celtización de la Meseta. (Bosch Gimpera, 1932).
En lo que a los pelendones se refiere, defiende que habrían llegado a la Península en la primera oleada con su “cultura hallstática arcaica” en torno al siglo VIII a.C., para ser arrinconados en las estribaciones montañosas hacía el 650 a.C. por los arévacos belgas de la segunda oleada. (Bosch Gimpera, 1921,1932, 1940). Estos últimos serían los que se enterrarían, según dicho investigador, en las necrópolis (“posthallstáticas”) de la zona centro de la provincia de Soria, otorgándolas una cronología que no superaba el siglo IV a.C. de antigüedad.
De tal forma, Bosch Gimpera tuvo el mérito de intentar relacionar el registro arqueológico con la evidencia lingüística y las alusiones de los textos grecorromanos, pero situó a los pueblos prerromanos de la Península Ibérica en plena dependencia cronológica, material, lingüística y étnica con Centroeuropa. En su estudio La Etnología de la Península Ibérica, publicado en 1932,  siguiendo los trabajos que sobre el terreno había realizado Blas Taracena (1926; 1927; 1929; 1932), del que hablaremos a continuación, establece los límites del territorio pelendón, que grosso modo limitaría al norte con las estribaciones montañosas que separaban las provincias de Soria y Logroño, al oeste correría desde Canales de la Sierra (Logroño) hasta el valle de Los Barbadillos (Burgos), bajando por el sur siguiendo la Sierra de Costalago, San Leonardo, Cabrejas y Pico Frentes, y por el este en dirección Ágreda-Tarazona hasta llegar al Moncayo.
En los años 40 matizaría algunos aspectos en la fijación de las oleadas celtas, sobretodo en relación a la segunda invasión, en la que distingue tres grandes subgrupos: 1) Celtas-germánicos de Westfalia (siglos VIII-VII a.C.) que darán lugar a la cultura arcaizante hallstáttica de Cogotas I y a algunas tribus como la de los berones y pelendones (Bosch Gimpera, 1942; 1944). 2) Conglomerados de sefes-turones a los que se unen otros pueblos celtas empujados por la presión germana, quienes se establecerían al occidente meseteño para alcanzar León, Asturias, Galicia y norte de Portugal poco antes del 600 a.C. 3) Celtas belgas, que llegarían a la Península en el primer tercio del siglo VI a.C., destacando entre ellos los belovacos que con el tiempo se identificarán con los celtíberos de las fuentes clásicas, divididos a su vez en vascones, vacceos, arévacos, belos y titos, quienes arrinconarán a las poblaciones de origen céltico anteriores (arévacos a pelendones) (Bosch Gimpera; 1942).
Blas Taracena Aguirre será el primero en llevar a cabo trabajos de prospección y excavación en la provincia de Soria siguiendo las aportaciones de las fuentes clásicas, cuyos resultados verían la luz en su primera memoria de excavaciones, realizada en 1926, donde presenta los sondeos efectuados en Ventosa de la Sierra, Arévalo de la Sierra, Taniñe y Suellacabras. Dos años después publicará su segunda memoria, donde recoge de forma más completa, por una lado un catálogo de yacimientos con la información derivada de algunas de sus excavaciones, incluyendo además los dibujos de los materiales hallados, así como las características principales de los asentamientos, el medio geográfico, etc.
En 1931, publicará en un trabajo más extenso que los anteriores, las excavaciones en el poblado celtibérico de Ocenilla, para poco después establecer los límites del territorio de los pelendones, que no difería apenas de lo propuesto por Bosch Gimpera, a excepción del límite oriental que lo sitúa en el cerro de San Millán y las Sierras de Neila y de la Umbría hasta Costalago (Taracena, B, 1933; 397).
Años después, Blas Taracena  (1941) sacará a la luz la primera carta arqueológica de la Península Ibérica, referida a la provincia de Soria, donde quedaron definidas por primera vez las características generales de la Edad del Hierro, a cuya primera etapa denominó Cultura Castreña Soriana. Así, nuestro investigador de cabecera planteó que la dualidad cultural Castros de la Serranía Norte y necrópolis del centro-sur de Soria (llamadas entonces posthallstatticas) estaba reflejando dos territorios diferenciados en los que habitaron dos culturas y dos tribus, la de los castros (pelendones) de pastores y la que se superpone a éstos, de gentes agrícolas (arévacos), con las implicaciones ideológicas y deterministas que tales conclusiones englobaban.
De tal manera, el conocimiento de la Edad del Hierro en estas tierras se vio ampliado gracias a la labor realizada por otros investigadores como Ortego Tudela, quien intervino en el Castillo de Soria, convirtiendo  esta cultura arqueológica en una de las más conocidas del momento, atrayendo incluso a investigadores de fuera del país, como Harbison y Hogg, quienes se interesarán especialmente de los conjuntos de piedras hincadas documentados en algunos castros, sin obviar los incesantes trabajos de excavación  que se desarrollan en Numancia de forma continuada desde finales del siglo XIX.
Esta pujante labor investigadora desplegada durante los primeros decenios del siglo XX en lo que a la provincia de Soria se refiere, empieza a caer en el olvido en torno a los años 40, sufriendo una paulatina regresión, hasta ser los estudios prácticamente inexistentes. Incluso desde instituciones como el Museo Numantino y Celtibérico, únicamente encontramos algunos nuevos descubrimientos de castros y poblados celtibéricos, que en su mayoría no serían publicados, continuando el panorama bastante inmóvil durante los 20 años siguientes.
En un plano general, ya en la década de los 50 hacen aparición los análisis lingüísticos de A. Tovar , quien plantea una primera entrada de indoeuropeos preceltas desde fines de la Edad del Bronce, identificados con el estrato lingüístico de los hidrónimos con la raíz -nt- y otros restos lingüísticos como páramo, siendo éstos a su juicio, los pobladores más antiguos, entre los que estarían los pelendones (Tovar; 1957;1967). Al igual que hiciera Bosch Gimpera, plantearía una segunda invasión con varias oledas, ya de celtas, que culminaría con los celtas belgas que arrinconarían a los primeros, caracterizados en el plano lingüístico por el uso de nombres con el sufijo –briga
Este último autor, junto a J. Maluquer (1952), esboza que las gentilidades detectadas en la epigrafía correspondieron en un principio únicamente a los pueblos de las primeras oleadas indoeuropeas, entre los que se encontraban los pelendones, conservando su tradición a pesar de ser arrinconados a las estribaciones montañosas por los arévacos celtíberos, lo que explicaría que estos últimos asumiesen esa organización que no está presente en otros lugares donde no hubo este contacto entre pueblos originarios de diferentes oleadas invasionistas. Al mismo tiempo T. Ortego continuará aceptando la similitud entre Belenos-Belendi-Pelendones propuesta por Taracena.
En definitiva, cogiendo aire para despejarnos ante este confuso entramado de pueblos invasores, preceltas y celtas, resumimos que para los investigadores de la primera mitad del siglo XX, éstos eran los que europeizaron la Península durante la prehistoria reciente, negando el más mínimo protagonismo a procesos de formación locales. Todo venía de fuera, el suelo absorbe y nacionaliza al invasor como diría Blas Taracena (1952, 296).
Pero la investigación invasionista no acaba aquí, sino que continúa en las tres décadas siguientes. Así, J.Mª Blázquez (1962; 1974) continúa la interpretación de Bosch Gimpera afirmando que los pelendones, como los vetones, carpetanos, astures y cántabros fueron los pobladores indoeuropeos más antiguos de la Península, los cuáles hablarían una lengua indoeuropea precéltica y serían empujados por las oledadas posteriores de los celtas belgas.
Ya entrados en los 70, aunque encontramos invasiones también en el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja (1976), éste será uno de los primeros en plantearse analizar los caracteres locales anteriores y no sólo los efectos invasionistas, otorgando especial atención al fenómeno de la aculturación. No obstante, es ahora cuando se produce el renacer de la investigación de los Castros de la Serranía Norte, aparcados desde hace casi treinta años, tomando el testigo de los trabajos de Taracena en el terreno arqueológico Fernández Miranda, seguido de Ruiz Zapatero (1977), quien publica el Castro de las Espinillas de Valdeavellano de Tera, impulsándose nuevamente los estudios de la Edad del Hierro soriana que cuenta con la intensa labor investigadora desarrollada por el Museo Numantino y por otras nuevas instituciones creadas en estos momentos, como el Colegio Universitario de Soria. Jorge Juan Eiroa (1979) interviene en El Castillo de El Royo, recogiendo su secuencia estratigráfica, además de la publicar nuevos materiales inéditos hasta la fecha, a lo que se le sumó el primer análisis radiocarbónico, que sirvió para encuadrar con precisión la “Cultura Castreña”, que en buena medida coincidía con lo aportado por Taracena.
Así pues, el incremento considerable de la documentación de este periodo se constata a partir de la publicación de nuevos yacimientos y lo que es más importante, aunque se siguen empleando términos como hallstattico, de clara vinculación foránea, comienza a tenerse en cuenta el sustrato local, aunque el viejo paradigma sigue imperando.
Al mismo tiempo, comienzan a ver la luz estudios desde la perspectiva de la epigrafía, como los de María Luísa Albertos (1975), quien explicaría la distinción lingüística entre arévacos y pelendones a partir de las inscripciones halladas en la provincia de Soria, donde aparece una diferenciación entre gentilicios en –um y entre aquellos que lo hacen en –o(n), conclusiones que aceptaría A. Jimeno en su estudio sobre epigrafía soriana (1980), constatando el predominio de los acabados en –um frente a los segundos y los romanizados acabados en – orum, aunque sin poder probar su adscripción a un grupo tribal u a otro. Al respecto A. Espinosa (1980) plantearía la posibilidad a partir del estudio de estelas procedentes de los valles del Cidacos y Linares de que el grupo de población no fuese pelendón, sino un grupo no céltico reducto perviviente del iberismo y de nombre desconocido. Al respecto, Gómez Pantoja indicaría que dicha anomalía onomástica ibérica hallada en este entorno se debería a que formase parte de una misma oficina lapidaria, carente por tanto de entidad étnica.
A pesar de que la investigación empieza a mirar bajo sus pies y no a cientos de kilómetros en Centroeuropa, las más  añejas teorías invasionistas seguirían presentes, dando sus últimos coletazos en los años ochenta. Así, Lomas (1980) continuará encuadrando a los pelendones dentro de las primeras oleadas en base a criterios arqueológicos y lingüísticos, mientras que Salinas Frías (1982-,1986) defendería, a partir de las aportaciones de la epigrafía y la arqueología, la existencia de una “confederación tribal” entre los celtíberos en la que los arévacos debieron jugar un papel preponderante, siendo Numancia su capital, teoría que justificaría por algunos de los niveles de destrucción detectados en los castros sorianos en torno al siglo IV a.C., los cuales no están claros si seguimos la documentación arqueológica de los trabajos llevados a cabo durante los últimos años (Romero, 1991).  Por otro lado, añade que las gentilidades, antes consideradas propias de los pueblos de las primeras oleadas (pelendones), debían hacerse extensivas a todos los pueblos celtibéricos, ya que es en las ciudades citadas como arévacas donde más inscripciones de este tipo se encontraron frente a aquellos núcleos del curso alto del Duero, considerados tradicionalmente como pelendones, aunque como comentan Bachiller y Ramírez (1993) no se tiene en cuenta que en esta última zona apenas hay investigación, por no hablar de su dispersión de hábitat, recogido por el propio Estrabón.  
Tovar (1985) consideraría a los pelendones “afines” a los arévacos y absorbidos por éstos, llegando a los noventa con Solana Sanz (1991), último en plantear abiertamente dos entradas de pueblos celtas, una primera de grupos de montaña entre los que estarían los pelendones y una segunda de pueblos en llano y de habla celtibérica occidental que incluiría a los arévacos.

2.3. HACIA EL CAMBIO DE PARADIGMA
En los últimos 5 lustros las teorías invasionistas se han visto claramente superadas no solo porque arqueológicamente no se documenten dichas algaradas, sino porque tampoco se detecta su lugar de origen, así como las vías de llegada de esos elementos ya formados. Además, en la Península Ibérica se distinguen elementos indoeuropeos anteriores al mundo céltico clásico al menos desde el Bronce Final que obligan también a poner la mirada en el substrato local. Veamos de forma sucinta este cambio de paradigma y cómo podemos insertar en él a nuestros pelendones.
Recordemos que la Cultura de los Campos de Urnas ha sido uno de los temas más tratados desde las primeas décadas del siglo XX, aunque su presencia en la Meseta nunca fue aceptada claramente, quedando circunscritos al ámbito nororiental (Almagro-Gorbea 1986-87).
En torno al 1200 a.C., gentes procedentes de Centroeuropa penetran por la actual Cataluña difundiendo nuevas formas de vida y creencias, como la costumbre de quemar sus cadáveres y depositar los restos en urnas de cerámica formando cementerios comunitarios, cuestión de la que deriva su denominación cultural.
Es a partir de los años 70 cuando su relación con los celtas se pone en tela de juicio, ya que su zona de dispersión evolucionaría hasta la Cultura Ibérica, de lengua no indoeuropea y por lo tanto diferente a la de las poblaciones célticas. Almagro Gorbea y Ruiz Zapatero (1992) propondrán que la expansión se produciría de forma muy lenta por la escisión de las poblaciones que provocaron su disgregación, lo que generaría diferencias culturales, extendiéndose por el Valle del Ebro a partir del I milenio a.C. Así, esta “deriva cultural” de los grupos de tradición o influencia de Campos de Urnas ya en la Edad del Hierro serían las que darían forma a la configuración de la Cultura Celtibérica en la Meseta Oriental. Por otra parte, las supuestas invasiones de celtas en la Edad del Hierro no explicaban por si solas su aparición en Irlanda desde el Bronce Final, ni tampoco la presencia temprana en la Península Ibérica de elementos de cultura material, lengua, creencias, formas de vida y costumbres de clara adscripción céltica.
Es por ello que Martín Almagro-Gorbea (1992 a y b; 1993) adaptaría el modelo explicativo anglosajón de lo indoeuropeo (denominado celticidad acumulativa) planteando un remoto origen que se remontaría al menos desde la Cultura del Vaso Campaniforme. Así, para la celtización de la Península distinguiría un primer nivel protocéltico encuadrado en la transición Bronce Final-Edad del Hierro, caracterizado por presentar rasgos lingüísticos pre-celtas como el Lusitano, ritos y creencias como los cultos a las aguas, costumbres como la hospitalidad, la exposición de los cadáveres de los caídos en combate a los buitres etc., de estructura social más arcaica que las gentilicias plenamente celtibéricas que son afines en pueblos históricos del occidente y centro peninsular, como carpetanos, vetones, lusitanos, galaicos, cántabros, etc., y quizás también en el extremo oriental de la Meseta en relación a los pelendones.
De este substrato surgiría la posterior cultura celtibérica en torno al siglo VI a.C. y desde su zona nuclear del alto Tajo y Jalón se expandiría por buena parte del territorio peninsular (norte y occidente principalmente), a juzgar, según dicho autor, por la estandarización de toda una serie de elementos como las necrópolis de incineración, el armamento típicamente celtibérico, topónimos lingüísticos (–briga o Seg-), sistemas defensivos, estandarización de poblados de calle central, rasgos de religión celta, etc.
Cuestiones aparte sobre el porqué es en Celtiberia y no en otro lugar con similar substrato protocéltico donde se formarían estos elementos, así como si realmente estamos tan seguros a partir de las fuentes de información a la hora de descartar otros focos regionales cercanos en el tiempo de los que derivara la celtización peninsular en la Segunda Edad del Hierro, y el hecho de que esta teoría parezca tener cierto regusto difusionista, aunque edulcorado por un proceso de aculturación en el que son los modelos los que se expanden y no las gentes. Lo cierto es que dicho sustrato protocelta es evidente desde mucho antes de que hicieran aparición los pueblos celtas que nos describen las fuentes.
Llegados a este punto y al hilo de lo que aquí nos concierne habrá que ver la realidad arqueológica que nos encontramos en el entorno de la actual provincia de Soria desde los primeros compases de la Edad del Hierro, entrando en juego la Cultura Castreña Soriana que tradicionalmente se ha relacionado con los pelendones (Blas Taracena 1954; Bachiller y Ramírez 1993; Lorrio 1997 y Burillo 1998), cuyos estudios se verán ampliados y renovados de la mano de Romero Carnicero (1991), verdadero artífice de su sistematización.

3. DE LA CULTURA CASTREÑA SORIANA A LOS PELENDONES HISTÓRICOS

3.1. Primera Edad del Hierro (siglos VII/VI-IV a.C.)
En un análisis profundo de los castros que se desarrollan en la Serranía Norte de Soria durante la Primera Edad del Hierro vemos como la homogeneidad morfológica de éstos (no superando la hectárea de extensión) y el hecho de que no se detecten lugares centrales desde donde se articulara el territorio, nos ha llevado a sugerir que no existirían diferencias sociales entre los castros y que ninguno intervendría en la producción y en la toma de decisiones de otra comunidad. Es por ello que cada castro podría estar garantizando el control estratégico de sus medios de producción, principalmente zonas de pasto y bosques, que en un porcentaje muy elevado podrían haber sido de usufructo colectivo, sin llegar a superar nunca su capacidad de carga, de ahí que probablemente se limitasen física y demográficamente con la construcción de sus murallas. Aquí parece entreverse un modelo de sociedad de estructura más arcaica que las gentilicias que parecen detectarse tanto en las tumbas de guerreros contemporáneas del centro y sur de la actual provincia, como en otros contextos celtibéricos de otras áreas adyacentes. 
Su fuerte personalidad y resistencia al cambio, nos lleva a pensar, más que en la existencia de diferentes grupos étnicos en el entorno, en su posible relación con la presencia de elementos indoeuropeos más antiguos que se desarrollan en la Península Ibérica, tal y como parece constatarse en El Palomar (Almajano), en el nivel más antiguo del Castillejo de Fuensaúco, en el Cerro del Haya en Villar de Maña o en el yacimiento de El Solejón de Hinojosa del Campo, con presencia de cabañas circulares de material efímero, así como con la constatación de la necrópolis de San Pedro en Oncala (Tabernero, Sanz y Benito 2010), asociada a tumbas de incineración en hoyo con presencia de algunas estelas caídas en sus inmediaciones y un escaso ajuar integrado por algunas lascas de sílex,  una anilla de bronce y restos de las urnas cinerarias realizadas a mano, lo que vendría a confirmar una temprana introducción del ritual incinerador en tierras sorianas, en torno al siglo XI a.C. según dataciones radiocarbónicas.
Casa circular del castro de El Zarranzano (Cubo de la Sierra)

3.2. Celtiberización de la región soriana
A partir del siglo IV a.C. desaparecerán el 30 % de los castros, en paralelo al surgimiento de poblados de nueva planta de extensiones heterogéneas entre 2 y 6 Ha (rompiendo con la homogeneidad existente hasta el momento en los castros), que pasarán a ocupar espacios más suaves sobre suelos de buena calidad agrícola para el desarrollo de estrategias productivas intensivas y especializadas. Junto a este proceso, se constata una gran transformación del espacio interno, en el que se adopta el modelo de “poblado cerrado” extendido desde el Valle del Ebro y Jalón, quedando ordenados internamente en torno a un espacio central o calle, formando alineaciones de viviendas uniformes, diluyendo por completo el individualismo de los primeros momentos de la Edad del Hierro, lo que estaría reflejando un alto grado de jerarquización y complejidad social. (Pozalmuro, Castellar de Arévalo de la Sierra, El Castillo de Taniñe, Los Villares de Ventosa de la Sierra).
Los Villares de Ventosa de la Sierra (celtiberiasoria.es)
También se evidencia en este momento la generalización del empleo del hierro, prácticamente ausente en la Cultura Castreña Soriana, así como el aumento de la presencia de producciones cerámicas a torno, formadas básicamente y a grosso modo, por fragmentos sin decoración y por ejemplares de color anaranjado, perfil zoomorfo, cuellos bien delimitados y bordes de pie vuelto con decoración de pintura vinosa en bandas anchas invadiendo el interior del mismo, primeros síntomas la celtiberización de la región y de un contexto productivo especializado .
Estos cambios territoriales y sociales supondrán la adopción de un modelo campesino más estricto y la entrada en la órbita de las sociedades de jefatura, visibles sobre todo a partir de los ajuares funerarios de las vecinas necrópolis del Celtibérico Pleno como Carratiermes, Ucero, La Mercadera, La Requijada de Gormaz, Quintanas de Gormaz, La Revilla de Calatañazor y Viñas de Portuguí en Osma, donde las proporciones de sepulturas de guerreros con armamento son muy superiores a las de otros ámbitos del Alto Tajo-Alto Jalón, incorporando modelos evolucionados de espadas, como las diferentes variantes del tipo de antenas, al mismo tiempo que se detecta la ausencia de armas de bronce de parada.
Estamos por tanto, ya dentro de un modelo gentilicio articulado en torno a un antepasado común al que se le rendiría culto como héroe fundador y modelo a seguir,  resultado de un proceso en el que intervendrían todo un cúmulo de factores, relacionados quizás, con el dinámico sistema de alianzas y pactos que propiciarían el afianzamiento del liderazgo y la institucionalización de determinados linajes frente al resto de las estructuras vigentes, cuya estrecha vinculación a la tierra debió minimizar cualquier intento de resistencia, haciendo más costoso el abandono del medio producción que la asunción del tributo exigido.
En este sentido contamos con el ejemplo de los yacimientos de El Pico de Cabrejas del Pinar y el Alto del Arenal de San Leonardo, donde este proceso  podría haberse asumido desde mucho antes que en los castros serranos, a juzgar por la incorporación de elementos cerámicos torneados importados desde el área ibérica desde bien temprano según dataciones radiocarbónicas (Vega y Carmona 2013), lo que nos lleva a la idea de que la sierra de Cabrejas y de Frentes hubiesen actuado durante el Hierro I como un "área de fricción" entre estas dos realidades.
El Pico de Cabrejas del Pinar (Foto M. Díaz)
La acentuación de las desigualdades y las  relaciones de dependencia, que irán más allá del ámbito de los lazos de sangre establecidos en un poblado, darán paso a formas preclasistas de organización social que anticipan los primeros signos de organización estatal.

3.3.Ciudades históricas
Este proceso se culminaría entre los siglos III y II a.C. en el Alto Duero, con la aparición de los primeros oppida o protociudades que ejercerán de centros políticos y administrativos concentrando en su interior un contingente poblacional mayor, englobando en su territorio un engranaje de asentamientos de pequeño tamaño o aldeas, poblados de mediano tamaño y castillos defensivos, todos ellos ordenados estratégicamente para asegurar la producción de los terrenos más aptos para llevar a cabo procesos de intensificación agraria que proporcionasen excedentes, el control de sus zonas de influencia y de las vías de comunicación (Jimeno; 2011).
En ahora cuando parecen conformarse verdaderamente las primeras colectividades regionales pre estatales, al hilo de la consolidación de las sociedades de jefatura establecidas alrededor de una élite aristocrática que ha hecho méritos para dirigir a un grupo, ejercer autoridad  y redistribuir la riqueza, quedando organizadas a través de la creación de un entramado de clientelas y pactos en el que se apoyarían para ejercer el liderazgo y fortalecer sus lazos de unión.
Este momento coincide con la aparición de las fuentes escritas que nos ofrecen el nombre de los principales núcleos de población de las etnias de los arévacos y de los pelendones. Si bien, nos es más conocido el ámbito adscrito a los arévacos a partir de la constatación de sus principales núcleos poblacionales, como es el caso de Tiermes (Montejo de Tiermes), Uxama Argaela (Osma), Segortia Lanka (Langa de Duero), Clunia (Peñalba del Castro, Burgos) o la propia Numancia en la Muela de Garray, a las que habría que añadir otras tantas presentes en diferentes fuentes cuya ubicación se desconoce o es dudosa, como Occilis, Voluce, Malia, Lutia, Lagni, Sekobirikes y por último aquellos yacimientos que hacen las veces de núcleo centralizador del poblamiento a juzgar por sus dimensiones y características, como El Castillejo de La Laguna, en la cuenca del Cidacos y Los Casares de San Pedro Manrique, en la del Linares.
Muralla de Augustóbriga (Muro)
No obstante, tal y como vimos a comienzos de este escrito, los pelendones no gozan de la misma suerte y grado de conocimiento. De las tres ciudades que citan Plinio y Ptolomeo, únicamente parece tenerse constancia de la ubicación  de Augustóbriga. Desde que Eduardo Saavedra (1863) fijara su posición en Muro (de Ágreda) atribuyéndole su fundación en época augustea, como campamento de apoyo para las Guerras Cántabras en la vía de comunicación que une el valle del Ebro y la Meseta, apenas han variado  los postulados (Taracena 1941; Salinas de Frías 1986). 
Será con motivo de una excavación de urgencia en un tramo de muralla que rodea la fortaleza medieval, cuando Morales y Carnicero (1986) determinen en función de la constatación de sillares almohadillados una datación en el siglo I d.C.. En fechas más recientes los trabajos arqueológicos de prospección realizados por parte de la empresa Arquetipo (Arellano et alii 2002) les llevaría a establecer para este área una intensiva ocupación de época romana al menos desde el siglo II a.C. (presencia de cerámicas campanienses de los tipos A y B). Esta nueva datación relativa se vería corroborada mediante una excavación de urgencia en la que se documentaron cuatro habitaciones pequeñas, lo que les llevará a establecer el origen de la ciudad en un campamento fortificado de planta trapezoidal de apoyo a las Guerras Celtibéricas y su posterior pacificación, considerando a su vez que dichos sillares almohadillados serían reutilizados para la muralla medieval, delimitando nuevamente el recinto amurallado, que quedaría fuera del núcleo urbano actual de Muro. 
Por último, los trabajos realizados por parte de la empresa Areco (Jimeno et al.; 2008 ) han servido para concretar nuevamente la delimitación del recinto amurallado, que coincidiría con el propuesto inicialmente por Saavedra, además de plantear la posibilidad de que la ciudad de Augustobriga, fundada probablemente en época augustea, estuviese tapando la localización de otra anterior más antigua que se identificaría con la “AreKoraTa” que acuña moneda desde el siglo II a.C. hasta los primeros años del siglo I a.C., momento en el que sería abandonada por poco tiempo para ser refundada por la ciudad que citan las fuentes clásicas.
El nombre planteado para esta ciudad antigua aparece mencionado en algunos textos escritos de lengua celtibérica, como en el bronce de Luzaga (AreKoraTiKuPos) y en la “tésera de la ciudad de Arecorata” (ArekoraTiKa: Kar), así como en monedas con las leyendas AreiKoraTiKos (AreKoraTaz) que se emiten a partir de la primera mitad del siglo II a.C. en denarios, ases, semises, trientes y cuadrantes, donde aparecen frecuentemente un jinete con lanza, palma y en los más antiguos con un gancho. 
Sería A. Jimeno (2000) quien propondría la ubicación de AreKoraTa en Muro (Soria) a partir de la presencia de los materiales antiguos documentados en la localidad, a los que se le unirían los de una nueva tésera de hospitalidad de bronce con forma de cabeza de animal e inscripción en letras ibéricas, en el que puede leerse “ToUTiKa”, sustantivo abstracto que encerraría el sentido de “ciudadanía” de este enclave (Jimeno et al.; 2008 ).
Nueva Tésera de hospitalidad hallada en Muro (Soria)
Además la ausencia de monedas con epígrafe latino, podría estar manifestando que desaparecerían al mismo tiempo que lo hace la ciudad antigua situada en Muro. Es por ello por lo que se apunta que esta ciudad debería ser entendida dentro del marco de los cambios económicos que se estaban dando con la conquista romana, quizás sirviendo como punto de apoyo a los intereses de la potencia mediterránea en su penetración por el interior del Sistema Ibérico, dominando así una importante vía de comunicación y el trasiego por una zona mineralógicamente muy rica. Todo ello tras el Tratado firmado por Graco en el 179 a.C. con las ciudades celtibéricas del valle del Ebro, entre las que se encontrarían a ambos lados del Moncayo, Sekeiza y Arekorata, curiosamente las dos primeras cecas celtibéricas (Jimeno et al.; 2008 ).
En cuanto a Visontium, vimos líneas atrás como Loperráez (1788) la situaría en la localidad pinariega de Vinuesa, opinión que seguirán Schulten (1914) y Bosch Gimpera (1932) basándose únicamente en su similitud fonética y en las palabras de Plinio, quien asegura que el río Duero nace entre los pelendones.
Blas Taracena (1933) aceptará dicho emplazamiento aunque solo como hipótesis de trabajo pues los hallazgos arqueológicos de aquellas alturas no pasan de pobres restos del pastoreo celtibérico. En la actualidad, no sin  reservas, parece aceptarse esta ubicación, y más teniendo en cuenta la localización al lado de una antigua vía romana, hoy camino que va desde Molinos de Duero a Vinuesa de una inscripción rupestre enmarcada por una tabula ansata de 43 x 73 cm que dice: “Hanc viam / Aug(ustam) / L(ucius) Lucret(ius) Densus / IIvirum(!) / fecit”, lo que vendría a confirmar la ubicación de un municipio en sus proximidades al menos del siglo II d.C., a juzgar por la presencia de este alto magistrado que realiza la calzada.
 Calzada entre Molinos de Duero y Vinuesa (Foto Mario Díaz)
 Roca en la que se encuentra la inscripción (Foto: Mario Díaz)
Inscripción rupestre (Foto Mario Díaz)

Todavía es menos segura la localización de Savia, que únicamente por criterios de semejanza fonética se ha venido poniendo en relación con Soria (Schulten 1914; Taracena 1954; Tovar 1989), continuando tal aceptación hasta la actualidad a pesar de no contar con ninguna evidencia arqueológica, siendo lo más correcto aceptar nuestro pleno desconocimiento, tal y como se recoge en la Tabula Imperii Romani hoja K-30: Madrid-Caesaraugusta-Clunia, donde aparece denominada como locum ignotum. Además, siguiendo la norma expositiva de las tablas ptolemaicas, donde es regla que las ciudades estén referidas de N. a S. y de E. a O., tendríamos que situar Savia al oriente de Augustobríga, en plena y estéril serranía del Moncayo.
Únicamente Ángel Ocejo (1995) ha discutido estos postulados comúnmente aceptados, reubicando a los pelendones más al norte y occidente, extendiéndose por la provincia de Burgos en lugar de por la de Soria, que de esta manera, habría estado ocupada en su práctica totalidad por los arévacos, alejando considerablemente la ciudad de Augustóbriga (y por ende Arekorata) del nuevo territorio propuesto para la etnia. Según dicho investigador se está contradiciendo a Ptolomeo al ponerlos en contacto con los arévacos, cuando el autor clásico los ubica debajo de los túmogos (entre los ríos Arlanzón y Pisuerga), separando por lo tanto a éstos de los arévacos, que habitarían al sur de los pelendones. Es por ello que, siguiendo las coordenadas de Ptolomeo sitúa a los pelendones entre el Arlanzón y el Arlanza, dejando fuera el inicio del curso de este río, estableciendo sus ciudades más importantes en los yacimientos existentes de Villavieja de Muño (Visontium), Nuestra Señora de la Vega de Huerta de Abajo (Savia) y Lara de los Infantes (Augustóbriga). En relación a esta última se sumaría la confusión existente con la Nova Augusta de los arévacos citada por Ptolomeo, planteándose la posibilidad de que el autor clásico hubiese confundido las dos ciudades o bien hubiese errado en cuanto al emplazamiento de los pelendones.

Sin embargo, siguiendo a Burillo (1998), si tenemos en cuenta la situación de las otras etnias que rodean a los pelendones, nos encontramos con un territorio que abarcaría efectivamente el curso alto y medio del río Arlanza y el nacimiento del Duero, es decir una posición más oriental que la defendida por Ocejo que englobaría una buena parte del territorio soriano defendido por Taracena y sus predecesores a excepción de Numancia.
Por último, en cuanto a la polémica generada por Plinio al adscribir Numancia a los pelendones, cuya explicación se vio inmersa dentro de las teorías invasionistas arévacas y la posterior recuperación de los pelendones de su supuesto territorio nuclear a partir de la intervención romana, resulta enormemente sugerente la idea de que Numancia hubiese funcionado como ombligo o Centro de la Celtiberia y por lo tanto no quedase adscrito a ninguna etnia en concreto, lo que podría explicar las contradicciones de las fuentes clásicas, como así propone Antonio Ruíz Vega en su magnífica obra Los hijos de Túbal (2002). Lo que se está planteando es que este lugar dispondría de un territorio común y neutral donde se impartiría justicia, similar al drynemeton de los gálatas o al bosque de los Carnutes, consagrado a los dioses y considerado el centro de la Galia, lugar donde César nos relata que allí se reunían los druidas y donde no se podía entrar armado.
La idea parece partir de las incongruencias de Estrabón a la hora de fijar las partes en que estaba dividida la Celtiberia, así como de Posidonio, quien habla de cuatro o cinco comarcas o regiones. Esta cuestión parece tener su similitud con el caso irlandés, donde también se fraccionaban en cuatro provincias (Conacht, Ulster, Leinster y Munster), existiendo una quinta central, Midhe, cuya capital fue la mítica Tara. Antonio Ruíz  propone que para la Celtiberia podría coexistir también una quinta provincia o lugar central que necesariamente estaría cerca de un bosque sagrado. Si bien, sabemos por un celtíbero-romano como Marcial de la existencia de los bosques sagrados de Vadavero y Burado (actuales sierra del Madero y Beratón) en las cercanías de Numancia.
Por lo tanto, el hecho de que casi todas las crónicas hablen de “numantinos” y no de arévacos ni de pelendones, unido al emplazamiento del cerro de la Muela de Garray en la intersección de dos comarcas, la norteña y montaraz donde desde antiguo se gesta la Cultura Castreña Soriana, y la sur, de orografía más suave y mayor vocación agrícola, unido al carácter sacro de Numancia, quien sabe si a modo de nemeton, podría ser la explicación al debate sobre su adscripción étnica aportada por las fuentes clásicas. A todo esto se apunta que solo de esta forma puede entenderse el hecho de que los numantinos decidieran empecinadamente defender Numancia desde dentro de sus modestas murallas, dejando de lado la guerra de guerrillas o de movimientos propia de los celtíberos que les hacía fuertes.
Vista aérea de La Muela de Garray, donde se emplaza Numancia
CONCLUSIONES
A lo largo de estas páginas hemos repasado el estado actual de la investigación sobre los pelendones partiendo de las fuentes clásicas que les dotaron de un nombre, que sin minusvalorar su importancia, resultan enormemente confusas y son ampliamente escuetas, con lo cual a pesar de ser una de las etnias prerromanas que más atención ha recibido a lo largo de la historia de la investigación,en la actualidad siguen planteando serias dudas y aunque se haya tirado incansablemente del hilo, apenas se ha podido desenmarañar la madeja.
Asociarlos a los castros sorianos de la Primera Edad del Hierro, a pesar de que éstos también se encuentren en territorio arévaco y de que distan varios siglos del momento en el que quedaron recogidos por las fuentes clásicas, en época imperial, resulta no menos que un evidente anacronismo, tal y como ya comentaron Ramírez y Bachiller (1993).
Por otro lado la construcción de un grupo étnico como el que aquí hemos intentado rastrear, precisa de un grupo político que le dé forma y como hemos visto, los castros de la Serranía Norte de Soria no llegaron a formar ninguna colectividad regional amplia de tipo pre-estatal, siendo más correcto considerar esta cultura arqueológica dentro de ese proceso de configuración y gestación de la Cultura Celtibérica que, por otra parte, parece alcanzar su plenitud mucho después que lo hicieran al otro lado de la cercana Sierra de Cabrejas y de Frentes. Además requeriría de un sentimiento genealógico que les hiciese derivar de una historia, siéndonos imposible saber en qué momento gozarían de dicho sentido de pertenencia a un colectivo con conciencia de identidad y descendencia común, lo cual, de darse, sería ya en el Hierro II, momento en el que se dan unas mayores dimensiones demográficas con el desarrollo de los oppida, dentro ya de un sistema social más complejo y jerarquizado como es el de las sociedades de jefaturas.
En momentos muy tardíos, contamos con una visión exógena que los diferencia de sus vecinos, aunque no sabemos si esto se debe a un mero constructo romano o a una identificación que derive de diversos elementos culturales no asumidos por sus actores. Sin duda la familia, el castro, el valle y el oppidum, así como el género, profesión, edad y clase social debieron jugar un papel mayor a la hora de identificarse en un grupo, pero no en momentos tan tempranos como los de la Primera Edad del Hierro a juzgar por los datos que disponemos, donde no existe ningún indicador claro de pertenencia a una etnia.


Entre el pino y el roble, orgullo del pueblo que habita la "Alta Sierra Pelendona", larga vida a la memoria de nuestros ancestros.

Julio de 2016
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