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AUGURES Y ADIVINOS DE LA PELENDONIA

 En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea cónica. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban antiguas historias y leyendas mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular ...

La preocupación por lo que acontecerá es algo innato al ser humano, de ahí que desde la noche de los tiempos hayan existido múltiples y variadas fórmulas de adivinación.
Concretamente, entre los pueblos celtas, parece que fue común la predicción del futuro a partir de la observación del vuelo de las aves. Unos augures que, probablemente, fuesen llevados a cabo por sacerdotes especializados, a los que se les consideraría adivinos, como los vates galos o los faith de Irlanda. Aunque para el ámbito ibérico no conozcamos bien la figura sacerdotal que pudiera haber desempeñado dichas funciones.

No obstante, entre las tribus lusitanas, Estrabón (3, 3, 6) hace alusión a la figura del hieroskópos, quien se encargaría de adivinar el futuro observando la caída de los prisioneros al ser sacrificados con un golpe mortal, o a partir del examen de sus vísceras sin separarlas del cuerpo y de las venas del pecho del sacrificado.

Aunque también conocemos la existencia de otras muchas costumbres destinadas a predecir el futuro, como a partir de la observación de las llamas del fuego del hogar, de la caída de rayos o del vuelo de las aves, como así recogiese Silio Itálico (III, 345-354) para los galaicos. O bien mediante la interpretación de las hondas formadas en determinados lagos tras arrojar en ellos unas hachas sagradas, costumbre esta última referida por Suetonio (Galba, 8, 3) a los pueblos del norte.

Incluso nos han llegado noticias de ciertas fuentes como lugares de augurio, caso de las Fontes Tamarici que describe Plinio en el libro XXXI de su Naturalis Historia y que situaría entre los cántabros (Velilla del Río Carrión, Palencia). Allí, la adivinación tenía lugar a partir de la intermitencia irregular del agua, que de encontrarse seca la primera vez de su visita significaba el anuncio de la muerte.

De tal manera, podemos intuir que los ritos adivinatorios debieron estar muy presentes entre los pueblos de la Céltica Hispana, hasta el punto que, durante las guerras numantinas, el propio Escipión tuviese que expulsar a aquellos adivinos y sacrificadores indígenas que campaban a sus anchas en los campamentos romanos, devolviendo así la disciplina a su ejército (Apiano. Iber, 85).

Si bien, no muy lejos de allí, en el ámbito de la alta sierra pelendona, en el corazón de Pinares Burgos-Soria, nos encontramos con una de esas piedras oscilantes que pudieron albergar algún ritual adivinatorio o de cumplimiento de promesas. La conocida “Piedra Andadera”, ubicada en el paraje La Mojonera; en medio de Los Pajareros y La Majada de la Juana de Salduero, aunque haciendo frontera con los límites de Molinos de Duero y Covaleda. Una enorme piedra de aproximadamente 10 metros cúbicos que se apoya sobre la cuerda sosteniendo un equilibrio inestable y que tiene la particularidad de que cuando se ejerce una presión por cualquiera de sus lados se mueve. Este tipo de piedras han sido empleadas en el ámbito celta en rituales religiosos de protección de la salud y la fertilidad, además de como elementos capaces de presagiar acontecimientos o desgracias, así como decisiones judiciales, como en el caso de la piedra oscilante del santuario de Nosa Señora de Barca en Muxía (La Coruña).

Piedra Andadera de Salduero (Foto Javi Calvo)

Otra piedra singular es la que llaman de los "Siete Infantes" o "Mesa de los Infantes", en la Sierra del Almuerzo (Soria), que no deja de ser un gran ortostato de piedra rectangular y aristas curvas de aproximadamente un metro cuadrado de superficie, en el que se aprecian cazoletas esculpidas, canalillos y una serie de signos esquemáticos que vendrían a conformar parte de un monumento prehistórico probablemente del Eneolítico. Es en este lugar donde, según la tradición popular, almorzaron los siete infantes de Salas poco antes de que se les apareciera la virgen, quedando su pie, las cucharas y los platos impresos en la misma roca.

Pero he aquí que en la propia Leyenda de los Siete Infantes de Lara también parece haber quedado inserta la costumbre de origen celta de realizar adivinaciones a partir del vuelo de las aves, como en el bosque de Canicosa (Burgos), donde según se narra, tuviese lugar el primer augurio referido al destino que sufrirían los hermanos. Una predicción que vendría a partir de un águila, animal que Martín Almagro-Gorbea pone en relación por su parecido con la predicción basada en el chillido del águila que recoge la Historia regum Britanniae del galés Geoffrey de Monmouth, una crónica pseudohistórica que debió escribirse entre los años 1130 y 1136. Del mismo modo que en la versión de la leyenda de de la Crónica de 1344 se habla también de una corneja diestra y siniestra, primer presagio que indicaría la recomendación de regresar a Salas y del que los infantes harían caso omiso.

Sin abandonar la zona, encontramos también en el Cantar del Mio Cid, concretamente al comienzo de su destierro, un doble augurio a través del vuelo de sendas cornejas. Unos córvidos que, de nuevo aparecerán en el episodio del paso del río Jalón tras un augurio favorable (I,858-859), muy propio del imaginario celta indoeuropeo, donde el agua es el punto del paso al Más Allá y que recuerda al famoso episodio del paso del río Lethes (Limia, Orense), considerado la puerta de ultratumba o río del Olvido por parte de los soldados romanos a los que se les ordenara cruzarlo (Estrabón Geo. III,3,4).


Para finalizar, no podemos dejar de señalar que, curiosamente, fue a partir de dichos rituales adivinatorios de tradición céltica como se eligiese el asentamiento de la futura ciudad de Ávila, cuya fundación se remonta al año 1090 por la llegada de gentes procedentes de Lara y Covaleda, tierras que, como hemos visto, presentan unas fuertes connotaciones celtas. Donde tanto la romanización, como los cambios que se producen en época visigoda y árabe fueron más débiles, por lo que dichas creencias y rituales relacionados con la adivinación, en cierta medida, pudieron haber perdurado más en el tiempo.

Cuando el Conde Don Remondo, por mandado del Rey Don Alonso que ganó á Toledo, que era su suegro, ovo de poblar á Avila, en la primera puebla vinieron gran compaña de buenos ornes de cinco villas, de Lara é algunos de Covaleda. E de Lará vinien delante, e ovieron sus aves á entrante de la villa, é aquellos que solían catar de zagueros, entendieron que eran buenos para poblar alli, é fueron poblar en la villa lo más cerca del agua. E los de cinco villas, que venían enpos dellos, ovieron esas aves mesmas. E muño Entravemudo que binie conellos, era mas acabado agorador, é dijo por los que primero llegaron, que bieron buenas aves, mas que herraron en posar, por lo bajo, cerca del agua, é que serien bien andantes siempre en fechos de armas, mas en la villa non serian tan poderosos nin tan honrados como los que poblaren la media villa arriba, é fizo poblar i aquellos, é oímos decir á los ornes antiguos é desque nos llegamos asi los fallamos, que fue verdadero este agorador, lo que dijo, probaron tocios muy bien é faciendo servicio á Dios é á su Señor, acrecieron mucho en su honra é en su poder, é entretanto vinieron otros muchos poblar á Avila, é señaladamente Infanzones é buenos de Estrada, é de los ornes é otros buenos ornes de Castilla, e estos se ayuntaron con los sobredichos en casamientos y en todas las otras cosas que acaecieron.”

Crónica Inédita de Avila

En definitiva, una prueba más de aquellas creencias populares con las que el hombre tradicional analizaba su realidad, intentando transformarla de acuerdo a unas prácticas mágicas que se creía condicionaban los acontecimientos naturales. Prácticas que, al menos desde el siglo VI, acabarían siendo denunciadas por la jerarquía eclesiástica, especialmente por parte de San Martín de Dumio y en posteriores concilios toledanos, hasta finalmente quedar relegadas a meras supersticiones.

Aún nos quedará el volver a levantar la vista para contemplar el vuelo de las aves, una vez más, sin temor, en busca de su ausente luz. De ese futuro incierto que parece haber abandonado a nuestros pueblos, sin saber que nos traerá el venturoso augur.

BIBLIOGRAFÍA

ALMAGRO-GORBEA, M. (2018): “Los celtas. Imaginario, mitos y literatura en España”. Almuzara. Córdoba.

DEL RÍO CORNEJO, M.; DE VICENTE CÁMARA, N. (2006): “Salduero en el corazón de Pinares”, Soria, Exma. Diputación de Soria, pp. 95–96.

MARCO SIMÓN, F. (1987) “La religión de los celtíberos” en I Simposium sobre los celtíberos. pp. 55-74

RUÍZ VEGA, A. (2001): “La Soria Mágica. Fiestas y tradiciones populares”. Centro Soriano de Estudios Tradicionales. Colección “Los libros del santero” nº 2. Soria.

TIEMPO DE RECOGER EL MUÉRDAGO

"Los druidas no tienen nada más sagrado que el muérdago y el árbol que lo soporta, siempre suponiendo que el árbol sea un roble. De hecho creen que todo lo que crece sobre el roble ha sido enviado desde el cielo.... Sin embargo, el muérdago se encuentra rara vez sobre el roble, y cuando se encuentra se lo recoge con la debida ceremonia religiosa. Habiendo dispuesto un banquete debajo de los árboles, los druidas traen dos toros blancos cuyos cuernos atan por primera vez, Vestidos con ropas blancas, los sacerdotes suben entonces al árbol y cortan el muérdago con unas hoces de oro y lo reciben otros dos con una capa blanca. Luego matan a las víctimas, rogando a Dios que otorgue propicio sus dones. Ellos creen que el muérdago, tomado como bebida, aporta fecundidad a los animales estériles y es un antídoto contra todos los venenos".
Plinio el Viejo, Historia Natural, XVI, 249
Es tiempo de recogimiento, de disfrutar de la cosecha almacenada, hemos completado el tránsito a la etapa oscura, la noche avanza …
Nos adentramos en el monte Valonsadero, muy cerca de Soria capital, donde confluyen toda una red de cordeles, veredas y cañadas que descienden desde la serranía. Ante nosotros se divisa un evocador paraje natural salpicado de robles, ricos e inagotables pastizales y altos chopos en los que crece el muérdago con mayor profusión que en ninguna otra parte.
Nada es casual...
Y es que nos encontramos en un lugar en el que sin solución de continuidad, se han estado celebrado rituales y ceremonias, reuniones e intercambios, al menos desde el tercer milenio a.C.

Así nos lo sugieren las paredes rocosas en las que se encajonan los viejos caminos ganaderos, donde nos encontramos con un importante conjunto de pinturas rupestres esquemáticas que nos representan en lenguaje simbólico aspectos cotidianos como el pastoreo, la domesticación animal, así como elementos magico-sociales más complejos posiblemente de culto a los antepasados.
Ritos que, a pesar de haberse trasformado con el tiempo, (no olvidemos que es aquí donde se siguen celebrando parte de las fiestas de San Juan), en esencia nos recuerdan que estamos ante un lugar mágico. Posiblemente un arcano santuario al aire libre o nemetón, desde donde los antiguos pobladores de estas tierras sintiesen la manifestación o presencia de sus divinidades, aunque nunca podamos constatarlo a ciencia cierta.
Igualmente en las cercanías, ascendiendo hacia las sierras del Madero y Beratón llegamos a los bosques sagrados de Vadavero y Burado, como así fueron citados por un celtiberorromano como Marcial (I, 49,5). Unos bosques que quizás significasen para los celtíberos los mismo que para los galos el bosque de los Carnutes, un lugar consagrado a los dioses donde se reunían los druidas y donde no se podía entrar armado.

“En cierta época del año, [los druidas] celebraban una reunión en el territorio de los Carnutes —considerado el centro de toda la Galia—, en un espacio sagrado. De todas partes acuden allí los que tienen litigios, y se someten a sus decisiones y dictámenes” Julio César , Bellum Gallicum, Libro VI,13.


Parajes que en definitiva nos traen a la mente evocaciones relacionadas con esa imagen estereotipada del druida recogiendo el muérdago en fechas tan señaladas como Samaín. Un tópico creado por los autores clásicos, que desde la perspectiva civilizadora romana, de forma sucinta y en demasía recogiendo relatos de otras fuentes muy anteriores en el tiempo, nos ha llegado hasta nuestros días.

Pero, ¿quiénes fueron los druidas? ¿se puede afirmar su presencia por estas tierras ?
Para tratar de responder, en primer lugar seguiremos las observaciones directas que hiciera Julio César en su célebre obra La Guerra de las Galias donde podemos determinar que los druidas no eran simplemente sacerdotes, sino una poderosa casta social con diferentes atribuciones. Al mismo tiempo, algunos autores clásicos como Diodoro de Sicilia y Estrabón nos comentan que el druidismo tenía subespecializaciones, como son las de los bardos, poetas que cantan con el acompañamiento de instrumentos semejantes a la lira, y los vates o videntes, quienes predecían el futuro mediante la observación del vuelo de los pájaros y el sacrificio de las víctimas. Una división que por otra parte encuentra sus paralelismos en los Druí, Fáith/Filí y Bard que se mencionan en la literatura medieval irlandesa de tradición céltica.
“En términos generales se puede decir que para todos ellos hay tres grupos que gozan de especial distinción: los bardos, los vates y los druidas. Los bardos son poetas cantores, los vates tienen funciones sagradas y estudian la naturaleza. Los druidas se dedican también al estudio de la naturaleza, pero añaden el de la filosofía moral, y son considerados los más justos, por lo cual se les confían los conflictos privados y públicos, incluso el arbitraje en caso de guerra, y han llegado a detener a los que se estaban alineando para el combate”. Estrabón. Geografía IV. 4,4.
Igualmente sabemos que los druidas consideraron tabú el plasmar por escrito su filosofía y enseñanzas sagradas, de tal manera que éstas debían ser adquiridas mediante el ejercicio de la memoria durante un largo proceso de formación que podía durar hasta más de veinte años. De hecho, es de nuevo Julio César (Comentarios a las Guerras de las Galias VI, 13-14), quien apuntara que las enseñanzas druídicas se adquirían en Britania, concretamente en la isla de Inis Mona (actual Anglesey, Gales). Un lugar que sería destruido por el cónsul Suetonio Paulino en el contexto de la sublevación de los britanos contra Roma del año 58 d.C.

(…) “ante la orilla estaba desplegado el ejército enemigo, denso en armas y hombres; por medio corrían mujeres que, con vestido de duelo, a la manera de las Furias y con los cabellos sueltos, blandían antorchas; en torno, los druidas, pronunciaban imprecaciones terribles con las manos alzadas al cielo. Lo extraño de aquella visión impresionó a los soldados hasta el punto de que, como si sus miembros se hubieran paralizado, ofrecían su cuerpo inmóvil a los golpes del enemigo. Luego, movidos por las arengas de sus jefe, y animándose a sí mismos a no temer a un ejército mujeril y fanático, abatieron a los que encontraron a su paso y los envolvieron en su propio fuego. Después se impuso a los vencidos una guarnición y se talaron los bosques consagrados a feroces supersticiones. Pues en efecto, contaban entre sus ritos el de honrar los altares con sangre de cautivos y consultar a los dioses, en las entrañas humanas”.   Tácito, Anales, XIV, 29-30

A partir de los relatos irlandeses de tradición céltica, concretamente en el Leabhar Gabhála o Libro de las invasiones, conocemos los nombres de algunos druidas míticos como Amairgen, el primer druida de los gaélicos, al que se le atribuyen toda clase de poderes y prodigios relacionados con la Naturaleza. También a Mide, el druida que encendió el primer fuego sagrado de Uisnech, en lo que se consideraba el ombligo de Irlanda, donde desde entonces se reunirían los druidas para sus celebraciones.

Invocación de Amairgen al llegar a las costas de Irlanda
Sin embargo, en la Península Ibérica, no existen evidencias que nos permitan afirmar la presencia de un sacerdocio druídico como el galo o el irlandés, pero si posiblemente de uno en un grado menor.
Así, por ejemplo, contamos con la representación de una escena de sacrificio de un ave sobre un altar protagonizada por un oficiante tocado de gorro cónico representado en un vaso cerámico de Numancia.
Del mismo modo Marco Simón (2005) apuntaría la posible constatación de un sacerdocio a partir de la inscripción en lengua celtibérica de la llamada tésera de Arekorata (la Augustóbriga de los pelendones). En ella aparece el término “ueizos” que califica al nombre propio Bistiros de los Lastikos, relacionado con el teiuoreikis del Bronce de Luzaga, que denota una categoría superior a la del mero redactor del texto y cuyo significado podría tener que ver con la raíz *weid- (“ver”, “saber”), la misma que daría origen al término “druida”. Por tanto, estaríamos ante una palabra puramente celta, con una etimología rastreable en el trasfondo indoeuropeo, “dru-wid-es”, “los muy sabios”, acepción que sería más correcta que la que le diera Plinio el Viejo al asociar la propia palabra druida con “drus”, el roble.
También en la propia Celtiberia contamos con la figura de Olíndico (Floro, Epit. II, 17,9), líder elegido por el mismísimo dios pancéltico Lug, que portando una lanza de plata y demostrando capacidades proféticas y mágicas, provocaría un nuevo alzamiento contra Roma en el 143 a.C. Dicha figura misteriosa, que podríamos asociar a la de un druida, sería alcanzada por una jabalina de un soldado romano al intentar sigilosamente asesinar en su tienda al cónsul que ahí descansaba. Poco más sabemos de este personaje tan interesante.
Tésera de Arekoratas
Por último, aunque en este caso en el ámbito de la Lusitania, contamos con una cita de Estrabón (III, 3, 6-7) que nos habla de la existencia de sacrificios a partir de los cuales se llevarían a cabo vaticinios, “mediante las entrañas de los prisioneros de guerra”, realizados por parte de lo que parece ser un especialista religioso a quien se le denomina hieroskópos, aunque para los celtíberos no contemos con referencias que atestigüen estas mismas prácticas.
No obstante, podemos añadir que una parte de este tipo de sacerdocio celtibérico, así como las creencias colectivas ancladas a un territorio y a unos antepasados determinados, no desaparecerían por completo con la llegada de Roma, sino que se iría reinterpretando y adaptando a través de un largo proceso, propiciando la creación de un universo religioso de nuevo cuño que no sería totalmente romano, pero tampoco indígena.
Todo esto parece constatarse a partir de la aparición de algunos antropónimos asociados a familias de origen celtibérico que continúan consagrándose a divinidades célticas en época romana muy avanzada, como el caso de los Irrico / Iricos, señores de la villa romana de La Dehesa en Las Cuevas de Soria, quienes siglos después de la conquista ofrecerían sus votos a la divinidad céltica Eburos.
De tal manera, las religiones privadas o familiares continuaron siendo la tónica dominante de estas gentes, es decir una “magia menor” que se daría a nivel local y en base a las relaciones de parentesco con una divinidad protectora, lo que les permitiría sobrevivir, ya que aquí no supondría un peligro respecto a la promoción del culto imperial.


En definitiva, aunque no los llamemos druidas, puesto que en Celtiberia no debieron estar organizados a la manera de la Galia o Britania, todo apunta a que los sacerdores celtíberos fueron igualmente los depositarios del legado espiritual, religioso, cultural e ideológico de sus comunidades. Más allá de la visión oscura que nos diesen sus enemigos los romanos, así como de la imagen simpática del mago anciano de largas barbas. Ellos serían los oficiantes de los rituales, los intermediarios entre los dioses y los hombres y los verdaderos guardianes de la tradición, aunque posiblemente quedaran supeditados a la autoridad sagrada que en Celtiberia ejercieran también las jefaturas guerreras (portadores de la soberanía política y mágico-religiosa), las cuales si fueron eliminadas al igual que los druidas galos y britanos.

Trepa y se enreda el muérdago en nuestros bosques sagrados. La rama dorada con la que se coronarían los reyes de otro tiempo. El arbusto transmisor de la energía del cielo.
Muérdago para el que la tradición aún siguiera apuntando que debía situarse en los umbrales de las viviendas y en los corrales de ganado, pues su magia espantaba a los lobos y favorecía los embarazos...


Referencias bibliográficas:

BERRESFORD ELLIS, Peter: Druidas. El espíritu del mundo celta. Oberon, Madrid, 2001.

GUYONVARCH, Christian J., LE ROUX. Françoise: Los Druidas. Abada Editores. Madrid. 2009.

MARCO SIMÓN: “Religión celta y celtibera”. Celtiberos: Tras la estela de Numancia. Catálogo exposición. Diputación Provincial de Soria, 2005.

RODRÍGUEZ GARCÍA, G. (2015): “Espacios sagrados y druidismo en la Hispania Céltica”, en La forja y la espada 
https://gonzalorodriguez.info/, 2015.

SANTOS CRESPO ORTIZ DE ZÁRATE (1997): “Sacerdotes y sacerdocio en las religiones indoeuropeas de Hispania prerromana y romana”. IIu Revista de ciencias de las religiones nº 2, 1997.

LAMIAS Y BRUJAS SORIANAS

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...

Las leyendas referidas a lamias o lumias, otro tipo de hada que se da más en la región vasco-navarra, también afloran en nuestro ámbito de estudio. Aparecen descritas como seres sobrenaturales de una hermosura desmesurada que sin embargo no pueden mostrar por completo ya que presentan alguna característica animal, ya sean patas de oca, gallina o cabra. 
En la localidad de Lumias (Soria), su topónimo nos remite a estos seres mágicos del que hablan los ancianos del lugar en torno a la Hoz del río Talegones. Allí, cuentan que un pastor se enamora de una hermosa dama que peinaba sus cabellos con un peine de oro junto a una fuente en la entrada de su cueva. Tras proponerla en matrimonio de forma reiterada cada vez que pasaba por el lugar, ésta, ya cansada de su insistencia acepta con la condición de que averiguara su edad. El acertijo será resuelto gracias a la ayuda de una bruja de la cercana localidad de Barahona y a la lamia no le queda más remedio que aceptar a cambio, nuevamente, de otra condición: que nunca le mirara los pies. La promesa no se cumple (eran patas de oca) y la mujer se esfuma fulminantemente, quedando el pastor abatido hasta morir de melancolía poco después junto a aquella fuente (Alkaest; 2008).
Lo descrito en esta leyenda no es nuevo dentro del folclore popular europeo, aunque en este caso no se la presenta como un ser maléfico de extremada crueldad, si bien, indirectamente, se la relaciona con la bruja que aparece en el relato.
Sobre la existencia de brujas en la localidad soriana de Barahona, Gumersindo García Berlanga (2006) nos sumerge en su estudio, donde la Historia y lo legendario se funden. Quedan documentados los procesos inquisitoriales acaecidos durante la primera mitad del siglo XVI en el tribunal de Cuenca, al que pertenecía la localidad por ser parroquia de esta diócesis. En ellos son juzgadas por brujería varias mujeres procedentes de pueblos de la provincia de Guadalajara y aledaños, acusadas de celebrar fiestas diabólicas, juntas y aquelarres en esta pequeña localidad soriana donde existe el llamado campo de brujas, un confesionario de piedra con un agujero en medio y una cruz grabada, así como un pozo airón*.
(En el artículo sobre La Fuentona, ya mencionamos la posible relación de este topónimo con el del dios céltico del inframundo y las aguas Aironis, quizás como perduración del teónimo que se constata en el pozo del castillo de San Esteban de Gormaz (Airo), en las cercanías de Aldea del Pinar (Burgos) o en la lápida de Uclés (Cuenca) por citar algunos ejemplos.)
Supuesto altar en el "campo de las brujas" de Barahona
Llegados aquí, entendemos a las brujas como buscadoras del conocimiento y de una sabiduría oculta, dispuestas a transgredir los límites y en comunión con la Naturaleza, con los muertos y con otras entidades espirituales, de las que obtendrán favores como el poder de sanar o causar daño.  Prácticas, en definitiva, que han sido ejercidas desde la noche de los tiempos y que deben relacionarse con el primitivo chamanismo, aunque a menudo y sobre todo con el paso del tiempo, fueron vistas como meras supersticiones. 
Es en la Edad Media y sobre todo a partir de los siglos XVI y XVII, cuando su persecución fue mayor en relación al rechazo del cristianismo hacía todo tipo de actos de adivinación, adoración del fuego, piedras y fuentes. 
Son conocidas las referencias de autores clásicos respecto a ritos de adivinación entre los galaicos (Silio Itálico; III, 344) o entre las tropas de Escipión en el asedio de Numancia. Además, su relación con el mundo celtibérico puede rastrearse en el entorno cercano, concretamente en el Barranco del Rus, donde apareció un grabado rupestre celtibérico en un abrigo donde se representa un combate singular conocido únicamente por un calco de Juan Cabré (Alfayé; 2007). 

Grabado rupestre del "Barranco del Rus" entre Torrevicente y Lumias
Muchos de los aquelarres que se describen, posiblemente no serían más que reuniones de curanderos o saludadores para compartir sus conocimientos (tal y como hacían los druidas de la Europa céltica), donde charlaban alrededor de una comida, el caldero gastronómico, que en ningún caso incluiría niños, otra cosa es que la alta tasa de mortalidad de entonces les llevara a buscar culpables. 
En cuanto a sus calderos mágicos, a partir del conocimiento de las propiedades curativas de la naturaleza podemos distinguir varias finalidades, que van desde los destinados a hechizar (para bien o para mal), incluyendo los filtros amorosos, los meramente curativos y los ungüentos que provocan la sensación de volar al aquelarre o transformarse en animal.
Así, contamos con algunas leyendas cercanas como la de "El Puchero de la Verdad" (Zamora Lucas, F.), donde se narra que el alcalde de Almazán ofreció un puchero con miel a los habitantes de Maján, a quienes les consideraba certeros en su interpretación de un real privilegio de pastos, poniendo fin de esta manera a un pleito entre éstos y un pueblo vecino.
Por otro lado, en relación a algunos ejemplos de las plantas que utilizaban las mujeres sabias del mundo de la tradición serían la hierba de San Juan (antidepresivo), panaceas como el romero, la salvia y la valeriana y otras muchas como la acederilla, ajenjo mayor, brezo rojo, cambronera, cardo corredor, cola de caballo, diente de león, endrino, espliego, gayuba, hierba luisa, hinojo, malva, manzanilla, menta, ortiga, poleo, tomillo, etc., todas ellas muy conocidas en la tierra de Soria, que por otra parte ha sido puntera en el desarrollo de productos de herbolario. Entre las que ofrecen estados alterados de conciencia, contarían con plantas solanáceas que contienen alcaloides muy potentes, como la belladona y el estramonio (atropina), la datura o hierba del diablo, la mandrágora (usada para el amor), el acónito o el beleño negro. Este último fue llamado beluntia entre los pueblos celtas, derivado del dios Belenos, dios de la luz, el sol y el fuego. No olvidemos tampoco las diferentes especies de amanita muscaria, así como otras sustancias alucinógenas de origen animal como las extraídas de los sapos (bufotenina), descrito en el Auto de Logroño de 1610 donde fueron juzgadas las brujas de Zugarramurdi, quienes confiesan golpear sapos para extraerla.
Concluyendo, el tema de la brujería, entendido en su sentido primigenio, es abundante en toda la provincia apareciendo referencias también en la Sierra del Madero, así como en su toponimia: El Burgo de Osma (“Conjuros”), Recuerda (“Valdelabruja”), San Esteban de Gormaz (“cami­no del Carril de las Brujas”), Valdenebro (“Purgatorio”), Alcubilla de Avellaneda (“la Cruz del Diablo”), Agreda (“peña del Diablo”) y Blacos (“piedra del Diablo), (Sanz Elorza; 2015).

Que su magia nos acompañe y nos inspire...
Sep. 2017
Fuentes:
ALFAYÉ VILLA, S.: (2007): “Santuarios y rituales de la Hispania céltica”. Revista de Soria nº 58. Diputación Provincial de Soria.
ALKAEST (2008): “Lumias románicas, con patas de oca…”; en http://laberintoromanico.blogspot.com.
CALLEJO CABO, J; (1995): Hadas. Guía de los seres mágicos de España. Editorial Edaf. Madrid.

GARCÍA BERLANGA, G. (2006): De Barahona y sus brujas. Gráficas Ochoa. Soria.
SANZ ELORZA (2015): “Hagiotoponimia soriana. La impronta de lo sagrado en el paisaje. Revista de folclore nº 399. Fundación Joaquín Díaz.
ZAMORA LUCAS, F. (1998): Leyendas de Soria. (reedición) Ed. Patronato José María Cuadrado del C.S.I.C. Centro de Estudios sorianos. Soria.

SALUDADORES: PRÁCTICAS BRUJERILES CONTRA LA RABIA


Hacía la noche clara con la luna, de manera que pudieron ver que el hombre era mozo de gentil rostro y talle; venía vestido todo de lienzo blanco, y atravesada por las espaldas y ceñida a los pechos una como camisa o talega de lienzo. Llegaron a la barraca o toldo de Andrés, y con presteza encendieron lumbre y luz, y acudió luego la abuela de Preciosa a curar el herido, de quien ya le habían dado cuenta. Tomó algunos pelos de los perros, friólos en aceite, y, lavando primero con vino dos mordeduras que tenía en la pierna izquierda, le puso los pelos con el aceite en ellas y encima un poco de romero verde mascado; lióselo muy bien con paños limpios y santiguóle las heridas y díjole: -Dormid, amigo, que, con el ayuda de Dios, no será nada.
Miguel de Cervantes. “La Gitanilla” 
Viejas semblanzas que aún flotan en el aire, que perduran en nuestro inconsciente, historias que fueron de boca a oído y que todavía hoy nos siguen fascinando. Penetremos en el mundo de los curanderos, santeros, hechiceros, conjuradores, etc., personajes que en su conjunto quedaron englobados dentro de ese gran saco que es el de la brujería.
Una brujería que nada tendrá que ver con esa visión de personas que, por intermediación y pacto con el Diablo u otro demonio, obtenían poderes sobrenaturales de tipo maléfico, sino más bien con la herencia de antiguas prácticas paganas ligadas al mundo de lo espiritual
Es decir, que nuestro acercamiento a estas cuestiones se llevará a cabo en torno a la búsqueda de su propia lógica, no racional claro está, sino emocional y simbólica, en tanto en cuanto el hombre tradicional analizaba la realidad y buscaba su trasformación de acuerdo a unas prácticas mágicas que se creía condicionaban los acontecimientos naturales.
Por ello, entendemos a las brujas y brujos como buscadores del conocimiento y de una sabiduría oculta, dispuestos a transgredir los límites y en comunión con la Naturaleza, con los muertos y con otras entidades espirituales, de las que obtendrán favores como el poder de sanar o causar daño. Prácticas, en definitiva, que han sido ejercidas desde la noche de los tiempos y que deben relacionarse con el primitivo chamanismo, aunque a menudo y sobre todo con el paso del tiempo, serían vistas como meras supersticiones.
No obstante, la palabra superstitio, etimológicamente viene a significar “por encima y más allá de lo regular”, lo cual hace probable que inicialmente no fuera visto como algo estúpido o innoble. Aunque el término halla sido utilizado mayoritariamente en dos sentidos muy cercanos entre sí: el de una falsa creencia o conocimiento y el de una creencia disfrazada de conocimiento.
En definitiva, creencias populares que han estado muy vivas hasta la mecanización del campo, no hace mucho de aquello y cuya aceptación iría variando en cada época.
Así, ya desde el siglo VI fueron criticadas y denunciadas por la jerarquía eclesiástica, como en el caso de San Martín de Dumio en su “De correctione rusticorum” o en el  llamado “Sermón contra las supersticiones rurales” recogido por el Segundo Concilio de Braga del año 572. Un siglo después  secondenan a todos aquellos que seguían rindiendo culto a los espíritus de las fuentes, pues era práctica frecuente llevarles ofrendas de pan y vino e incluso sacrificios de animales. Del mismo modo se sancionaría a los veneratores lapidum (adoradores de piedras), cuya prohibición aparece en las actas del XII y XVI Concilios toledanos, donde no solo se persigue el tradicional culto de aquéllas, sino específicamente a las que el sentir conciliar consideraba como más peligrosas, las que contenían inscripciones votivas paganas.  
Relacionado directamente con la brujería, primeramente sería negada su existencia, tal y como se observa en el “Canon Episcopi” del siglo X, asimilándolo a imaginaciones impías perjudiciales para el hombre, siendo interesante el hecho de que recogiese numerosos testimonios de mujeres poseídas por el Diablo e incluso por la diosa Diana, además de ofrecer datos sobre los primeros aquelarres.  

Quinientos años más tarde, se pasaría a sostener oficialmente que quienes afirmaban que el vuelo de las brujas era simplemente una ilusión estaban asociados con el diablo, cambiando el tercio para proceder a su condena y persecución, tal y como expone el famoso tratado del “Malleus Maleficarum” de 1487 que se difundiría por toda Europa.
En un ámbito más local y haciendo alusión a las constituciones sinodiales del Obispado de Osma (Soria) celebradas en julio de 1584, vemos de nuevo un firme rechazo por parte de las autoridades eclesiásticas a todo tipo de actos de adivinación, adoración del fuego, piedras y fuentes. Concretamente nos encontramos con la prohibición de la celebración de “misas supersticiosas” que se salían de la ortodoxia de Roma, como por ejemplo aquellas relacionadas con la bendición de los campos, ramos y candelas fuera de la iglesia. También se perseguiría la costumbre de tañer las campanas para espantar a las tormentas (“tocar a nublo”), sumergir la imagen del santo en una fuente en épocas de sequía para propiciar las lluvias o hacer determinadas representaciones dramáticas y danzas. Y cómo no, la reprobación de prácticas curativas como las que se llevaban a cabo en la noche de San Juan, siempre relacionadas con la vegetación y las aguas. Es precisamente en el siglo XVI cuando tuvieron lugar los procesos inquisitoriales contra las llamadas brujas de Barahona (Soria), acusadas de celebrar fiestas diabólicas, juntas y aquelarres.

Magia contra la rabia

Por el contrario, quisiéramos hacernos eco y profundizar en determinados personajes que hasta no hace demasiado tiempo no solo no fueron perseguidos y condenados por la Iglesia, sino que gozaron en nuestros pueblos de la consideración de las gentes y del apoyo de las autoridades.
Nos referimos a la figura del saludador, entendiendo por tales a aquellos curanderos dotados de un supuesto poder que les permitía sanar a las personas y animales afectados por el temido mal de la rabia o hidrofobia, empleando para ello su aliento y su saliva. De hecho, el término salutator-oris, vendría referido a aquel que restauraba la salud.
Desde su popularización en la Edad Media, se pensaba que el fluido corporal de estos personajes contenía ciertas propiedades curativas, por lo que en unos casos embadurnaban los labios del enfermo con saliva y luego le echaban el aliento por toda la piel de su cuerpo. En otros, mojaban sus labios con el agua de un vaso y con disimulo depositaban su saliva para que quedara en el fondo y lo bebiese el enfermo. Cuando se trataba de sanar animales, el saludador daba bocados de pan cortados con su boca y mojados en su saliva.
Representación de un “saludador”, en un grabado publicado por “Nuevo Mundo” en 1908
Sin embargo, otros saludadores pretendían curar untando la herida del enfermo con sangre del perro rabioso que la había hecho, o bien echando sobre la herida de la persona mordida la ceniza que resultaba de quemar los pelos del perro que la había causado, tal y como nos relatara el mismísimo Cervantes en una de sus novelas ejemplares titulada “La Gitanilla”. (Asimismo aparecen también referencias en otras obras de nuestra literatura clásica, como por ejemplo, en “El Lazarillo de Tormes”, en la poesía satírica de Quevedo o en los dramas de Calderón de la Barca).
Pero éstas no serían las únicas tareas encomendadas a los saludadores, pues llegarían a ampliar sus servicios luchando contra otros padecimientos o contagios e incluso preservando las cosechas y librando a las poblaciones y sus ganados de las alimañas.

Ahora bien, para ser considerado saludador se decía tenían que cumplir determinados requisitos de nacimiento, a la vez que superar diversas pruebas.
Entre los primeros estarían el haber nacido en Jueves o Viernes Santo, ser el séptimo varón de siete hermanos, haber llorado en el vientre de la madre, o nacer con el “mantillo” (la bolsa amniótica que normalmente es expulsada algo después del bebé). También se hablaba de que algunos poseían una serie de signos distintivos habitualmente ubicados debajo de la lengua o en el paladar como la rueda de Santa Catalina o una representación de la cruz.
Añadir que también habría quienes afirmasen que este tipo de curanderos fuesen descendientes de Santa Quiteria, protectora contra la rabia (hidrofobia), cuya hagiografía nos narra que sería devorada por una jauría de perros, siendo hallados sus restos en el camino que une Marjaliza y Sonseca (Toledo), donde hoy día existen las ruinas de un antiguo Monasterio, el de San Pedro de La Mata, datado de época Visigoda (siglo V).
Dicha santa cuenta todavía hoy con un buen número de templos dedicados a su culto, sobre todo en Aragón o en la propia Marjaliza (Toledo), mientras que en Soria estuvo también presente en una ermita del municipio de Somaén, ya desaparecida.
Ermita de Santa Quiteria (Somaén, Soria)
Las pruebas por las que tenían que pasar los saludadores solían consistir en pisar con los pies desnudos una barra de hierro al rojo o apagar con la lengua un ascua encendida sin que hicieran mella en el aspirante. En definitiva pruebas referidas a su tolerancia al calor, pues también existieron testimonios asegurando que no sufrían daño alguno con el agua o el aceite hirviendo.

Cierto o no, el caso es que se desconoce si todos ellos fueron capaces de superarlas, o si más bien los poderes les eran heredados de padres a hijos, siguiendo así la tradición dentro de las familias, aclarando que el oficio de saludador no debió ser exclusivo de los hombres, aunque parecen haber sido mayoritarios. 
Saludadores sorianos
En relación con los saludadores de la provincia de Soria, contamos con documentación relativa a la solicitud de servicios por parte de la villa episcopal de El Burgo de Osma de oficiantes del municipio de Herreros, al no existir saludador propio encargado de esos menesteres. Así, en 1601, el propio Ayuntamiento pagó 2.555 maravedís al saludador de Herreros que vino a saludar al ganado enfermo. En 1620 se documenta un descargo de 12 reales por ir de nuevo en su búsqueda. Y ya en 1667 se abonan otros 22 reales de la paga de fin de diciembre a Bartolomé Sanz, saludador y también vecino de Herreros, donde sin duda debió haber una gran tradición. 
Vistas de Herreros (Soria)
Ya a mediados del siglo XVIII y en el mencionado Catastro de la Ensenada, fueron registrados como tales cinco saludadores en cuatro localidades de Soria: Deza, Berlanga de Duero, Castilfrío de la Sierra y San Esteban de Gormaz.
No obstante, ante la proliferación de embaucadores que se lucraban a partir de sus supuestas dotes sanadoras, serían habituales los procesos de fe por honor de oficio por parte de los Tribunales de la Inquisición. De hecho, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, lo sigue definiendo como “Embaucador que se dedica a curar o precaver la rabia u otros males con el aliento, la saliva y ciertas deprecaciones y fórmulas”.
Tal y como acabamos de ver, los saludadores serían requeridos y contratados con frecuencia por parte de asociaciones de labradores, particulares y por los Concejos o Ayuntamientos, llegando incluso en ocasiones a consignarse una cantidad permanente o retribución anual.
A mediados del XVIII comenzarían a promulgarse órdenes que indicaban no recurrir ni contratar a saludadores, aunque su arraigo popular y social haría que siguiesen ejerciendo con total impunidad. Sería a partir del último tercio del siglo XIX, con el descubrimiento del virus rábico, cuando se empezara a dejar de recurrir a sus servicios, al menos oficialmente, dándose protagonismo a la intervención de médicos y veterinarios. 
A pesar de ello, la actividad de los saludadores todavía se prolongaría hasta bien entrado el siglo XX, donde nos encontramos a través de la prensa de la época informaciones referidas a denuncias contra saludadores y curanderos, como en el episodio acaecido en 1907 en el pueblo soriano de Valdanzo, donde la Junta local de Sanidad había dictaminado la cremación de un pollino afectado por la rabia, cuyo dueño haría caso omiso contratando un saludador ambulante.  
De la licantropía a los saludadores
Llama la atención que los saludadores fuesen todo lo contrario a la mitología de los hombres lobo o licántropos, aunque quizás pudieron haber compartido un mismo sustrato remoto que con el paso del tiempo se fuese diluyendo dentro del folclore popular.
Este tipo de creencias fueron muy recurrentes en las leyendas de todo el mundo, en sus diferentes formas. Así, la licantropía, que debe su nombre al mítico rey Licaón de Arcadia en el Peloponeso (Grecia), quien fuese convertido en lobo por la ira de Zeus, entraña una cosmovisión profunda, impregnada por la magia y los ritos de paso de las antiguas cofradías guerreras germánicas y célticas. Es decir, la de aquellos “guerreros lobo” que formaban bandas articuladas alrededor de un líder, con el que quedaban vinculados a través de lazos clientelares, consagrándose hasta la muerte (devotio). Todo ello tras tener que superar una serie de pruebas con sus consiguientes ceremonias mágico-religiosas de iniciación, relacionadas con la noche, la luna, el fuego o el lobo y con la ingestión de determinadas plantas o bebidas que inducirían a estados alterados de conciencia con las que adquieren facultades características de una bestia salvaje que infunde terror al enemigo.
Vaso de los guerreros, Numancia
Rabia guerrera, furor o frenesí que serían características propias de la belicosidad de los pueblos indoeuropeos y que aparecen reflejadas en algunas citas de autores clásicos, como Apiano (Iber, 54 y 67), Tácito (Germ.XLIII) y Silio Itálico (XVI, 44-67), en la propia mitología irlandesa de tradición céltica o en las sagas nórdicas posteriores que describen al guerrero berserk, figura por antonomasia de este tipo de cualidades. 
Igualmente, contamos con referencias que aluden a la tradición popular de vestirse con máscaras de animales, hoy todavía conservada en muchos pueblos, como la de los jinetes celtibéricos de Uxama, que “con caras y fauces de fieras hacen terribles sus morriones” (Silio Itálico, III, 348).
Fragmento de trompa con forma de lobo (Numancia)
En este sentido, es sabido el empleo de la piel del lobo entre los heraldos celtíberos, así como la denominación que recibían este tipo de mitos ya bajo la dominación romana: versipellis, es decir, “el individuo que cambia de piel”, elemento al que parece concedérsele una gran importancia en las metamorfosis. Algunas de estas viejas creencias, pudieron haber sido reinterpretadas posteriormente por el cristianismo a través de santidades relacionadas con la curación de la dermis, como el propio San Antonio Abad, San Antón o San Bartolomé. Baste recordar cómo la tradición popular extiende la creencia de quemar la piel de lobo como fórmula mágica para hacer regresar al maldito a su aspecto humano, práctica que como hemos visto emplearían algunos saludadores contra los rabiosos.
Por tanto, este tipo de magia guerrera propia de la Edad del Hierro en la que unos iniciados adquirían facultades de ferocidad y resistencia propia de animales salvajes, parece estar en el origen del mito de los Hombres-Lobo que la tradición popular irá incorporando. Perdiendo progresivamente su sentido original como potencial para la guerra, para ir siendo sustituido por uno más negativo, asociado a la maldición del que lo padece, relacionada con algún aspecto moral que pretende reprobarse.
Así, a partir de la Edad Media la figura del licántropo aparece ligada a los hechizos de brujas y por eso se estudiarán junto con éstas, de las que se diría se reunían en el monte y a través de un ungüento de lobo se trasformaban en bestias...

Relatos que se irán repitiendo y trasformando a lo largo y ancho de Europa: Son los not of one skin de Noruega e Islandia, el lobisomem en Portugal, loup garou en Francia, vodkolav en Eslovaquia, bleiv-garv en Bretaña y por supuesto la figura del lobishome gallego, auténticos asesinos psicópatas que causarán el pánico entre las poblaciones rurales. 
Creencias, en definitiva, que tendrán un gran arraigo popular, y que en ámbitos más cercanos son recogidas con sus múltiples variantes, como por ejemplo en tierras leonesas, donde los pastores que hubiesen visto un lobo debían abstenerse de mirar a las mujeres y a los niños para no trasmitirles un hechizo, o la profusión de amuletos relacionados con los dientes de lobo para evitar el mal de ojo.
En este sentido, merece la pena resaltar la similitud que guardan algunos de los aspectos sobrenaturales que guardan los saludadores con los licántropos, como el hecho de tener que ser el séptimo hijo, propio de la idea de que éstos tenían un intelecto superior, además de nacer con el don de la doble visión, de la premonición y del poder curativo. Según las tradiciones que han llegado hasta nuestros días, estos niños tenían la capacidad de conectar con otros planos de existencia, aunque el siete no deja de ser un número sagrado desde la Antigüedad. De hecho durante mucho tiempo al séptimo hijo varón se lo llamaba Séptimus y se lo destinaba al estudio de la medicina.
Por otro lado, también habría que tener en cuenta lo que supondría la rabia en el mundo rural preindustrial, cuyo origen era considerado divino e incluso relacionado con maldiciones provenientes de los demonios. El hecho de ser mordido por un perro rabioso significaba morir a manos de una de las enfermedades más temidas por la humanidad. 
Parándonos en la descripción de los síntomas de la enfermedad, podemos ver como los primeros indicios de contagio (simplemente a través del contacto con la saliva de un animal infectado) empezaban con un dolor de cabeza y angustia en la zona de la mordedura, desde donde el virus iría subiendo por el sistema nervioso hasta el cerebro provocando fiebres y un malestar que precedía a la encefalitis. Además generaría hidrofobia, manifestada mediante espasmos violentos al intentar beber agua, junto a ataques de terror, depresión nerviosa, agresividad, furia, necesidad de morder, alucinaciones visuales y auditivas, babas y delirios durante tres días. Finalmente se sucedería una etapa de parálisis que acababa con la muerte del portador del virus.
Algo terrible, tal y como hemos descrito de forma sucinta, lo que quizás explique que incluso la Iglesia probase con todo tipo de magias su curación. Hasta que Luis Pasteur descubriera finalmente su vacuna en 1885, resultando curioso que la última víctima de esta enfermedad en España se produjese en 1975 en un médico mordido por su propio perro.
Retrato de Manuel Blanco Romasanta, único acusado judicialmente de licantropía en España (1853). Fue condenado a morir al garrote vil. 

Asimismo, no sería extraño ante semejante cuadro clínico la aparición de otro tipo de mitos como los de los “chupadores de sangre”, o lo que es lo mismo, el vampirismo. Estos llegarían a popularizarse en Europa desde mediados del S.XVIII, siempre asociados a zonas que sufrieron importantes brotes de rabia y muy en consonancia con las leyendas de los Hombres-Lobo. Documentados están por la arqueología casos de tratamiento o exorcismo antivampírico hallados en enterramientos de Bulgaria, Italia y Polonia, donde se procediese a la decapitación del cadaver o a su estacamiento y obstrucción bucal. Tampoco faltarían en nuestra piel de toro en forma de leyendas de este tipo, como las de la xuxona en Galicia, la guaxa asturiana y muy especialmente en el área catalana con la dama de la torre Malaveïna, el conde Estruch, el conde Arnau o el Ugarés del castillo de Estela. 
Hallazgo de la llamada “Vampira de Venecia”, acusada de alimentarse de cadáveres en el siglo XVI. 

Pudiese ser, tal y como apunta la ciencia, que buena parte de estas leyendas surgiesen como explicación de enfermedades de las que no se tenía respuesta racional, como la esquizofrenia, la porfiría o la mencionada rabia. No obstante, pensamos que no todo puede explicarse por estas vías, ya que como hemos visto sus orígenes parecen muy lejanos, penetrando en el imaginario popular del hombre premoderno hasta llegar a nosotros con sus deformaciones y corrupciones, pero siempre desde la óptica mágica y simbólica del hombre de aquel tiempo.
Valgan estas modestas pinceladas para visualizar el oficio de los saludadores, sin duda uno de los pocos personajes asociados a la brujería que no sufrieron el rechazo generalizado del pensamiento dominante. Sería porque la maldición de su nacimiento fuese para hacer el bien luchando contra la rabia, o quizás por aquello del “haberlos haylos”, no fuese que funcionase y todo, quién sabe...
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