LA DIOSA DRUSUNA: A LAS PUERTAS DE UN SANTUARIO OLVIDADO

En cada uno de nuestros pueblos, detrás de cada curva del camino, en lo alto de los montes, siguiendo el curso de los ríos, en cada piedra…, ahí nos está esperando la esencia de la Soria mágica para ayudarnos a desentrañar sus secretos, para desenredar la madeja, sólo es cuestión de tirar del hilo y dejarse llevar.
En esta ocasión nos trasladamos al rincón en el que Castilla cambia de color, donde se sitúa la pequeña localidad de Olmillos, actualmente integrada dentro del municipio de San Esteban de Gormaz, tierra que nos susurra el recuerdo de su intensa actividad de frontera. Bajo un limpio horizonte que no resulta ajeno al caminante, transitamos sus caminos desgastados. A nuestros pies, la vieja calzada de Quinea, una vía secundaria que antiguamente unía las ciudades de Uxama y Tiermes y llegaba hasta Segontia, citada siglos después en El Cantar del Mio Cid como sendero seguido por el de Vivar en su destierro, compartiendo a su vez tramos con la Ruta de la Lana, uno de los trazados comerciales más antiguos de la Península.
Pero será la majestuosidad del Duero la que nos interrumpa mansamente, mostrándonos uno de los antiguos pasos en barca que facilitaban una rápida conexión con El Burgo de Osma, distante a tan solo 8 kilómetros de donde nos encontramos. Junto al río, se alza una pequeña ermita dedicada a San Hipólito, cuyo santero antaño era el encargado de controlar la barca de paso, de la que se dice que junto a las de los pueblos de Vildé y Navapalos “eran de tan mala construcción, que daba lugar a lamentables desgracias”.
Es en este lugar sacralizado donde creemos que puede partir nuestra modesta historia, ya que en sus cercanías se produjo el hallazgo de dos altares realizados en piedra caliza con inscripciones de época romana dedicadas por individuos de dos familias diferentes que aluden a una misma divinidad de raíz céltica desconocida hasta el momento.
El primero de ellos (43x24x20 cm), concretamente apareció enterrado en el interior de un corral situado en la calle Mayor de la localidad. Su estado de conservación impide una clara transcripción de las letras, como enseguida veremos, aunque el hecho de que aparezca una interrupción en forma de hiedra permite acercar su datación en torno al siglo II d.C., no faltando quienes la elevan hasta el siglo III d.C. (Gómez Pantoja, 2005; Blázquez Martínez, 2006).
Atendiendo a su lectura epigráfica, se observa que el nombre de la divinidad ocupa una posición destacada del altar, seguida del nombre de los dedicantes y su filiación. Así, en una primera lectura se pudo leer lo siguiente:

Drusune / Cisa / Dioc(um) S / uattan(ifilia) / u(otum) s(oluit)
A Drusuna Cisa Diocum (?) Hija de Suattanus le pagó voluntariamente su voto y merecidamente.

No obstante, una reciente revisión de la pieza (Olivares Pedreño, 2015) difiere en relación a la cuarta letra del nombre de la divinidad, que más bien parece tratarse de una B, por lo que el teónimo sería DRUBUNE. Además, se apunta que no está claro el nombre Suattanus, pudiendo tratarse más bien de Muntanus, testimoniado en Hispania, aunque la primera letra es ilegible. Igualmente, pudo detectarse en la segunda línea dos letras iniciales (NE-) hasta ahora desapercibidas, lo que llevan a interpretar el teónimo junto al apelativo Necisad[.], cuya última letra debería ser E.
De tal manera, siguiendo esta última revisión, la pieza podría decir lo siguiente:

Drubune Necisad[e?] Diocus [.]untanuṣ ụ(otum) ṣ(oluit) ḷ(ibens) ṃ(erito)

La segunda pieza (54x37x25 cm) apareció en la puerta de entrada al recinto agrícola donde se halló la anterior, estando mucho mejor conservada, por lo que su lectura resultó más clara:


Atto Ca / ebaliq(um) / Elaesi f(ilius) / D(rubune) u(otum) s(oluit) l(ibens) m(erito).
A Dru(S/B)una, Atto Caebaliqum (?) Hijo de Elaesus pagó su voto de buena gana y merecidamente”

Vemos aquí que el nombre de la divinidad está abreviado, dándose por hecho que aluda a la misma que en el anterior altar, además de que tanto el nombre del padre del dedicante (Elaesus) como el paenomen del dedicador (Atto) sea de origen indígena, y por lo tanto celtíbero. 
Se desconoce cuál pudiera ser la ubicación original de sendas piezas, posiblemente en algún pequeño santuario rural pagano donde se realizarían los rituales de cremación de las ofrendas a la deidad, dentro del territorio de la ciudad arévaco-romana de Uxama Argaela,  a juzgar por su cercanía, y quién sabe si en el mismo lugar que hoy ocupa la ermita de San Hipólito. 

Respecto a los posibles paralelos de la divinidad, únicamente se ha encontrado el teónimo Drusuna en una dedicatoria de Segobriga (Cuenca), aunque como hemos visto, la reciente revisión de la lectura epigráfica del primero de los altares siembra serias dudas al respecto (Abascal y Cebrián, 2000). Si bien contamos con evidencias de posibles relaciones de uxamenses en Segobriga, a juzgar por algunas inscripciones aparecidas en el yacimiento conquense bajo la denominación de Argaeli, quizás relacionados con posibles desplazamientos de pastores trashumantes procedentes de la ciudad arévaca (Gómez Pantoja, 1995b), en cuyo territorio, como hemos indicado, nos hallamos.  

  • Perduración del universo de creencias celtibéricas

El hallazgo, a pesar de todas las sombras que proyecta a la hora de establecer  hipótesis, deja entrever una vez más,  que muchas de las creencias que estaban vivas en el momento en el que hace aparición la civilización romana en Celtiberia no parecen desaparecer por completo, sino que se reinterpretan y adaptan a través de un largo proceso, propiciando la creación de un universo religioso de nuevo cuño que no sería totalmente romano, pero tampoco indígena.
Esto parece acontecer sobre todo en aquellas zonas retardatarias cuyas familias estaban fuertemente unidas por lazos ancestrales y vinculadas a un ámbito territorial en el que el desarrollo social y político no había alcanzado cuotas excesivamente elevadas. De tal manera, las religiones privadas o familiares debieron ser la tónica dominante de estas gentes, es decir a nivel local y en base a las relaciones de parentesco con una divinidad protectora, lo que les permite su pervivencia con la romanización y más allá de la Antigüedad tardía, ya que no supondrían un peligro respecto a la promoción del culto imperial.
Así se explicaría que varios siglos después de la conquista de Celtiberia por Roma sigamos encontrando denominaciones de lugares, personas, familias, divinidades y cultos propios de la Edad del Hierro, aunque quizás lo que más variase fuese el ritual, ya que con la romanización se introduce la costumbre de dedicar altares y cumplir promesas en honor de los dioses, además de plasmarse iconográficamente viejas creencias que hasta entonces se caracterizaban por ser anicónicas y por la ausencia de templos.
No parece que fuese hasta el siglo V d.C. cuando se produzca la persecución y condena de estas creencias no contaminadas, tal y como reflejan las actas conciliares (véanse del XII al XVI Concilio de Toledo) que insisten en no utilizar servicios de adivinos, ni adorar a los viejos cultos paganos supersticiosos de la naturaleza que seguirán manifestándose bajo la forma de religiones sumergidas como la hechicería o formas similares.
Con todo, creemos estar ante todo un elenco de creencias, costumbres y tradiciones que perduran en buena medida sobre todo en zonas rurales, la mayoría, aunque difuminadas por el paso del tiempo, quedando reforzadas con la suma de elementos de tipo germánico visigodo a partir de la descomposición del Imperio Romano, en esencia de raíz común indoeuropea. Si bien, la presencia del islam desvanecerá en gran medida gran parte de las tradiciones más profundas de estas gentes ahora en tierra de frontera, sobre todo en lo que concierne al mundo de las creencias, como ocurre en gran parte del centro y sur peninsular, aunque de nuevo serán revitalizadas con la repoblación medieval procedente del norte donde si se mantuvieron limpios, sincretizados o fundidos con los cultos romanos, adoptando como forma de religiones sumergidas.
  • Antiguas formas de sacerdocio prerromano

Es así que, siguiendo la línea apuntada líneas atrás, podríamos entender la no constatación de un sacerdocio druídico en la Península Ibérica, pero si posiblemente de uno en un grado menor que hubiera mantenido vivo este tipo de creencias colectivas ancladas a un territorio y a unos antepasados determinados (Santos Crespo Ortíz de Zárate, 1997).
Al respecto, Marco Simón, F. (2005) comenta la existencia de algunos indicios de dicho sacerdocio, como por ejemplo la representación de una escena de sacrificio de un ave sobre un altar protagonizada por un oficiante tocado de gorro cónico representado en un vaso cerámico de una Numancia ya derrotada definitivamente por Roma. Este mismo autor apunta también la posible constatación de sacerdocio a partir de la inscripción en lengua celtibérica de la llamada tésera de Arekorata (Muro, Soria), donde aparece el término ueizos que califica al nombre propio Bistiros de los Lastikos, relacionado con el teiuoreikis del Bronce de Luzaga que denota una categoría superior a la del mero redactor del texto y cuyo significado podría tener que ver con la raíz *weid- (“ver”, “saber”).
En este sentido, y buscando el significado etimológico de druida, tradicionalmente se ha interpretado que la raíz *deru- / *dr(e)u-  pudiese haber significado ‘árbol’, en base a la definición aportada por Plinio (Historia Naturalis, XVI, 249), quien comenta que los druidas toman su nombre de la encina «de la cual recogen el muérdago, y comen las bellotas para adquirir sus facultades adivinatorias».
No obstante, hay quienes consideran que la asociación etimológica de druida y roble es equivocada, relacionando drúi con súi, que significa «sabio»; su (=bien) o dru =fuerte), junto a la raíz verbal *weid (=saber), al igual que aparece en el Bronce de Luzaga, por lo que los druidas podrían haber sido algo así como «los muy prudentes» o «los muy sabios», y no «los hombres del roble tal y como apuntaba Plinio.
  • ¿Quién fue la diosa Dru(s/b)una?

A tenor de los apuntes lingüísticos que acabamos de comentar, la raíz del teónimo Dru(s/b)une, a primera vista bien podría estar haciendo referencia a aquellos árboles del género quercus, como el roble o la encina, relacionado a su vez con el otro sentido de esa raíz, ‘poderoso’ o ‘robusto’, pero también con la madera y diversos utensilios creados con este material (¿una barca?). Pero si tenemos en cuenta las dudas planteadas anteriormente respecto a la asociación de la raíz etimológica dru con los árboles, cualquier hipótesis resulta imprecisa.
Si bien, en las cercanías del paraje de la ermita de San Hipólito nos ha llamado la atención que aún pervive, aunque sensiblemente reducido, un gran encinar que los lugareños denominan “El Chaparral”. Sus árboles eran un bien que se repartía entre todos sus vecinos, quedando algunos reservados a la propia Iglesia, como el llamado “carrasco de San Roque”. Éste debió tener claras connotaciones sagradas, a juzgar por la información que desvelan sus propios vecinos, puesto que durante la celebración de luminarias durante el martes de carnaval, siempre se debía aportar al menos una rama de ese árbol a la gran hoguera que se disponía en la plaza de la aldea, donde posteriormente se saltaba sobre las ascuas, se ahumaban a las mujeres cogiéndolas por los brazos y piernas, recogiendo así costumbres relacionadas con el ciclo agrícola de origen pagano.  
Por otro lado, y atendiendo a la lingüística el apelativo Necisad[e], siguiendo a  Olivares Pedreño (2015), este podría derivar del protoindoeuropeo *neḱ- “muerte”, “difunto”. Es así que de nuevo fijamos la mirada en el entorno de la ermita de San Hipólito, atendiendo a la idea de que el tránsito al Más Allá en el mundo celta estuvo muy vinculada a las aguas, residencia de algunas divinidades indoeuropeas como las conocidas Deva y Navia.  
El citado bosque de encinas, junto a la presencia de un curso de agua como el del río Duero abren la posibilidad de que fuese este el lugar el lugar donde se hubiese erigido  un pequeño santuario que recordase formas de religiosidad anteriores en un momento ya avanzado. Al respecto son muchos los ejemplos que relacionan los cursos de agua con puertas de entrada a ultratumba, como en la cita Estrabón (Geo. III,3,4) referida al cruce del río Lethes (Limia, Orense), considerado por sus tropas como río del Olvido. Igualmente, encontramos dentro de la mitología de tradición celta irlandesa la creencia en espíritus elementales que habitan en los sídhe, esto es, en montículos, ruinas, fuentes, ríos y lagos. Este mundo intermedio estaría gobernado por distintos reyes y reinas de hadas que tendrían sus propios palacios, donde celebraban banquetes, tocaban música e incluso guerreaban con las tribus vecinas, creencias que fueron impregnando en buena parte de las leyendas y tradiciones hasta tiempos relativamente recientes, apareciendo bajo la denominación de hadas, ninfas, lamias, xanas, elfos, mouras o moras. 
Del mismo modo en el mundo indo-iranio encontramos divinidades vinculadas a los ríos como Saravasti, asociadas a la fertilidad, la salud, la descendencia y la vitalidad, la que progresivamente se identificaría con Vac, la personificación de la sabiduría y la elocuencia (¿dru?).
Tampoco faltan los hallazgos de ofrendas, generalmente armas y otros objetos metálicos, entregadas una vez inutilizadas a las aguas, siendo el más cercano el hallazgo de un casco celtibérico recuperado en una sola pieza (Siglo III a.C.) en la Fuentona (Muriel de la Fuente, Soria), que podría relacionarse con el carácter simbólico de los ríos como puntos de salida/entrada físico y funerario, vinculado a la idea de muerte y regeneración.
Asimismo, la propia diosa Epona, cuyos testimonios epigráficos peninsulares se reducen únicamente a tres inscripciones en las áreas cántabra y celtibérica, era sobre todo, la protectora y guía de los muertos al Otro Mundo, aunque su polivalencia abarque muchos matices, como su estrecho vínculo con el caballo o su relación con la reproducción y la fertilidad animal.
Otra vía de búsqueda sería tratar de ver si existiese alguna relación entre las connotaciones sagradas que encierra el propio culto a San Hipólito y el universo religioso precristiano. En este sentido la relación de San Hipólito y los caballos es obvia, siendo un claro ejemplo de mito clásico reinterpretado en clave cristiana. Así se produce la identificación del mártir cristiano que moriría arrastrado por sus caballos, con el  personaje mitológico de Hipólito, del que se dice fue hijo de Teseo y de una Amazona, cuya castidad por devoción a Artemis-Diana le costaría una muerte violenta y prematura, pero también le haría merecedor de la resurrección. El origen de esta asociación estaría en el himno 11 del Peristephanon de Prudencio (Perist.11.86, Adfirmant dicier Hippolytum), de finales del s.IV, sin duda bebedor de los relatos de Séneca, Virgilio, Ovidio y otros muchos autores clásicos.
De hecho, su festividad se celebra el 13 de agosto, día que según la tradición en Olmillos se llevaban los rebaños de ovejas y mulas de los pueblos de alrededor, a darle vueltas alrededor de la ermita para conseguir los favores del santo, ritual relacionado con la fertilidad animal. Curiosamente, ese mismo día coincide con la fiesta de Diana del calendario romano pagano, diosa de la caza relacionada con los animales, la luna y las tierras salvajes, que formaba una trinidad con otras dos deidades, la ninfa acuática Egeria, su sirviente y ayudante comadrona, y Virbio, el dios de los bosques. Diana tenía sus santuarios cerca de cursos de agua, quedando asociada como hemos visto al mundo de las hadas, siendo la primera divinidad femenina del Panteón Hispano-romano a quien le eran dedicados bosques de robles. Pero no se conoce ningún testimonio, ni literario ni material, de una posible relación entre Hipólito y el santuario más conocido de Diana en Roma, junto al lago Nemi, del que se dice que acudían las mujeres a pedir protección para el parto, mientras que los hombres aprovechaban para purificarse por los animales salvajes que habían matado, estando los caballos excluidos en el recinto.

No obstante, en Hispania es posible que hubiese varias Dianas, correspondiente a las diferentes diosas prerromanas de características similares a la latina, además de que una misma deidad pudo haber sido adorada bajo diferentes epítetos en diferentes áreas, hecho que explicaría las más de 200 deidades constatadas epigráficamente en la Península.

Concluyendo, y siendo conscientes que nos movemos en un terreno meramente especulativo, Dru(s/b)una pudiera haber sido una divinidad antigua de carácter rural, que dentro del territorio perteneciente a Uxama Argaela hubiese seguido siendo objeto de culto con la romanización en el entorno en el que hoy día se ubica la ermita de San Hipólito, donde todavía existen fuertes reminiscencias que aluden a su funcionalidad protectora de la fertilidad animal, las aguas y los bosques.
Estemos o no en la pista de conocer a esta divinidad pagana, quedémonos con la magia del paraje silvestre, junto al Duero y en el límite de lo que antaño sería un gran bosque virgen propicio para ser guardado por cierto "genius loci" que convierte al lugar en sagrado y por lo tanto susceptible de ser reverenciado bajo el manto del nombre del santo cristiano, Diana, o cualquier otro nombre inmemorial como Drusuna, a cuyo encuentro nos hemos dirigido, pues aquí pervive la Soria Mágica.
Referencias bibliográficas:

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(2012): “El barquero de San Hipólito”, en  http://latorredemorales.blogspot.com.es

Información oral proporcionada por Irene y María de Olmillos, quienes se encargan de extraer de sus mayores el tesoro de sus recuerdos.   




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