LA ESENCIA CELTA DE LA "SORIA MÁGICA"

Tras un largo invierno llega la primavera y en territorio pelendón salimos de nuestro letargo con el brotar de los primeros tallos verdes y el nacimiento de nuevos miembros de nuestra cabaña ganadera. Este renacer de la naturaleza, que será festejado en la festividad de Beltaine donde pingaremos el mayo, nos pone en marcha para volver a guerrear y presentar las reflexiones llevadas a cabo durante este largo periodo de inactividad. La lucha por conseguir el sustento diario del clan, además de la cría y entrenamiento de los jóvenes jabatos que mañana continuarán por la senda iniciada desde la larga noche de los tiempos podrá ser compaginada con la marcha hacía vuestro encuentro.

Así pues, la campaña que se inicia estará enfocada en sacar fuera la necesidad imperiosa que muchos sentimos a la hora de buscar la raíz más profunda que hay en nuestro interior. Algo se mueve dentro, relacionado posiblemente con el anhelo de escapar de un mundo moderno y globalizado que nos consume y en el que nos vemos anclados, donde lo material, la economía y lo técnico parecen impregnarlo todo, olvidando lo más autentico de nuestro ser, es decir la sabiduría de nuestros antepasados, cuya huella se trasluce a partir de su historia y del conocimiento de las costumbres y tradiciones ancestrales de los pueblos.
No se trata de caer en vagos idealismos románticos a la hora de emprender la búsqueda de nuestra propia esencia ancestral, ni en denostar los innegables avances que nos trajo la modernidad, sino incidir en ese desarraigo y en la necesidad de recuperar o reinventar, sin perder la conciencia crítica, otra manera de concebir el mundo en conexión con lo más “puro” del interior del ser humano, inherente a lo largo de milenios.
Es por ello que sentimos la necesidad de empoderarnos, aunque no seamos conscientes de ello, y el ansia de marchar al reencuentro con nuestra propia identidad, la cual podría mejorarnos en lo humano y por qué no en la vida y en el desarrollo económico de aquellas zonas rurales de interior que sufren la mayor tasa de despoblación de Europa y que ahora se equipara a las de Laponia.
En el caso que aquí presento, la llamada de lo ancestral me lleva al alba de la Edad del Hierro, a medio camino entre lo más “salvaje” y “primario” de nuestra Prehistoria y la entrada en la Historia, punto de partida, a mi entender, de la configuración de un cúmulo de tradiciones, creencias y costumbres que han acompañado al hombre a lo largo de todo su recorrido hasta el presente.
1-    LA RAÍZ DE NUESTRA HISTORIA
En Soria  la esencia más pura del ser humano nunca llegó a desaparecer del todo, fruto de un devenir histórico en el que el progreso y la modernidad chocaron abiertamente con las formas de vida de sus gentes. Apegados a una concepción del mundo en el que el hombre integraba la naturaleza que le rodeaba a su propio ser y construía su propia identidad en base a toda una serie de valores éticos y espirituales que se fueron transmitiendo a lo largo de generaciones, nos encontramos con la forja de un modo de vida campesino que se fue adaptando al paso del tiempo y a unas necesidades que escapaban de lo estrictamente material de la actualidad.
 LA EDAD DEL HIERRO
Partiendo de las fuentes de información disponibles para el conocimiento de la Primera Edad del Hierro (siglos VII/VI-IV a.C.), la ciencia arqueológica nos revela en territorio soriano lo que siempre se ha interpretado como dos a realidades culturales y quizás étnicas, la de la Cultura Castreña Soriana que se desarrolla en la Serranía Norte y que supone la primera forma de  poblamiento estable en la región, y la de los poblados-necrópolis del centro y sur, actuando la Sierra de Frentes y Cabrejas como área de fricción.
En nuestro recorrido por el centro y sur provincial, nos encontraremos con una serie de aldeas ubicadas en altura, aunque en ningún caso inaccesibles, sin sistemas defensivos artificiales y de un tamaño heterogéneo, junto a toda una serie de necrópolis que en los últimos años empiezan a ponerse en relación con dichos hábitats. En estos cementerios, como Carratiermes, Ucero, La Mercadera, Ayllón (Segovia)y Pinilla Trasmonte (Burgos), etc., se constata en sus fases iniciales (siglos VII-IV a.C.) tumbas de incineración en urna con ajuares en los que aparecen armas (puntas de lanza, regatones y cuchillos curvos), adornos de bronce (fíbulas, broches de cinturón, pectorales y brazaletes) y fusayolas.  La presencia de estos elementos podría estar relacionada con la demanda de bienes de prestigio, lo que apuntaría hacia cierta complejidad de la sociedad, dentro ya de un modelo gentilicio articulado en torno a un antepasado común al que se le rendiría culto como héroe fundador y modelo a seguir. Aquí, una élite guerrera expansiva haría ostentación de ellos y presionaría a sus vecinos de la Serranía Norte, mucho más reacios a los cambios. Al mismo tiempo la existencia de un nivel social desfavorecido, evidenciado a partir de la presencia de otras tumbas que carecen de ajuar, e incluso a partir de la ausencia de enterramientos de aquellos que no tendrían cabida en las necrópolis vendría a confirmar el grado de jerarquización social que van alcanzando estas gentes.

En paralelo, ocupando las colinas, escarpes y laderas que linealmente se disponen en  los rebordes montañosos del Sistema Ibérico se desarrolla la llamada Cultura Castreña Soriana, cuya homogeneidad morfológica, con superficies entre media y una hectárea de extensión, sumado a la presencia de construcciones defensivas tales como fosos, piedras hincadas y murallas, así como una cultura material donde predominan tipos cerámicos toscos realizados a mano junto a la escasez de objetos de hierro (fundamentalmente de bronce), vendrían a definirla (Taracena; 1941 y Romero Carnicero; 1991).
La no detección de lugares centrales desde donde se articulara el territorio nos llevará a sugerir que no existirían diferencias sociales entre los castros y que ninguno intervendría en la producción y en la toma de decisiones de otra comunidad. Es por ello que cada castro podría estar garantizando el control estratégico de sus medios de producción, principalmente zonas de pasto y bosques, que en un porcentaje muy elevado podrían haber sido de usufructo colectivo, sin llegar a superar nunca su capacidad de carga, de ahí que probablemente se limiten física y demográficamente con la construcción de sus murallas.  
Aquí parece entreverse un modelo de sociedad de estructura más arcaica que las gentilicias que parecen detectarse tanto en las tumbas de guerreros del centro y sur de la actual provincia, como en contextos celtibéricos antiguos contemporáneos de otras áreas adyacentes.  Su fuerte personalidad y resistencia al cambio, nos lleva a pensar, más que en la existencia de diferentes grupos étnicos en el entorno, (idea que responde a las viejas teorías de las oleadas invasionistas que abogan por la formación de un primer grupo serrano identificado con  los pelendones que acabarán siendo arrinconados por los arévacos), en su posible relación con la presencia de elementos indoeuropeos más antiguos que se desarrollan en la Península Ibérica, tal y como parece constatarse en el nivel más antiguo del Castillejo de Fuensaúco, en el yacimiento de El Solejón de Hinojosa del Campo o en el reciente hallazgo de una necrópolis de incineración en San Pedro de Oncala, datada en el  siglo XI a.C.
En definitiva, todo apunta a que para este tiempo, castros de la serranía y poblados-necrópolis del centro-sur comparten una raíz común céltica e indoeuropea, cuyas diferencias quizás estén más en relación con el poder sociopolítico de unos y otros.
En un momento avanzado del siglo IV a.C. da comienzo la Segunda Edad del Hierro, donde parecen detectarse algunos cambios territoriales, ya que en la Serranía Norte se abandonan el 30% de los castros al mismo tiempo que van  surgiendo nuevos poblados de extensiones heterogéneas (2-6 Ha) que pasan a ocupar las tierras más suaves y de mejor calidad agrícola. Este proceso de intensificación agrícola llevaría aparejado la necesidad de planificar el ciclo agrario de manera más rígida, invertir en una mayor fuerza de trabajo sobre la tierra, la especialización de ciertos recursos por encima de los restantes, y como consecuencia directa, la necesidad de alcanzar una  tecnología adecuada que hasta ahora no había sido necesaria (generalización del hierro, cerámicas torneadas y una elevada proporción de sepulturas de guerreros documentada en la mayoría de las necrópolis, como Carratiermes, Ucero, La Requijada de Gormaz, Quintanas de Gormaz, La Revilla de Calatañazor y Viñas de Portuguí en Osma) .
Además, se detecta en la configuración de los hábitats un aumento de tamaño y la tendencia hacia la concentración de la población, estandarizada en un nuevo modelo de “poblado cerrado” que se ordena internamente en torno a un espacio central o calle, formando alineaciones de viviendas uniformes, lo que podría reflejar un reparto equitativo del espacio doméstico que para nada parece responder al ideal bucólico de las sociedades agropecuarias igualitarias donde nada es de nadie y donde se vivía en armonía y cooperación, sino todo lo contrario.
Los Castellares de Arévalo de la Sierra (Foto: celtiberiasoria.es)
Este modelo de poblamiento que venía expandiéndose desde áreas adyacentes evidencia un fenómeno que se ha venido a llamar “celtiberización”, y podría estar manifestando la culminación de este modelo de comunidad campesina más estricto, propiciado seguramente por un dinámico sistema de alianzas y pactos que ayudarían a afianzar el liderazgo y la institucionalización de determinados linajes frente al resto de las estructuras vigentes, cuya estrecha vinculación a la tierra debió minimizar cualquier intento de resistencia, haciendo más costoso el abandono del medio producción que la asunción del tributo exigido. 
A partir de los siglo III y II a.C. el desarrollo de las primeras protociudades (oppida) como Numancia certificaría la consumación de la jerarquización de una sociedad articulada alrededor de una jefatura, conformando a su vez colectividades regionales mayores pre estatales, donde una capital absorbería a los grupos gentilicios de los castros adyacentes. Así, se inicia un proceso de concentración y jerarquización espacial desde un núcleo central que engloba en su territorio un engranaje de asentamientos de pequeño tamaño o aldeas, poblados de mediano tamaño y castillos defensivos, todos ellos ordenados estratégicamente para asegurar la producción, el control de sus zonas de influencia y las vías de comunicación (Jimeno; 2011).
En este sentido, las fuentes escritas nos ofrecen el nombre de los principales núcleos de población de una región habitada por las etnias de los arévacos y de los pelendones, cuyo análisis y polémicas dejaremos para otro lugar.
Muralla de Arekorata (Muro), la posible Augistóbriga de los pelendones (foto: celtiberiasoria.es)
Las sociedades de jefatura se establecerían alrededor de una élite aristocrática que ha hecho méritos para dirigir a un grupo, ejercer autoridad  y redistribuir la riqueza. Estas quedarían organizadas a través de la creación de un entramado de clientelas y pactos en el que se apoyarían para ejercer el liderazgo, fortaleciendo sus lazos de unión a través de instituciones guerreras bien documentadas como la devotio¸ donde el jefe militar queda protegido por la cofradía de guerreros que lo acompañan, llegando al extremo de consagrar sus vidas por él si éste moría (ver cita de Valerio Máximo (3,2, ext.7), concibiendo la muerte como algo deseable para conseguir la inmortalidad.
Además la creación de redes clientelares amplias y cohesionadas se apoyaba también del hospitium, institución de la que también se hacen eco tanto las fuentes literarias clásicas como las epigráficas, siendo entendida tradicionalmente como la necesidad de las jefaturas por establecer lazos de protección mutua con sus iguales de otros territorios.
En definitiva, este modelo de sociedad de jefaturas se apoyaría en el ejemplo y valor heroico de una élite que se articularía en torno a un antepasado común del que todos descienden y al que siguen su ejemplo, que con el tiempo haría las veces de “santo protector” de la ciudad y elemento de unión. Aquí la figura del caballo representado en báculos y fíbulas y documentado a través de sus tumbas podría significar la fidelidad y la devoción hacia ese linaje guerrero que guía a la comunidad no solo en lo político, en lo militar y en lo económico, sino en relación a un ideal espiritual, de honor y valor, sin olvidar otras interpretaciones ligadas a su posible vinculación con una divinidad céltica solar, como apuntaremos a continuación.
ESPACIOS SAGRADOS
A continuación vamos a esbozar de forma sucinta algunos de los elementos de la religiosidad de celtíberos, cuyos lugar de culto por excelencia sería el santuario al aire libre o nemeton. Estos lugares generalmente serían cuevas, ríos, lagunas, montes, rocas, árboles, etc., es decir enclaves donde se manifiestan las divinidades o pudiera sentirse la presencia de un numen (Alfayé y Rodríguez; 2009). Sus  localizaciones son muy difíciles de constatar debido a la ausencia de una arquitectura sagrada y a las escasas huellas arqueológicas dejadas, no obstante encontramos en una cita de Marcial (I, 49,5) la alusión a un bosque sagrado que pudo emplazarse en el entorno del puerto de La Bigornia, cercano al Moncayo (¿Borobia?). Textualmente se recoge lo siguiente: “Verás, ó Liciano, la alta Ciudad de Bilbilis, noble por sus aguas, y por la fábrica de sus armas: Verás el Cauno esteril por sus nieves; el sagrado Vadaverón entre quebrados montes; y el apreciable bosque del delicado Botrodo, delicia dichosa de Pomona”.
La provincia de Soria en la actualidad cuenta con ciertos parajes en los que determinados elementos naturales como bosques, árboles, fuentes, montes, cuevas, ríos, etc., así como los animales que habitaban en ellos (lobo, jabalí, ciervo, lobo, buitre, etc.), parecen haber mantenido ese estrecho vínculo que ha quedado grabado en el subconsciente colectivo y que hoy día siguen siendo sello de identidad de sus pobladores, lo que no implica necesariamente que hubiesen funcionado como santuarios.
Nos referimos, en primer lugar a montañas sagradas como pudo ser el Moncayo, fuente de múltiples leyendas que van desde Hércules y Caco a otras más cercanas en el tiempo como la recogida y adaptada de G.A. Becquer de “El Gnomo”, o por ejemplo el sobrecogedor paraje de la Laguna Negra. Aquí el imaginario popular recoge infinidad de relatos entre los que destaca el de su formación, de la mano de un ser monstruoso que enfurecido abre una brecha en la tierra por la que sale a devorar al caballo de un jinete que osaba a beber de las aguas del manantial que en ese lugar se encontraba, dejando abierta una hendidura que se cubriría por las aguas que hoy forman la laguna. De nuevo parece entreverse dicha concepción del hombre pre moderno hacia una naturaleza dotada de vida y alma.
Por otra parte contamos con el manantial de La Fuentona cercano al municipio de Muriel de la Fuente, donde nace el  río Avión, lugar en el que se produjo el hallazgo de un casco celtibérico (siglos III-II a.C.) recuperado en una sola pieza, aunque roto y ligeramente deformado probablemente de forma intencionada (Lorrio; 2013), a modo de acto de sacrificio (el propio objeto) que contaría con el agua como elemento catalizador de dos realidades, salida/entrada físico y funerario, vinculado a la idea de muerte y regeneración de la tradición celta. El enclave además, considerado un “pozo sin fondo” jugaría un papel muy importante a modo de espacio natural acuático posiblemente sacralizado donde se manifestaba una divinidad céltica de las aguas y el inframundo, posiblemente Aironis, nombre que recuerda al del topónimo ampliamente distribuido por la meseta de “pozo airón”, quizás como perduración del teónimo que se constata en el pozo del castillo de San Esteban de Gormaz (Airo), en las cercanías de Aldea del Pinar (Burgos) o en la lápida de Uclés (Cuenca) por citar algunos ejemplos.
 Y qué decir del majestuoso Parque Natural del Cañón del Río Lobos donde existen evidencias desde tiempos inmemoriales de su sacralidad, que van desde la Edad del Bronce, momento para el que se documentan grabados esquemáticos en el interior de las Cuevas Mayor y Menor, funcionando quizás como lugar de comunicación de identidad intergrupal, de reafirmación del grupo o grupos  o de eventos en tiempos de disgregación de estos, pasando por la cercanía de una necrópolis celtibérica de San Martín de Ucero, que quién sabe si no expondrían a los buitres del cañón a sus guerreros caídos en combate tal y como nos describe Silio Itálico (Pun. 3,340,343). No nos olvidemos tampoco de la fuerza que irradia y el mensaje simbólico que emite la ermita protogótica vinculada a los templarios de San Bartolomé (siglo XIII), donde aún hoy, cada 24 de agosto, son  recordadas con la celebración de una romería en honor a San Bartolomé y a la Virgen de la Salud.
Por último, hacer mención al monte  Valonsadero,  zona natural de ricos pastos verdes casi todo el año cercana a Soria capital, donde confluyen toda una red de cordeles, veredas y cañadas que descienden desde la serranía. En este lugar se ha documentado un importante conjunto de pinturas rupestres esquemáticas repartidas en los abrigos de formaciones rocosas que representan en lenguaje simbólico aspectos cotidianos como el pastoreo, la domesticación animal, etc., junto a aspectos sociales complejos posiblemente de culto a los antepasados. Entre todas las manifestaciones pictóricas documentadas, (datadas entre mediados del III mileno), quisiéramos destacar el posible “trisceles” del Covachón del Puntal que nos remontaría a la Edad del Hierro, planteando la posibilidad de que en estos momentos se siguiesen realizando rituales y ceremonias, reuniones e intercambios en el lugar. Es significativo que en la actualidad este monte siga siendo un punto importante para el esparcimiento de los ganados, así como para la celebración de las fiestas de San Juan en el solsticio de verano, cuya lectura rebasa los límites del mundo moderno en el que estamos insertos. Allí se acude a buscar a los toros (La Saca) que son conducidos a la capital para ser sacrificados (Viernes de Toros) y posteriormente subastar sus tajadas (Sábado Agés) y comerlas en acto de comunión (Domingo de Calderas).
RELIGIOSIDAD
En cuanto al panteón céltico, al igual que ocurre en todo el territorio peninsular, existe una gran confusión a la hora de establecer su ordenación, debido en parte, a la escasez de información proporcionada por las fuentes escritas y a la presencia de numerosos teónimos que salieron a la luz a partir de la epigrafía que podrían estar haciendo alusión a una misma divinidad nombrada de diferente manera por cada etnia o región. A esto se le suma que los pueblos célticos concebían lo divino de manera mucho más abstracta que en el mundo grecorromano y que sólo en momentos tardíos, al alba de la romanización, aparecen representaciones plásticas cargadas de una enorme sacralidad. Tal es el caso de la cerámica policromada de Numancia, datada en torno al siglo I a.C., donde encontramos innumerables motivos geométricos que parecen reflejar cultos solares, representaciones zoomorfas como toros y caballos, animales que encerrarían en sí símbolos o atributos de una divinidad, así como escenas antropomorfas, entre las que destacamos la de un posible sacerdote en acto de sacrificio o la que parece una divinidad femenina vista de frente en gesto de desvelarse.
Fragmento de cerámica numantina (Foto: A. Plaza)
Será la epigrafía la principal fuente de conocimiento de las deidades que pudieron ser veneradas en el Alto Duero, destacando el culto a Lug y las Matres, y en menor medida a la diosa Epona, lo que viene a coincidir con lo documentado en Celtiberia.
Respecto al dios pancéltico LUG, contamos con el hallazgo de un ara votiva que dedican los zapateros de Uxama (Osma, Soria) a Lugovibus (plural de Lugoves), así como con la inscripción procedente de Pozalmuro (Soria) donde se puede leer el nombre de Lougesteri, recientemente revisada y considerada un antropónimo en genitivo y no un teónimo.
Ara votiva dedicada Lugovibus (Uxama Argaela)
Lug parece haber sido originalmente un dios solar o de la luz, guerrero protector de los campos, además de patrón del comercio y de los pactos y juramentos, cuyo animal totémico pudo ser el cuervo. Además, como divinidad solar resplandeciente podría haber cumplido también la idea de guiar a las almas al Más Allá y/o propiciar el renacimiento de los difuntos, tanto hombres como mujeres, pudiendo formar parte de las representaciones de jinete a caballo que se documentan en algunas estelas discoideas celtibéricas y cántabras, así como en las fíbulas de caballito y báculos de distinción, los cuales en muchos casos aparecen acompañados de cabezas, símbolo que más allá de su acepción como trofeo de guerra, vendría a señalar el compartimento donde reside el alma, como así hacen constar las viejas creencias indoeuropeas. Su relación con el gremio de los zapateros de Uxama no parece casual tal y como se refleja en la literatura medieval galesa, a su vez recopiladora de tradiciones orales de varios siglos antes, caso de la IV Rama del Mabinogion (siglo XI) donde se alude a Lleu Llaw Gyffes” (rubio, mano, diestro), identificado como Lug bajo la denominación “Uno de los Tres Zapateros Dorados”, que se repite en las Triads de Gales (siglo XII) y que concuerda con la aparición de testimonios numismáticos galorromanos en los que aparece esta divinidad representada asociada a una leyenda que dice SVTUVS AUG o “Zapatero Divino” (Alberro; 2010).  
Báculo de prótomos de caballo con jinete, Numancia
Las MATRES, generalmente asociadas a fuentes con virtudes curativas, eran diosas con múltiples funciones, como protectoras de la fertilidad y de la casa, la guerra, el destino y la fortuna. La certificación de su culto nos llega a través de la epigrafía, siendo inexistentes los testimonios iconográficos en el ámbito hispano, donde nos encontramos con algunos ejemplos cercanos bajo el epíteto de Matribus en Clunia (Burgos) y Yanguas (Soria), Monitucinis de Salas de los Infantes (Burgos) o en dativo plural céltico Matrubo de Agreda (Soria). Al respecto, resulta sugerente la relación del altar de Yanguas con un manantial de aguas sulfhídricas útil para curar erupciones cutáneas existente junto a la carretera de Diustes, así como el de Ágreda respecto a una fuente de aguas sulfurosas con propiedades sanadoras (Olivares Pedreño; 2013).
Altar de Yanguas
Otras denominaciones locales femeninas halladas en el entorno serían Atemniae (Yanguas, Soria) y Drusune (“Los Olmillos”, aldea próxima a San Esteban de Gormaz donde hay una ermita y un vado para cruzar el Duero), posiblemente pertenecientes a un mismo santuario (Olivares Pedreño; 2013).
La otra divinidad pancéltica por excelencia venerada por los pueblos celtas es EPONA cuyo culto estaría muy difundido en Europa, principalmente en la Galia y Germania, llegando incluso a ser adoptada como diosa tutelar de los oficiales y soldados de caballería romanos. Esta divinidad indoeuropea vinculada al caballo tiene además una posible relación con la reproducción y la fertilidad animal y vegetal, aunque la mayoría de los investigadores destacan por encima de todo su carácter soberano. A pesar de que también puedan ponerse en relación con fíbulas y báculos donde se representan caballos, no consta ninguna prueba de su culto en la zona, aunque si se conserven algunos ejemplos en los altares de Lara de los Infantes (Burgos), Sigüenza (Guadalajara) y Monte Bernorio (Palencia).
Por último, contamos con otros testimonios votivos de epíteto desconocido en Hinojosa de la Sierra (Soria), donde se alude a Lattueriis y a Peicacomai o alguna otra variante que Jimeno (1980) interpreta como Longini(us) con muchas reservas, la de Canteco en  Espejo de Tera (Soria) y V(..)ocio en Alconaba (Soria).

Fuera ya del campo de la epigrafía encontramos referencias literarias que parecen indicar la existencia de un culto a la luna, tal y como recoge Estrabón (III, 4, 16) quien dice que los celtíberos y sus vecinos del norte rinden culto a un dios sin nombre danzando toda la noche, a las puertas de sus casas, durante los plenilunios. Más que la existencia de un culto a la luna, podríamos pensar que este dios anónimo podría ser uno de los más venerados entre los celtas, llamado Dagda entre los irlandeses y Dis pater entre los galos, del que todos descenderían, sin obviar su relación con el calendario agrario.
Terminando, quisiéramos hacer una breve referencia a dos divinidades célticas de las que no contamos con testimonios fiables para asegurar su veneración en nuestro ámbito de estudio. La primera es Cernunnos, muy presente en las Galias, donde aparece asociado a la figura del ciervo como animal que trasmite la idea de fertilidad, riqueza y regeneración, habiéndose creído identificar en una pintura de un vaso numantino donde aparece una figura humana con cuernos. Al respecto, algunos investigadores como Silvia Alfayé (2007a) creen más en la posibilidad de que esta representación esté relacionada con la visión de un lobo en perspectiva cenital, planteando serias dudas respecto a la difusión e intensidad de su culto en Celtiberia, reflexión con la que estamos de acuerdo.
Fragmento de cerámica numantina asociada generalmente a Cernunnos (Foto A. Plaza)
La otra sería Sucellus, conectado con el mundo de la guerra y adoptando un carácter infernal y funerario, ligado a su vez a la potencia simbólica del lobo. No cabe duda que este animal es el depredador por excelencia del mundo occidental, modelo ejemplar de las fraternidades guerreras en todo el mundo indoeuropeo (Almagro-Gorbea, 1997). Encontramos representaciones asociadas a su figura en buena parte de Celtiberia, entre las que destacamos los casos cercanos de las cerámicas numantinas (fragmento con hombre cubierto con una piel de lobo, Vaso de los Guerreros, jarra con tres perros pintados en perspectiva cenital y en la anteriormente apuntada que se ha venido interpretando como representación de Cernunnos); la copa pebetero del Castillejo de Garray (decorada  con tres esquemáticos zoomorfos en perspectiva cenital); en algunas fíbulas como la de El Castillo de La Laguna (zoomorfo en perspectiva cenital, posiblemente un lobo), así como en algunas trompas de guerra numantinas que adoptan la forma de una cabeza de lobo. Mayor controversia presenta el monumento de caliza con un signo “T” grabado en el testero hallado por González de Simancas en una estancia situada junto a la muralla de Numancia (siglo I a.C.) que G. Sopeña (1995) interpreta como la representación del martillo de esta divinidad céltica que porta un mazo con el que puede matar (si golpea con el lado izquierdo), o dar la vida y propiciar la fecundidad (si lo hace con el derecho).
Trompeta de guerra de Numancia con cabeza de lobo
2.    POSIBLES PERVIVENCIAS HASTA LA LLEGADA DE LA MODERNIDAD
Muchas de las creencias que estaban vivas en el momento en el que hace aparición la civilización romana en Celtiberia no parecen desaparecer por completo, sino que se reinterpretan y adaptan a través de un largo proceso, propiciando la creación de un universo religioso de nuevo cuño que no sería totalmente romano, pero tampoco indígena. Esto parece acontecer sobre todo en aquellas zonas retardatarias cuyas familias estaban fuertemente unidas por lazos ancestrales y vinculadas a un ámbito territorial en el que el desarrollo social y político no había alcanzado cuotas excesivamente elevadas. De tal manera, las religiones privadas o familiares debieron ser la tónica dominante de estas gentes, es decir a nivel local y en base a las relaciones de parentesco con una divinidad  protectora, lo que les permite su pervivencia con la romanización y más allá de la Antigüedad tardía, ya que no supondría un peligro respecto a la promoción del culto imperial. Esto explicaría que varios siglos después de la conquista de Celtiberia por Roma sigamos encontrando denominaciones de lugares, personas, familias, divinidades y cultos propios de la Edad del Hierro, aunque quizás lo que más variase  fuese el ritual, ya que con la romanización se introduce la costumbre de dedicar altares y cumplir promesas en honor de los dioses, además de plasmarse iconográficamente viejas creencias que hasta entonces se caracterizaban por ser anicónicas y por la ausencia de templos.
En esta línea, tal y como apunta Santos Crespo Ortíz de Zárate (1997) podría entenderse la no constatación de un sacerdocio druídico en la Península Ibérica, pero si posiblemente de uno en un  grado menor que hubiera mantenido vivo este tipo de creencias colectivas ancladas a un territorio y a unos antepasados determinados. 
Fragmento de cerámica numantina con posible escena de sacrificio.
Al respecto, Marco Simón, F. (2005) comenta la existencia de algunos indicios de dicho sacerdocio, como por ejemplo la representación de una escena de sacrificio de un ave sobre un altar protagonizada por un oficiante tocado de gorro cónico representado en un vaso cerámico de Numancia. Este mismo autor apunta también la posible constatación  de sacerdocio  a partir de la inscripción en lengua celtibérica de la llamada tésera de Arekorata (¿la Augustóbriga de los pelendones?),  donde aparece el término ueizos que califica al nombre propio Bistiros de los Lastikos, relacionado con el teiuoreikis del Bronce de Luzaga que denota una categoría superior a la del mero redactor del texto y cuyo significado podría tener que ver con la raíz *weid- (“ver”, “saber”), la misma que da origen al término “druida” (acepción que se considera más correcta que la relacionada con el término vidu-, “árbol”). 
Tésera de Arekorata (Foto M. Almagro-Gorbea)
A lo comentado anteriormente, añadir el ejemplo de algunos antropónimos asociados a familias de origen celtibérico que continúan consagrándose a divinidades de origen céltico en época romana, como el caso de los  Irrico / Iricos, señores de la villa romana de La Dehesa en Las Cuevas de Soria, ofreciendo sus votos a Eburos, divinidad céltica que adoptaría la forma de un jabalí (San Aragonés et al.; 2011).
En efecto, no parece que sea hasta el siglo V d.C. cuando se produzca la persecución y condena de estas creencias no contaminadas, tal y como reflejan las actas conciliares (véanse del XII al XVI Concilio de Toledo) que insisten en no utilizar servicios de adivinos, ni adorar a los viejos cultos paganos supersticiosos de la naturaleza que seguirán manifestándose bajo la forma de religiones sumergidas como la hechicería o formas similares.
Es significativo también cómo las élites guerreras de los oppida se integran en las clientelas militares romanas conformando el grueso de sus tropas auxiliares, posiblemente movidos por la continuidad de unos valores éticos que siguen alimentando costumbres como la devotio, en este caso hacía un general (como en el caso de Sertorio), o hacía el mismísimo emperador en última instancia para momentos posteriores.
No olvidemos tampoco, como al margen de la potenciación del modelo urbano romano, en el mundo rural muchas de las técnicas constructivas, oficios artesanos y quehaceres agrarios cotidianos tienen su continuidad (aperos de labranza, tijeras de esquileo de ovejas, chimeneas cónicas con bancos corridos, etc.), incluso petrificando con sus calzadas antiguos caminos ganaderos. Además, si repasamos la Historia del Derecho en España nos encontramos con que la explotación comunal de terrenos durante la dominación romana se conoció con el nombre de compascua, proyectándose a la etapa visigótica, donde quedaron indivisos  montes, zonas de pasto y bosques a fin de que pudieran ser aprovechados de forma colectiva. 
Con todo, creemos estar ante todo un elenco de creencias, costumbres y tradiciones que perduran en buena medida sobre todo en zonas rurales, la mayoría, aunque difuminadas por el paso del tiempo, quedando reforzadas con la suma de elementos de tipo germánico visigodo a partir de la descomposición del Imperio Romano, en esencia de raíz común indoeuropea. Si bien, la presencia del islam desvanecerá en gran medida gran parte de las tradiciones más profundas de estas gentes ahora en tierra de frontera, sobre todo en lo que concierne al mundo de las creencias, como ocurre en gran parte del centro y sur peninsular, aunque de nuevo serán revitalizadas con la repoblación medieval procedente del norte donde si se mantuvieron limpios, sincretizados o fundidos con los cultos romanos, adoptando como forma de religiones sumergidas, como las que veremos en el apartado siguiente que dedicamos a la llamada “Soria Mágica”.
Tradición y territorio medieval
A partir de la Edad Media el universo campesino soriano adopta una organización territorial muy particular que se manifestará reacia a las posteriores imposiciones de la modernidad, además de que, en ocasiones, recuerde a las viejas fórmulas político administrativas del territorio celtibérico organizado en oppida, castra y pagis.
Nos referimos a la creación por parte de los repobladores altomedievales, entre los  siglos XI y XII, de una institución  que tendrá un gran arraigo posterior y que perdura con sus variaciones hasta la actualidad, la Comunidad de Villa y Tierra de Soria, que funcionaría como entidad unida (240 aldeas) para la defensa y para el aprovechamiento de una tierra cuya titularidad era real, pero potenciando el disfrute colectivo de montes, dehesas, ejidos y prados. Incluso entre las normas del Fuero de Soria (siglo XIII) se perciben algunas similitudes con las fórmulas de los pactos de hospitalidad celtibéricos. Ya en la Baja Edad Media, ante la situación de dependencia de las aldeas frente a la villa de Soria, quien reunía en sí las competencias políticas y capacidad de toma de decisiones, fueron surgiendo nuevas instituciones para defender los intereses campesinos, dando lugar a la Universidad de la Tierra de Soria, que en el siglo XV englobaba unas 150-160 aldeas. Ésta se encargada de gobernar y administrar dicho espacio rural, al mismo tiempo que coordinaba las relaciones con la ciudad de Soria y la Corona, configurando un entramado político-administrativo que funcionaría a través de los Concejos de aldea, Asambleas Sexmeras y en última instancia la Junta de la Universidad de la Tierra.
Sin embargo la llegada del régimen liberal con Isabel II acabará decretando la incompatibilidad de este tipo de institución que pasa a ser administrada por la Diputación Provincial de Soria, aunque no tardarán mucho las voces en solicitar que fuesen las aldeas las que llevasen a cabo estas funciones. Así, en 1898 de nuevo el universo campesino decide confiar en la tradición y reinventarse, reclamando la creación de la Mancomunidad de los 150 pueblos de Soria, como heredera de las viejas instituciones anteriores, en cuyo Título preliminar de sus estatutos podemos leer que se tiene como objetivo prioritario “la administración, conservación y de su patrimonio contra los ataques a su integridad y la obtención del mayor rendimiento económico del mismo, según los principios de máxima utilidad general y la colaboración de la satisfacción a las necesidades de los pueblos, mediante los repartos de excedentes de los rendimientos de los bienes
Hoy día esta institución sigue funcionando aunque con estatutos renovados desde 1984 y junto a otras muchas tradiciones de trabajo comunal, tales como las hacenderas o adras en las que todo el pueblo colabora en la limpieza de caminos, veredas, bosques, etc., podrían ser el reflejo de la fuerte personalidad de este lugar que reproduce y entiende las viejas fórmulas de sabiduría popular como su razón de ser, y quién sabe si no se estuviesen repitiendo antiguos modelos que hundirían su raíz más profunda en la Edad del Hierro.

3.    LA “SORIA MÁGICA” COMO FUENTE DE CONOCIMIENTO A TRAVÉS DE LA ETNOLOGÍA
A la hora de seguir rastreando la esencia céltica que emana la tierra soriana, trataremos de ir más allá de lo que nos aporta la documentación histórica y transitaremos por algunos de los enclaves de la llamada “Soria mágica”, es decir a través del universo de las tradiciones, creencias, misterios y folclore que nos puedan ayudar a desentrañar cuál era la concepción del mundo en época pre moderna y qué queda de él. Para tal fin, y en periodos históricos más avanzados en el tiempo se hace necesario el empleo y la utilización de otras herramientas de búsqueda como la Etnología, que en ocasiones podría estar funcionando a modo de ventana entreabierta a nuestro pasado más lejano y brumoso de la Edad del Hierro, momento que como hemos visto, se configura el primer poblamiento estable de la región.
Nuestro propósito, por tanto, consistirá en intentar arrojar algo de luz en el conocimiento de nuestros ancestros, además de señalar el potencial natural, humano y etnográfico que aún se conserva en la zona, aunque el terreno se presente resbaladizo y haya que ser enormemente cautelosos a la hora de establecer conclusiones definitivas.
3.1.        TRADICIÓN Y LEYENDAS
Las leyendas juegan jugar un papel fundamental, ya que forman parte del ámbito espiritual y del pensamiento de la humanidad, no existiendo otra manera de llegar a ello. Todos los relatos legendarios que el hombre ha ido repitiendo a lo largo de su historia no son más que la transmisión de unos arquetipos que han llegado a día de hoy configurando, con muchos añadidos y corrupciones, un depósito cultural que quizás se remonte al universo ideológico de las primeras sociedades estables de la región. No obstante, tal y como apunta Martín Almagro Gorbea (2009), se requiere un previo análisis crítico sobre la formación y la temática de estas narraciones arquetípicas que permita separar la paja del grano y dar a conocer su mantenimiento a lo largo de un proceso de “larga duración”.
A  través de la literatura
La literatura medieval recoge toda una serie de elementos que a través del símbolo nos está transmitiendo una serie de valores inmutables en el tiempo, en los que la ética heroica que todo ser humano aspira alcanzar mediante una iniciación, parece jugar un papel primordial, eso sí readaptándose a la concepción cristiana del momento. Es por ello que en obras fundamentales como en El Cantar del Mio Cid, cuyo origen parece estar ligado a la provincia, nos topemos con la esencia de un ideal que hunde su raíz más profunda en el mundo hispano celta, como llamara la atención Martín Almagro-Gorbea (2010) al referirse a los augurios que realiza nuestro héroe a través de una corneja en el comienzo de su destierro, además de la prueba de adversidad a superar que le espera para recuperar el favor y la confianza de su rey.

Por otro lado, contamos con el cantar de gesta de “Los Siete Infantes de Lara” que nos pone en consonancia con el Valle del Araviana y la Sierra del Almuerzo, por donde transitaron los hermanos camino de la emboscada ante los musulmanes que Ruy Velázquez, enemigo de la familia, les había preparado, acabando los siete decapitados y sus cabezas remitidas a la Córdoba de Almanzor. Esta narración, quizás conserve con múltiples elementos superpuestos la esencia del viejo rito céltico de las cabezas cortadas que se ha creído constatado en Celtiberia (Almagro-Gorbea (2010), pudiéndose ser reflejo de tales, ya muy suavizado por el cristianismo y con múltiples matizaciones, el propio culto a San Saturio, patrón de Soria, cuyo cráneo se venera dentro de un relicario de plata custodiado en el interior de la Concatedral de San Pedro. No obstante la cabeza entre los celtiberos goza de una trascendencia mucha más amplia, al ser ésta la representación de la esencia de la persona.
Desarrollo de la decoración pintada de un cuenco de la necrópolis de Portuguí, Uxama (Osma, Soria)
Además, la tradición oral recoge en el término de Cortos se conserva impresa en la roca la huella de la Virgen de Narros que se les aparece a los siete infantes mientras almorzaban, junto a las cucharas y los platos que también quedan impresos.
Sin embargo, será en la literatura del siglo XIX, de la mano de Gustavo Adolfo Becquer, donde de forma inconsciente se recoja todo un abanico de elementos del folclore popular soriano del que puede extraerse una raíz céltica que va más allá de la intención romántica del autor (Martín Almagro-Gorbea; 2008-09).

En “El rayo de lunael autor nos rescata a través de su protagonista todo un compendio de creencias profundamente arraigadas en el imaginario popular del mundo rural tradicional, tal y como se observa cuando enumera a los seres elementales del fuego, el aire, la tierra y el agua que habitan en los cuatro elementos de la naturaleza, o en su relación con la luna. En este sentido, en toda la tradición popular castellana, al igual que ocurre en Galicia, Asturias y Cantabria y buena parte de Europa, nos encontramos con relatos de origen celta que sin embargo, en este rincón donde la historia de sus pueblos parece situar una de las cunas de la celticidad peninsular han gozado de poca atención. Nos referimos a la creencia de que todo ser viviente y todo objeto albergaba un espíritu o fuerza interior, concepto que más tarde derivaría en la creencia de toda una serie de seres denominados con más de mil nombres, pero que grosso modo conocemos como hadas, duendes, gnomos, etc., es decir los seres feericos o elementales de la naturaleza. En Castilla se hablaría de una familia de mujeres sobrenaturales que reciben el nombre de “moras”, y que nada tienen que ver con los musulmanes, las cuales suelen englobar a dos grupos de hadas, las encantadas y las damas de agua.
El origen de estos seres fantásticos podría residir en la creencia de antiguas deidades de las fuentes, a modo de seres míticos que moraban en ellas y las defendían, otorgando propiedades sobrenaturales a estos lugares que la tradición acentúa sobre todo en la noche de San Juan. Si bien, a las “encantadas” se las ubica bajo tierra, en cuevas o en el entorno de viejas construcciones prehistóricas, saliendo por las noches a peinar sus cabellos con un peine de oro y custodiando grandes tesoros, habiendo dejado su huella dentro de los topónimos, como casa del moro, cueva de la mora, charca de la mora, fuente de la mora, y un largo etcétera (Callejo Cabo, J; 1995).
Volviendo a lo que se desprende de la lectura de “El rayo de luna”, encontramos de la misma manera la idea celta del paso al Más Allá a través del agua, connotación de la que ya hablamos al hacer referencia a La Fuentona y que puede rastrearse además en algunas fuentes clásicas que aluden a dicha concepción del río como puerta de entrada de ultratumba (Estrabón en su Geografía  III,3,4 menciona el cruce del río Lethes (Limia, Orense), considerado por sus tropas como río del Olvido).
Asimismo la figura de la hermosa dama de blanco parece recoger un viejo mito que posteriormente se transformaría en la Virgen Blanca o de las Nieves, venerada en innumerables municipios de la provincia, que en el caso del área hispano-portuguesa podría tener correspondencia con la diosa lusitana Ategina, relacionada con la noche, la oscuridad y lo infernal, al mismo tiempo que es divinidad de la fertilidad de la tierra que muere y renace con el ciclo agrario.

Por otro lado, Becquer en la leyenda de “La Corza Blanca” nos pone en concordancia con un tipo de hada o espíritu femenino que puede suplantar durante un tiempo el alma de cualquier ser vivo alojándose en sus cuerpos, relacionada a su vez con la del ciervo de San Humberto, patrón de la  cazadores, así como con la cierva blanca que le fue regalada a Sertorio durante la guerra civil acaecida en el solar de Hispania (82-72 a.C.) y que fue utilizada como talismán y portadora de mensajes divinos para ganarse el favor de sus aliados nativos ibéricos, quienes la consideraban una deidad.
También podemos añadir  la leyenda de “El Caudillo de las manos rojas”, donde el poeta de nuevo nos describe una virgen de blanca túnica que puede contemplarse en la noche con los primeros rayos de la luna, así como la presencia de lo que parece ser una mora de agua de la leyenda de “Los Ojos verdes” que transcurre en las cercanías del Moncayo. En cuanto al elemento tierra, lo encontramos nuevamente en el Moncayo, ya en su vertiente aragonesa, de la mano de “El gnomo”, donde se repite la idea de una fuente encantada a través del cual se accede a las profundidades de dicho monte sagrado, lugar habitado por estos seres que custodian grandes tesoros.

Por último, y quizás la más conocida y repetida sea la leyenda de “El Monte de las Ánimas” que Becquer escuchó contar a las viejas del lugar. Este relato muestra la relación con el culto a los antepasados y la relación entre el mundo de los vivos y el de los muertos que se produce el 1 de Noviembre, día de la festividad celta de Sammain, además de suceder en un monte junto a un río y reproducir otro de los elementos reconocibles del imaginario celta, el de la batalla funesta, el cazador perdido o la caza fantástica. Es significativo que en la Sierra del Madero, en las ruinas de San Andrés, termino de Valdegeña, exista también la leyenda oral de los esqueletos fantasmagóricos de los templarios que vagan por el entorno en la noche de difuntos portando espadas y espantando a cazadores, mitema ampliamente extendido por toda la literatura épica irlandesa y galesa de tradición céltica.

La tradición oral
En el terreno de la tradición popular transmitida hasta nuestros días de boca a oído, contamos con el magnífico trabajo de recopilación llevado a cabo por el historiador Florentino Zamora Lucas, en cuya obra “Leyendas de Soria” (1998) podemos entrever varios aspectos que podrían hundir sus raíces en la Europa céltica.
Así pues en relación a la Dama Blanca, encontramos en Ágreda la leyenda de la Virgen de los Milagros, donde un pastor trashumante de Yangüas por tierras de la vieja Lusitania (Extremadura), guiado por este ser de luz encuentra la talla de la virgen que recoge y transporta hasta su lugar de origen, no pudiendo depositarla en él debido al caudaloso río que milagrosamente aparece rodeando la localidad (de nuevo el elemento agua). Es por ello, por lo que se encamina hacia Ágreda donde tras conocer los problemas acaecidos durante el regreso del pastor, se decide rendirla culto en la iglesia de San Martín, restaurada por los yangüeses que repoblaron la localidad soriana (Almazán de Gracia; 1994).
También es abundante la temática referida al castigo infringido a toda una población generalmente por parte de una mujer que recuerda a un hada o mora, en muchos casos asociado a una fuente envenenada. Tal sería el caso del  despoblado de Mortero, entre Almarza y Arévalo de la Sierra, donde se cuenta  que todos los habitantes, menos una anciana que se quedó al cuidado del ganado en los pastizales, fueron invitados a una boda y fallecieron por beber y comer alimentos cocinados del agua de un pozo envenenado por una salamanquesa, o aquella versión que atribuye a esta anciana la categoría de bruja que envenena despechada el manantial, siendo perseguida después por los esqueletos de los muertos hasta obligarla a sumergirse en el agua suspirando, de ahí que al manantial se le conozca como el “de los Suspiros”.  
Otros ejemplos conservados de leyendas sobre fuentes envenenadas, en posible  conexión con estos seres que castigan a quienes osen molestarles, aparecen en las cercanías de Quintanas de Gormaz, Tajueco,  Masegoso (sapos), Villamediana (un reptil) y en Fuentelfresno (una salamanquesa) (Almazán de Gracia; 1994).
Transformada en una pastorcilla (posiblemente una dama de agua), cuentan que en Añavieja un vaquerillo se enamora de ella y le regala una colodra bellamente decorada por él junto a la laguna, marchando poco después a Tarazona al queda sin trabajo,  para regresar años después y encontrar la misma colodra saliendo de una acequia. Este hombre acabaría ahorcado por los moros, por lo que la pastorcilla les maldice.
Dentro del ámbito de la tradición oral asociada a los cuentos de hadas, que aquí desvinculamos de su acepción como mera literatura infantil, Soria ciudad cuenta con su particular “bella durmiente”, narración arquetípica que se remonta milenios atrás en el ámbito indoeuropeo, existiendo múltiples versiones como la referida a una tal Irene Salcedo que ante la fatal noticia de la muerte de su amado que marchó a la guerra entra en estado cataléptico para ser despertada con el beso de su amado vivo a su regreso en el día de Santa Ana, y de ahí la construcción de su ermita en la ciudad de Soria.

 Un tipo diferente de leyendas que aparecen en abundancia en el imaginario colectivo soriano son las historias que hablan de cuevas-simas con tesoros, generalmente relacionado con los moros y en lugares donde abundan las evidencias arqueológicas relacionadas con la Edad del Hierro. Al respecto destacar las de las cuevas de la Sierra de Carcaña, entre Espejo de Tera y Tardesillas, en Molinos de Duero, San Leonardo, en la calle de Sorovega de Soria, en la Cueva de Zampoña, entre la capital y Los Rábanos, así como en la narración del carlista que pierde sus alforjas llenas de dinero en Navaleno e incluso en las entrañas de la ciudad celtibérica de Tiermes, donde se dice que hay escondido un becerro de oro (Almazán de Gracia; 1994). Pero estos tesoros escondidos no siempre serán legendarios y si no recordar el hallazgo del depósito votivo del barranco de “San Cabrás” en Lería (cercano a Yangüas, Soria), formado por monedas celtibéricas y romanas (hoy en paradero desconocido), fechado en época tardorrepublicana y próximo a una ermita, una fuente, un río y una cascada (Alfayé; 2007a)
Por otro lado, contamos con numerosos relatos relacionados con apariciones de la Virgen a partir de la cristianización definitiva de la provincia en torno al siglo XIII. En ellos se observa una forma de actuar similar al de los seres elementales de la naturaleza, quizás a modo de impronta de lo sagrado en el paisaje, ya que suelen estar vinculadas a cuevas, fuentes, árboles, montañas, luminarias, traslaciones milagrosas, conductas animales inexplicables, etc. Esto nos induce a pensar si en la mayoría de los casos no se estarían superponiendo creencias cristianas con viejos cultos prerromanos. En este sentido, tenemos constancia de lugares sagrados a partir de su designación cristiana gracias al estudio de hagiotoponimia soriana de Sanz Elorza (2015). En él se recogen al menos  229 microtopónimos relacionados con la cruz, como símbolo de lo sagrado que protege y bendice puntos estratégicos como cruce de caminos, eras o campos; 183 microtopónimos relacionados con la Virgen; 83 parajes que hacen alusión a  santos sin especificar; cerca de 417 relativos a santos concretos, y otros tantos relacionados con otras figuras sagradas, cargos y dignidades eclesiásticas, objetos y símbolos cristianos o lugares de significación litúrgica. Añadir, aquellos topónimos que tienen que ver con objetos y lugares relacionados con lugares consagrados quizás generados a partir de procesos de larga duración que se remontan a la etapa celtibérica, tales como los de  la  fuente Santa (8), cerro Santo (7), barranco Santo (2), pocito Santo (2), pico Santo (1), alto Santo (1) Aguasanta (1), barrio Santo (1), llano Santo (1), camino Santo (1), prado Santo (1) y matas Benditas (1), así como la conjunción de todos estos elementos adscritos a un santo o virgen.  (Sanz Elorza; 2015).
Ermita de La Soledad con olmos centenarios (Herreros)
En este sentido, resultan especialmente sugerentes aquellas leyendas cristianizadas que podrían estar incorporando viejos cultos relacionados con elementos de la naturaleza. Tal es el caso de los árboles, variando el tipo en el que dicha virgen es hallada, para los que contamos, en primer lugar, con relatos referidos a  la Virgen del Espino en El Burgo de Osma, Covaleda (trasladada a Soria) o Valdeavellano de Tera. En esta última, la tradición cuenta que Delia, hija de un rabadán de la localidad, es raptada por los moros, cuyo jefe al intentar besarla y abrazarla contempla como unas espinillas se clavan en el pecho de la muchacha que fallece al instante, siendo enterrada en el lugar donde hoy se sitúa la ermita de la Virgen de las Espinillas, donde acudían en romería los pastores trashumantes a pocos metros de distancia de un castro de la Primera Edad del Hierro. En Ólvega, es un olmo donde es encontrada por dos pastorcillos que la denominarán Virgen de Olmacedo, mientras que en Vinuesa, como no podía ser de otra manera, se trata de un pino cuyas raíces quedaron dentro del término de en esta localidad mientras que sus ramas caían en terreno de Covaleda, hecho que provoca una lucha campal entre ambas localidades que se salda con la victoria visontina gracias al apoyo de sus mujeres, que armadas de pinochos acuden en apoyo de sus maridos e hijos. Por último, también encontramos relatos que hacen alusión a algunos árboles frutales, como el manzano del que se alimentó una mora que se refugió en una cueva cercana a Trévago para vivir como ermitaña tras su cautiverio, siendo salvada de morir por un rayo por la Virgen, razón por la cual se levanta en el lugar un templo dedicado a Nuestra Señora del Manzano.

Ermita Virgen del Espino (Valdeavellano de Tera)
De igual modo, también aparecen relatos de entidades sagradas vinculadas a otros elementos de la naturaleza, véase el ejemplo de la Virgen de las Peñas que protege a los valientes  habitantes de San Pedro Manrique en su célebre ritual del Paso del Fuego sin que se quemen.
Asimismo, las hay referidas a animales que realizan prodigios o anuncian elementos sagrados, como por ejemplo en Salduero, donde un águila que porta un gran pez entre sus garras alivia el hambre de San Iñigo y dos monjes que le acompañaban en su visita. Tras la muerte del santo, sus vísceras serán enterradas en el lugar de la futura ermita de San Juan, mientras que su cuerpo es llevado a su lugar de origen, Valvanera, pero sucederá que todos los animales que allí se acercan morirán, por lo que se entiende que ha de edificarse un templo para venerar las reliquias, en torno a la cual nace el caserío del viejo Salguero. También destacamos la leyenda existente en Vozmediano sobre un niño que se perdió cuando sus padres iban a Veruela y fue amamantado por una loba y encontrado luego en una encrucijada, lo que nos conecta con viejos mitos casi universales, como el de los gemelos fundadores de Roma o  el del rey de Irlanda del siglo III  Cormac Mac Airt,  sin obviar el significado sagrado de los cruces de caminos a modo de lugares de transición de un mundo al otro y frontera entre territorios, entre lo habitado y lo deshabitado.
Por último, hacemos referencia a la creencia de que estos seres mitológicos fueran los responsables de construcciones castreñas, encontrando algunos relatos significativos que han llegado a día de hoy y que se vinculan directamente a algunos yacimientos. Tal es el caso de El Royo, donde la leyenda gira en torno a un montículo de piedras que se dice fue realizado para evitar que se levantase un moro o un cura, según con quien se hable, que yace allí enterrado junto al camino antiguo que conduce a la ermita de la Virgen del Castillo, emplazada sobre el castro epónimo de la Primera Edad del Hierro. En el poblado celtibérico conocido como el Cerro de la Campana de Narros encontramos la leyenda de la Virgen del Almuerzo, cuya imagen fue enterrada en lo alto de un cerro protegiéndola dentro de una campana, hasta ser encontrada por unos pastorcillos que se guían por su tañer milagroso en lo alto del cerro,  aunque la ermita se edificaría cerca de la actual localidad.
Ermita Virgen del Castillo sobre castro de la Edad del Hierro (El Royo)
Lamías y brujas 
Las  leyendas referidas a lamias o lumias, otro tipo de hada que se da más en la región vasco-navarra, también afloran en nuestro ámbito de estudio. Aparecen descritas como seres sobrenaturales de una hermosura desmesurada que sin embargo no pueden mostrar por completo ya que presentan alguna característica animal, ya sean patas de oca, gallina o cabra. En la localidad de Lumias, su topónimo nos remite a estos seres mágicos del que hablan los ancianos del lugar en torno a la Hoz del río Talegones. Allí, cuentan que un pastor se enamora de una hermosa dama que peinaba sus cabellos con un peine de oro junto a una fuente en la entrada de su cueva. Tras proponerla en matrimonio de forma reiterada cada vez que pasaba por el lugar, ésta, ya cansada de su insistencia acepta con la condición de que averiguara su edad. El acertijo será resuelto gracias a la ayuda de una bruja de la cercana localidad de Barahona y a la lamia no le queda más remedio que aceptar a cambio, nuevamente, de otra condición: que nunca le mirara los pies. La promesa no se cumple (eran patas de oca) y la mujer se esfuma fulminantemente, quedando el pastor abatido hasta morir de melancolía poco después junto a aquella fuente (Alkaest; 2008).
Lo descrito en esta leyenda, una vez más no es nuevo dentro del folclore popular europeo, aunque en este caso no se la presenta como un ser maléfico de extremada crueldad, si bien, indirectamente, se la relaciona con la bruja que aparece en el relato.
Sobre la existencia de brujas en la localidad soriana de Barahona, Gumersindo García Berlanga (2006) nos sumerge en su estudio, donde la Historia y lo legendario se funden. Quedan documentados los procesos inquisitoriales acaecidos durante la primera mitad del siglo XVI en el tribunal de Cuenca, al que pertenecía la localidad por ser parroquia de esta diócesis. En ellos son juzgadas por brujería varias mujeres procedentes de pueblos de la provincia de Guadalajara y aledaños, acusadas de celebrar fiestas diabólicas, juntas y aquelarres en esta pequeña localidad soriana donde existe el llamado campo de brujas, un confesionario de piedra con un agujero en medio y una cruz grabada, así como un pozo airón. Llegados aquí hay que distinguir lo que era la hechicería que se practicaba desde tiempo inmemorial, personas sabias que utilizaban sus conocimientos de botánica para realizar magia encomendándose a ciertos númenes, y el significado que adquirieron las brujas desde la Edad Media y sobre todo a partir de los siglos XVI y XVII, cuando su persecución fue mayor en relación al rechazo del cristianismo hacía todo tipo de actos de adivinación, adoración del fuego, piedras y fuentes. Son conocidas las referencias de autores clásicos respecto a ritos de adivinación entre los galaicos (Silio Itálico; III, 344) o entre las tropas de Escipión en el asedio de Numancia. Además, su relación con el mundo celtibérico puede rastrearse en el entorno cercano, concretamente en el Barranco del Rus, donde apareció un grabado rupestre celtibérico en un abrigo donde se representa un combate singular conocido únicamente por un calco de Juan Cabré (Alfayé; 2007a). 
Supuesto altar en el "campo de las brujas" de Barahona
Muchos de los aquelarres que se describen no serían más que reuniones de curanderos o saludadores para compartir sus conocimientos (tal y como hacían los druidas de la Europa céltica), donde charlaban alrededor de una comida, el caldero gastronómico, que en ningún caso incluiría niños, otra cosa es que la alta tasa de mortalidad de entonces les llevara a buscar culpables. En cuanto a sus calderos mágicos, a partir del conocimiento de las propiedades curativas de la naturaleza podemos distinguir varias finalidades, que van desde los destinados a hechizar (para bien o para mal), incluyendo los filtros amorosos, los meramente curativos y los ungüentos que provocan la sensación de volar al aquelarre o transformarse en animal. Algunos ejemplos de las plantas que utilizaban las mujeres sabias del mundo de la tradición serían la hierba de San Juan (antidepresivo),  panaceas como el romero, la salvia y la valeriana y otras muchas como la acederilla, ajenjo mayor, brezo rojo, cambronera, cardo corredor, cola de caballo, diente de león, endrino, espliego, gayuba, hierba luisa, hinojo, malva, manzanilla, menta, ortiga, poleo, tomillo, etc., todas ellas muy conocidas en la tierra de Soria, que por otra parte ha sido puntera en el desarrollo de productos de herbolario. Entre las que ofrecen estados alterados de conciencia, contarían con plantas solanáceas que contienen alcaloides muy potentes, como la belladona y el estramonio (atropina), la datura o hierba del diablo, la mandrágora (usada para el amor), el acónito o el beleño negro. Este último fue llamado beluntia entre los pueblos celtas, derivado del dios Belenos, dios de la luz, el sol y el fuego. No olvidemos tampoco las diferentes especies de amanita muscaria, así como otras sustancias alucinógenas de origen animal como las extraídas de los sapos (bufotenina), descrito en el Auto de Logroño de 1610 donde fueron juzgadas las brujas de Zugarramurdi, quienes confiesan golpear sapos para extraerla.
Concluyendo, el tema de la brujería, entendido en su sentido primigenio, es abundante en toda la provincia apareciendo referencias también en la Sierra del Madero, así como en su toponimia: El Burgo de Osma (“Conjuros”), Recuerda (“Valdelabruja”), San Esteban de Gormaz (“cami­no del Carril de las Brujas”), Valdenebro (“Purgatorio”), Alcubilla de Avellaneda (“la Cruz del Diablo”), Agreda (“peña del Diablo”) y Blacos (“piedra del Diablo), (Sanz Elorza; 2015).
En definitiva, la mitología y el folclore popular de una región deben ser considerados de gran interés para poder comprender mejor la naturaleza y la historia de sus gentes, así como los sistemas de pensamiento y circunstancias que influyeron y contribuyeron a su formación. La desaparición de muchos de estos elementos mágicos de nuestro imaginario no ha llegado a consumarse del todo, ya que por ejemplo, respecto al universo feerico, hemos visto como en muchos casos se ha envuelto de manifestaciones cristianas, aunque en demasía, han quedado relegados a los cuentos de niños. Aquí, el egoísmo del hombre que destruye los bosques e impone un modelo de civilización depredador con la naturaleza, explicado de forma legendaria como la causa de la desaparición de las hadas, no se ha consumado del todo. De todos es conocido el ejemplo en la comarca de Pinares, donde el concepto gestión sostenible existía desde mucho antes que se inventara. Este territorio, entre Soria y Burgos, constituye la mayor masa continua arbolada de España, el 41 % de su población activa se dedica al trabajo de la madera, lo que ha impedido la despoblación que asola áreas limítrofes, además de que la implicación de sus habitantes con el medio natural se ha visto traducida en políticas de ordenación forestal y gestión del territorio modélicas: En Pinar Grande, desde 1907 se sabe cuántos pinos hay, su tamaño, cuántos se han cortado y los que se cortarán por tramos, quedando fijado el turno en cien años, de tal manera que los que se explotan en la actualidad fueron seleccionados para ello hace un siglo. Su propiedad es municipal, son montes de utilidad pública, cada vecino tiene derecho a una suerte de pinos. Pero el modelo comunal no explica por sí solo que por ejemplo no se haya producido un incendio desde 1868, aquí el respeto al monte se aprende desde la infancia y constituye su forma de ser, existe una gran carga emocional que va en consonancia con el saber entender una sana tradición posiblemente milenaria.
3.2. FIESTAS POPULARES
Cerrando el círculo iniciado al comienzo de este escrito en busca de la esencia céltica de la Tierra de Soria, vamos a abordar el mundo de las tradiciones festivas que se han conservado en la región como un poso que se remonta a un pasado muy remoto. No obstante, esta tarea resulta ardua y difícil ya que no existen en la mayoría de los casos pruebas fehacientes que confirmen bien una posible continuidad desde época celtibérica, bien su origen medieval o moderno. Además la adopción de infinidad de elementos y las múltiples circunstancias que han intervenido en la configuración de los usos y costumbres del habitante de estos pagos hacen más espesa aún la niebla que les envuelve. Si bien, desde aquí reivindicamos lo que subyace de todas estas festividades, su concepción mágica y simbólica, junto a la necesidad de su puesta en valor como verdadero patrimonio inmaterial de los sorianos, castellanos, españoles y europeos. Mantenerlas, recuperarlas y divulgarlas suponen su salvaguarda y con ella la de nuestra identidad, además de la riqueza que puede generar como atractivo turístico de unas poblaciones que se desangran demográficamente.
“Pingar los mayos”
El final del invierno y el renacer cíclico del mundo vegetal se plasma en la mentalidad popular con la consumación de toda una serie de ritos y ceremonias encaminadas a propiciar la abundancia de las cosechas y el nacimiento de nuevas crías para la cabaña ganadera. Es por ello que en mayo, y en alguna ocasión en fechas más tardías que enlazan con el verano, en buena parte de Europa es costumbre festiva plantar un gran árbol en el centro de la plaza de la localidad por parte de los jóvenes, concretamente los quintos. En la provincia de Soria encontramos varios ejemplos de esta costumbre en la que los mozos se las ingenian para adentrarse en el bosque y seleccionarlo, cortarlo y pingarlo, como en San Leonardo, Cabrejas del Pinar, Salduero, Covaleda, , Molinos de Duero, Duruelo de la Sierra, Navaleno, Valdeasvellano de Tera, Torlengua, Matamala, Espeja de San Marcelino, Bayubas de Arriba, Vadillo, Talveila, Vinuesa (agosto) y San Pedro Manrique (junio), sin dejar de lado otras muchas ya desaparecidas o las de la vecina y hermana comarca de Pinares en Burgos.

En mundo céltico, el árbol encerraba un claro simbolismo sagrado al ser la representación del axis mundi o pilar que une el cielo y la tierra, además de ser un elemento de la naturaleza que muere y renace. De hecho Prudencio en su obra  Contra Símaco (II, 1005-1011) señala algunos cultos y rituales a los árboles que se mantenían entre los campesinos hispanos de la Antigüedad Tardía, los cuales tuvieron su continuidad en época visigoda, como así se denuncian en algunos concilios y por parte de Martín de Braga, siendo su popularidad la que ha hecho que perviva hasta nuestros días (Peralta Labrador; 2003). Como árbol cósmico donde reside la inmortalidad que ha de conquistar un héroe solar se sigue festejando en nuestros pueblos, donde trepa un mozo a lo alto para conseguir el premio allí colgado.
El acto de ascender para obtener una recompensa podría tener consonancia con lo representado en algunos motivos de la iconografía celta europea, así como con en muchos relatos de la mitología grecorromana y oriental, donde el árbol de la vida está asociado a dragones o seres con forma de serpiente a los que se tiene que enfrentar un héroe para conquistar sus frutos y así renovar a las fuerzas vitales de la naturaleza, además de conseguir la inmortalidad (Peralta Labrador; 2003).
Este gesto de “hombría“, bien pudiera formar parte de un ritual de iniciación de los jóvenes en su paso a la edad adulta, costumbre que a pesar de estar ya muy edulcorada y transformada, se viene repitiendo desde tiempos muy lejanos y si no recordar aquellos jóvenes celtibéricos que ansiaban formar parte de una cofradía guerrera.
Al mismo tiempo, tanto en Vinuesa como en San Pedro Manrique, se sabe que los cantos y danzas que efectuaban las parejas junto al “mayo” llegó a ser censurado y reprimido por parte de las autoridades eclesiásticas, quizás por el furor que éstas alcanzaban, donde además se celebraban matrimonios simbólicos en los que las mujeres elegían a "los mejores".

Por otro lado también encontramos en nuestros pueblos las enramadas que se colgaban del balcón o ventana de su moza preferida junto a dulces y frutos, posiblemente bajo la creencia de su poder fertilizador, muy comunes en el valle de Yanguas y en el entorno de San Pedro Manrique. Del mismo modo, en Sarnago, encontramos la costumbre de la lucha fingida entre los representantes de sus dos barrios durante la celebración de la fiesta de las Móndidas, que consiste en introducir un ramo (arbolillo, arbusto) por la ventana de la antigua Casa Consistorial, con lo que se producen forcejeos y tirones hasta que uno de los dos logra su fin. Este ramo, siguiendo a Antonio Ruiz Vega (1986), debió ser elemento muy común en las fiestas de los pueblos de Tierras Altas, existiendo constancia al menos en San Pedro Manrique, portado (con roscos azafranados en su interior) por los tres mozos que acompañaban a las Móndidas, pero también en Yanguas, en la propia capital y todavía vivos, en la localidad pinariega de Vinuesa, donde tiene lugar la batalla campal de la pinochada.
Por último, trasladándonos al solsticio de invierno y en relación con cultos solares, se recogen en muchas localidades de la provincia, al igual que en toda Iberia, la  costumbre, casi extinta, de quemar en el día de nochebuena el tronco más grande de leña disponible, que recibe diversos nombres (como “nochebueno”), durando su combustión hasta año nuevo, día en el que se recogen sus cenizas y se depositan en los establos como ritual mágico renovador.  

El paso del fuego y las Móndidas
En la noche de San Juan tiene lugar en San Pedro Manrique una de las celebraciones más conocidas y mágicas de toda Europa, como es el paso del fuego. La festividad, ampliamente tratada por diversos etnólogos, engloba a su vez diversas celebraciones y elementos a tener en cuenta, que van desde la elección (en mayo) de las tres mozas casaderas o móndidas que presidirán la ceremonia tras el traslado de la imagen de la virgen, hasta el propio rito del fuego (noche del 23 de junio). Ya en el día de San Juan desde bien temprano se da lugar a la “descubierta” o circunvalación de la ciudad por parte de las autoridades a caballo, el encuentro con las móndidas a su regreso y la vuelta por las cuatro parroquias, “la caballada”, la revisión simbólica de las murallas y una misa en la que las tres muchachas ofrecen los cesteños (concretamente sus arbujuelos) con los que han cargado en sus cabezas durante toda la mañana a las autoridades municipales. Finalmente y tras pingar “el mayo”, con un posible origen más reciente cada una de las tres mozas recitan unas cuartetas y a su término tiene lugar un baile en el que de nuevo autoridades y móndidas tienen el protagonismo.
Todo este cúmulo de ritos, descritos escuetamente por nuestra parte ya que existe una copiosa literatura al respecto (Díaz Viana, L.; 1981), nos muestran la concepción mágica de una localidad serrana que realiza actos propiciatorios de fertilidad, los cuales vemos en el hecho de pingar un “mayo” en la plaza del Ayuntamiento, además de la colocación de tres chopos bien engalanados en la puerta de las casas de las móndidas que serán recogidas por una comitiva para acompañarlas durante toda la jornada, así como en los cesteños que portan, los cuales llegan a pesar unos 15 kilos. Éstos están llenos de tierra y de piedras y lucen tres barras, un rosco, y los arbujuelos o arguijuelos, que son ramitas trifurcadas, excepto una que es cuadrifurcada, en las que insertan unas rosquillas de maseta teñidas de amarillo con azafrán que se reparten entre la población, además de toda una rica decoración formada por paños blancos, rosas y claveles. 

Las tres muchachas vírgenes, vestidas de blanco, y llamadas "móndidas", como oficiantas de la fiesta se han puesto en relación con el mundum cereris o “canastillo de Ceres” (Caro Baroja; 1992), con el culto a Demeter y con otros ritos extendidos por el Mediterráneo, como el de la Palilia o Parilia, donde aparte del ritual del fuego existía también una ofrenda con canastillos llenos de dulces (Cortes, L.; 1961). Además, las móndidas, según el relato medieval, representarían a las vírgenes que fueron a dar gracias al rey Ramiro I por haberles librado tras la batalla de Clavijo del “tributo de las cien doncellas” impuesto por el emir de Córdoba. Por nuestra parte, tanto las móndidas sampedranas como las que también se celebran en Sarnago (trasladadas al día de San Bartolomé el 24 de agosto) y las ya desaparecidas de Taniñe y Valdemoro en lo que a Soria se refiere, puede que formasen parte efectivamente del recuerdo de diferentes rituales de origen prerromano, eso sí, reinterpretados y adaptados una y otra vez por los diferentes culturas que han poblado este entorno, desde el mundo clásico, sin un gran arraigo en este entorno serrano ganadero, hasta el medieval cristiano. Al respecto, basta recordar la existencia en el folclore del norte peninsular de algunas leyendas asociadas a un Culebre al que hay que vencer o realizar un ritual de desencantamiento y en muchos casos ofrecerle el tributo de una doncella, así como el parecido del tocado de las móndidas con el de algunas cerámicas numantinas.


Por otra parte, el paso del fuego, que junto a la Anastenaria del sur de los Balcanes son las únicas muestras de este rito en suelo europeo, supondría más un acto de valor e iniciación que un ritual de purificación. A pesar de haberse buscado su origen en relación con el mundo clásico, cuestión que no me extenderé (semejanzas con rituales celebrados al pie del monte Soracte, en el santuario de la diosa Feronia de Etruria, donde  los “Hirpi Sorani” andaban desnudos sobre la base de una hoguera, Caro Baroja;1992), hay varios detalles que nos llevan a sugerir si no estaríamos ante una ceremonia orientada a la cohesión social y territorial de un grupo de origen celtibérico, todo ello envuelto de la sacralidad del día más mágico del año y de su transformación por el paso del tiempo. Al respecto, contamos con el detalle de que la alfombra de ascuas del roble quemado que pisan los sampedranos la hace el Ayuntamiento y no los vecinos. Además, las móndidas, como hemos visto, hacen su ofrecimiento igualmente a las autoridades y no a la Virgen, aparte de que son éstos los que cierran en todo momento a caballo la comitiva que discurre con el pasacalles en el día de San Juan, fecha que se inicia con el encuentro entre estas doncellas y las autoridades que entran galopando desde las afueras de la localidad, dando paso a su vez a la tradicional caballada, donde nuevamente vemos como los mozos más aguerridos del lugar montan a pelo sus equinos a la carrera. No olvidemos tampoco el posible simbolismo que encierra el acto de revisión de las murallas por parte de los mandos, cuyo significado jugó un papel muy importante ya en los castros de la I Edad del Hierro (limitador espacial y demográfico, protección, acto de reafirmación sobre el territorio, etc.), ya en la misma Numancia, donde se han encontrado posibles indicios ceremoniales vinculados a la defensa mágica de ésta (dependencia adosada a la muralla NE excavada por González de Simancas e interpretada como un posible heroon), junto a las noticias que llegan del desmonte de una muralla celtibérica en la que había embutida un asta de ciervo en la localidad soriana de Blacos, recogido por Loperráez en el siglo XVIII (Alfayé; 2007b). Tampoco podemos obviar lo que trasciende del acto de dedicar unas oraciones a los antepasados junto al cementerio, acto de reafirmación identitaria y territorial del vínculo que les une con sus antepasados, de los que todos descienden.

Con todo ello, la festividad aquí comentada podría englobar todo un cúmulo de ritos asociados al despertar de la naturaleza y a la fertilidad que algunos autores relacionaron con la festividad de Beltaine que anualmente celebraban los siete oppida celtibéricos de la cuenca del río Linares en un santuario común al aire libre, que no fue otro sino la actual dehesa mayor de San Pedro (Fernandez Nieto; 2005), además de funcionar para reforzar la función política que se ejerce en el territorio. A todo esto, se le sumarían connotaciones religiosas vinculadas al culto al sol, tal y como apuntara en su día Blas Taracena: La fecha elegida, el hecho de que el paso del fuego se haga en dirección al sol poniente y la vinculación del caballo al astro rey pueden ponernos en esta pista. No obstante, aunque creamos que la fiesta debe analizarse siempre en su conjunto, el paso del fuego podría ser un elemento añadido recientemente, tal y como apuntara Carlos Álvarez a partir del hecho de que no aparezca citado en ninguna descripción anterior a los años veinte del pasado siglo (Jimeno; 2007). Por todo lo dicho, y aún como mera conjetura, nos resulta altamente sugestivo su vinculación ancestral más allá de la antigüedad clásica y más si tenemos en cuenta las similitudes de la pira de brasas (agrandada unos metros desde hace unos años) con el acto de la cremación de cadáveres en un ustrinum por parte de los celtíberos, quienes introdujeron este rito funerario en la región, como bien apuntan Burillo et al. (2014).
La lectura mágica de la festividad responde al ideal del hombre pre moderno, otra cosa es que podamos despojarla de sus capas y añadidos posteriores, tarea farragosa pero no por ello dejaremos de intentarlo.
Danzas mágicas
Trasladándonos al ciclo invernal, en el mes de febrero podemos encontrar toda una serie de danzas con palos que tradicionalmente se han relacionado con viejos bailes ancestrales, posiblemente de época celtibérica, si bien su parecido con algunas danzas vascas similares (espata-dantza o las brokel-dantza) las han acercado a las gentes repobladoras procedentes del norte que llegan a la región tras el avance cristiano contra los musulmanes. Están presentes todavía en algunas localidades pinariegas sorianas como San Leonardo de Yagüe (2 y 3 de febrero) y Casarejos (precedida de una luminaria consistente en la quema de un gran pino la noche anterior al 23 de febrero), así como en Hontoria del Pinar y en Navas del Pinar ya en la vecina y hermana Burgos. Recientemente se han recuperado algunas de estas danzas en Iruecha (sur provincial) y Valdeavellano de Tera en la Comarca del Valle, donde debieron de ser bastante comunes al igual que ocurre en todo el sur de La Rioja, mientras que se sabe de su existencia en Castilfrío de la Sierra y Renieblas.
No obstante, de todas ellas vamos a centrarnos en las de San Leonardo de Yagüe, que habiendo perdido sus espadas primitivas, suelen ser confundidas con danzas de palos o paloteos, ya que se ejecutan con dichos instrumentos generalmente de acebo, pero acompañándose a su vez de unas coberteras o tapaderas que hacen las veces de pequeños escudos. En esta localidad y en Casarejos suelen ir acompañados de un “zarragón” (llamado “bobo" en nuestro caso). Este grotesco personaje (una pareja) acompaña a los danzantes vestido a modo de arlequín, actuando como mero asistente que muere simbólicamente en el último de los palos, aunque los zarragones de forma similar a lo que ocurre en otras mascaradas invernales solían dedicarse a asustar y golpear con porras a los que salían a su paso, por lo que fueron censurándose por la iglesia y camuflándose en el Carnaval.
La danza ritual se efectúa en el interior de la iglesia, aunque anteriormente a la década de los años 30 del pasado siglo debieron de hacerlo al aire libre en medio del pinar, siendo tradicionalmente bailadas por hombres (cuatro parejas) al son de un coro de mujeres que se ha visto sustituido por sonidos de dulzainas y tambores.
Si despojamos estas danzas de algunos de sus añadidos, como por ejemplo el traje “goyesco” de sus protagonistas, el ritual nos remite nuevamente a ceremonias guerreras y viriles. El salto, el golpeo de palos (antaño espadas) y el uso de pequeños escudos que recuerdan a la cetra celtíberica, única en su género en comparación con los enormes escudos de las tropas romanas, nos ponen en la pista. Además, la guerra en el mundo celtibérico era concebida como un escenario ritual, dotada de connotaciones religiosas, en el que sus armas cobraban especial relevancia. Tanto Silo Itálico (pun., I.225) como Justino (ep., 44.2) afirman que los celtíberos luchaban entre sí cuando no había un enemigo exterior, lo que conectaría con una motivación de esta práctica relacionada con la obtención de prestigio social y el valor ritual del ejercicio de las armas (De Francisco Heredero, A.;2012).
Sin embargo, no pueden desvincularse con el calendario agrario y de los rituales propiciatorios de fertilidad de la tierra tan comunes en todo el universo campesino preindustrial. El golpeo de los palos en el suelo hace las veces de llamar al grano para que crezca, al igual que se observa en otras muchas danzas o mascaradas de nuestro folclore, constituiría una preocupación y un deseo que no ha variado en el mundo de la tradición y de ahí que, con formas diferentes y añadidos propios de cada momento, se hallan conservado, pues la finalidad era similar, aunque ya no entandamos su contenido simbólico.
LA BARROSA
Finalizando ya con el ciclo festivo, en febrero durante el martes de carnaval tiene lugar a las puertas de Pinares, en Abejar, la fiesta de “La Barrosa”. La celebración comienza con una cuestación por todas las casas de la localidad, donde se les ofrecen todo tipo de alimentos y licores además de dinero, siendo ésta encabezada y protagonizada por los barroseros. Uno de ellos porta la cesta donde se recogen los obsequios y una fusta para espantar a los que se acercan, mientras que el otro va dentro de una vaquilla hecha con un armazón de madera rectangular, cencerros ocultos en su interior y cubierto con blanca sábana, donde se representa en su zona frontal el rostro del animal que se remata con auténticos cuernos, además de ir decorado con cachirulos, cintas de colores y en su parte trasera con un apéndice que hace las veces de rabo.
Terminado el pasacalles tiene lugar una comida, para rematar la jornada por la noche en el salón de baile, donde todos los vecinos esperan la entrada de la barrosa al son de la música, que tras dar tres vueltas en círculo en el interior vuelve a salir y desaparece mientras unos cazadores que se disponen junto a la entrada preparan sus municiones para darle muerte a su regreso. Es entonces cuando se la vuelve a dejar entrar para inmediatamente después al asomar por la puerta disparar y acabar con los barroseros. Inmediatamente son recogidos por los otros mozos en un tapial y atravesando el salón de baile se les introduce por una puerta aneja que se le denomina “la cueva”, donde se les riega con vino empapando a los participantes que se encuentran debajo, para así resucitar simbólicamente y celebrar el acto con abrazos efusivos con los allí reunidos.  A partir de aquí se prepara un gran cuenco de vino del que beben y empapan sus ropas primero los barroseros y después toda la comunidad de mano en mano, alargándose la celebración con el baile de éstos  y sus madres y una cena privativa de los mozos, exclusiva de hombres, donde no se consume ningún alimento tocado por manos femeninas.
De todo lo visto, en la actualidad la fiesta anda desprendida de muchos elementos que antaño estuvieron vivos y cargados de simbolismo. Así, la escasez de población hace que apenas queden quintos para cargar con la barrosa, no se persigue a la chiquillería ni a las mozas para cornearlas y ha desaparecido la figura del zarragón que acompañaba a la vaquilla. Además no constan menciones de la festividad en el Obispado del Burgo de Osma al que pertenecía, ni se conserva documento municipal alguno, probablemente debido al incendio acaecido en la localidad en 1897.  En busca de un posible origen, son muchos los que se han acercado a su estudio vinculándolo a la etapa prerromana (similitudes con cerámicas numantinas; Jimeno; 2007) y sobretodo con el mundo clásico. En relación a este último contamos con diversas interpretaciones que van desde su relación con la festividad de las kalendas romanas, hasta la de un taurobolio en honor a Mitra o Atis, en el que Antonio Ruiz, Sánchez Dragó, Juan García Atienza y Martínez Laseca ven similitudes sin faltarles razón, sobretodo en relación al acto simbólico de la muerte y resurrección del bóvido. No obstante el hecho de que parezca más una vaquilla que un toro y que además no existan evidencias de dichos cultos orientales supuestamente trasmitidos por la soldadesca romana en la provincia, además de que éstos sean demasiado elitistas para un ambiente agrario como es el del territorio en el que se asienta Abejar, nos genera serias dudas. Por otra parte, Calvo Brioso (2012) recientemente lo ha relacionado con un culto funerario de raigambre griega, que pasó posteriormente a los romanos, y que, siguiendo a dicho autor, se ha constatado en necrópolis ibéricas a través de fragmentos cerámicos relacionados con la práctica de libaciones con vino. Lo que si parece verosímil es su antigüedad: de nuevo vemos posibles rituales de paso hacia la edad adulta, los barroseros son quintos y al renacer bailan con sus madres, pero no podemos obviar que guarda la misma esencia que otras mascaradas invernales ligadas con la propiciación de la fertilidad. Resulta interesante que en las localidades vecinas de Muriel de la Fuente y Blacos se hable de la presencia, ya desaparecida, de vaquillas similares, aunque sin duda la más parecida sea la llamada Vaca Bayona de Almeida de Sayago (Zamora), sin obviar otras festividades ligadas a los pueblos ganaderos que en esencia parecen responder a estas tradicionales mascaradas, como el Zarrón de Almazán, así como la vieja y arraigada tradición en  tantos y tantos pueblos del entorno de bendecir los campos rogando a sus santos la protección contra tormentas, plagas, etc. Sea o no su origen tan lejano en el tiempo como lo son los celtiberos de la Edad del Hierro, lo cierto es que se están repitiendo conductas y creencias que han estado vivas en la conciencia del hombre de la tradición hasta hace bien poco, cuyo pensamiento mágico y simbólico debió variar en cuanto a su lenguaje, pero no en cuanto a su significado. 
 Conclusiones
A lo largo de estas páginas hemos creído entrever un hilo conductor que nos conecta con nuestra raíz más lejana, transformada y revestida de mil formas, pero que en esencia puede ayudarnos a conocer la manera en la que concebían el mundo nuestros antepasados y con ello nuestra identidad.
Hemos visto como se configura la primera forma de poblamiento estable en la región durante la Primera Edad del Hierro a partir del castro como unidad básica de poblamiento que gestiona de forma sostenible los recursos disponibles del entorno.  A partir de mitad del siglo IV a.C. se va a consolidar un modelo de sociedad gentilicia ligada a través de un antepasado común, quedando inmersos en un proceso en el que se van tejiendo relaciones clientelares entre familias y poblados hasta llegar a conformar comunidades territoriales amplias pre estatales. La eclosión de los oppida o protociudades en torno al siglo III a.C. supone la consolidación de las sociedades de jefatura, articuladas alrededor de una élite guerrera que tiene en la ética heroica y el mérito sus valores fundamentales a seguir no solo en la vida, sino también en la muerte, como medio para transcender espiritualmente al Más Allá.
Además, el sistema de creencias religiosas de los celtíberos parece estar en estrecha relación con aquella naturaleza que les rodeaba, concebida como elemento vivo, tal y como se constata a través de cultos vinculados a los montes, fuentes, árboles, encrucijadas y a ciertos animales sagrados, los cuales parecen estar presentes, aunque muy distorsionados, hasta casi nuestros días.
En un mundo en el que todo se parece cada vez más la cultura popular nos puede ayudar a recordar nuestras raíces y aprender de sus enseñanzas, además de ayudarnos a ganar autoestima para mirar hacia el futuro con paso firme. Hoy en día reivindicar  ciertos valores éticos y espirituales que hunden sus raíces en el honor, el valor, la justicia, la fidelidad, el compromiso, etc. de los antiguos pobladores de Celtiberia supone no solo un acto de supervivencia ante la sangría demográfica que sufren estas tierras, sino una auténtica lucha por reencontrarnos con nosotros mismos.

No es celta todo lo que reluce, hay que seguir volteando la paja y dejando caer el grano para poder matizar el origen de nuestras tradiciones desde el rigor, no obstante los datos apuntan a la Edad del Hierro como cuna de la celticidad peninsular y por ende del universo campesino tradicional, siendo clave para entender el presente y saber hacia dónde nos dirigimos. 
Abril de 2016
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gerardo: Impresionante el articulo. Me ha encantado. En mi pueblo, Fuentes de Magaña, en las Tierras Altas, existe un paraje llamado La Mora donde existe una leyenda sobre un tesoro de oro escondido, tambien existe numerosos restos de un poblado y una iglesia derruida, tal vez antiguamente fue un castro celtibero. ¿Sabes si hay algún estudio de este paraje? Gracias.

Mario de los Pelendones dijo...

Gracias por el comentario Gerardo. En Fuentes de Magaña se tiene constancia del castro de la Mora que será al que te refieres. Yo lo conozco por alguna referencia pero está inédito. La verdad que en este caso se dan todas las señales: la denominación del topónimo que casi siempre coincide con restos arqueológicos y la leyenda, particular visión del hombre de la tradición para explicar la antigüedad de la construcción. La zona la verdad es muy rica en castros de la Primera Edad del Hierro y plenamente celtiberizados. Concretamente Eduardo Alfaro Peña en "Castillejos y Villares", Soria Edita, 2005 hace un estudio muy detallado de las cuencas del Cidacos-Linares, aunque este no se mencione. Habrá que hacer una visita, muchas gracias por la aportación, un saludo.